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FUEGO PURIFICADOR 9


Cuando me recuperé de mi enfermedad bajé de nuevo al sótano. Me sorprendió, a medida que avanzaba, que el aire no oliese a podredumbre. Había encontrado el cadáver de la mujer hacía más de una semana; por fuerza tenía que estar ya descompuesto. Pero ni siquiera percibí el olor metálico de la sangre de aquella primera vez. Tan sólo olía a madera apolillada, a polvo y dejadez. Y lo más extraño, lo que me dejó helado de espanto, era que el cadáver no estaba. Había, eso sí, una ligera mancha oscura en el suelo, en el lugar exacto que antes ocupaba el cuerpo. La toqué. Todavía se desprendía cierta humedad y cuando olfateé la mano, atisbé, aunque muy ligeramente, el olor nauseabundo, aunque para mi cada vez más atrayente, de la sangre. Tuve que sentarme en el viejo sofá desportillado y los muelles rotos me laceraron la espalda; aunque no me importó. Apoyé la cabeza en su respaldo, sin importarme el polvo y la suciedad, porque empezaba a marearme. El sudor frío, precursor de los desmayos, cercaba mis sienes, las coronaba de pálidas gotas de sudor que poco a poco, iban perlando mi frente. Cuando todavía tenía los ojos cerrados, oí detrás de mí una risa; gutural, ronca, como si saliese de la garganta rota y descarnada de un ahorcado. Me giré; porque, aunque estaba asustado, era mayor la curiosidad que sentía. Hacia mi caminaba un hombre alto, de anchos hombros cubiertos con una capa de basta lana de color marrón, y calzado con botas altas, que dejaban ver unos muslos torneados y fuertes. Llevaba un bigote extraño, pasado de moda, retorcido en las puntas, y muy largo. Y lo más extraño eran sus ojos; negros, como pozos sin fondo, pero que, sin embargo, como si dependiesen de la luz, o de la dirección de su mirada, se volvían rojos como rubíes. No pude levantarme de mi asiento, parecía como si tuviese la espalda clavada a este mueble inmundo. Y el desconocido seguía avanzando, con una sonrisa falsa y amplia en su cara; que dejaba ver una hilera de blanquísimos dientes, afilados como cuchillos. Cuando llegó a mi altura me miró de arriba abajo, y sonriendo de manera ladina, me apuntó con un dedo índice, delgado y descarnado.
—Has vuelto-afirmó. Sabía que lo harías. Una vez que se ha olido la sangre, que ese delicioso aroma se ha adentrado hasta lo más hondo, es muy difícil sustraerse a su encanto. La sangre te llama, te susurra, sibilina, al oído cuando estás haciéndole el amor a tu mujer, cuando estás trabajando, cuando comes, cuando duermes, cuando sueñas. Dime, ¿Acaso estoy equivocado?
No podía contestarle. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué me estaba contando exactamente lo que me pasaba desde hacía una semana? No podía confesar que varias veces, al abrazar a Marta, deseé tener el valor suficiente para clavarle en el pecho un afilado puñal, y retorcerlo hasta llegar a lo más hondo de su corazón, y aún de tocar ese centro vital con mis propias manos, para sentir el fluir de la vida, la calidez de la sangre y de la tierna carne palpitante. No, a nadie podía confesar esos deseos, porque ni siquiera era del todo capaz de reconocerlo ante mí mismo.
—No contestas, luego tengo razón-prosiguió, acercándose más a mí. Me aparté ligeramente al sentir su aliento frío, gélido, en mi cara. Me tocó la mano, y su contacto era parecido al de una serpiente. Me hizo recordar cuando un amigo mío me llevó a su casa y me enseñó una pequeña serpiente que tenía como mascota, en un terrario, y me retó que la tocase. Lo hice, para no quedar como un flojo y que se estuviese burlando de mí el resto del curso; pero apenas puse los pies en la calle, vomité la merienda que acababa de comerme.
—Estoy encantado de que hayas vuelto a mi humilde morada, Jaime-siguió diciendo, con voz fingidamente cálida. Me gustaría presentarme; no es educado por mi parte que te haya dirigido la palabra sin que nadie nos hubiese presentado, pero como solos, me presentaré yo mismo. Me llamo Alvar Durán, y en cierto modo, somos parientes, aunque sea sólo por razón de matrimonio. Sí, soy un antepasado de tu encantadora esposa, Marta. Un antepasado lejano y no muy apreciado, debo decir. No he sido muy popular en mi familia. No es agradable entre gente de bien tener a un asesino como pariente.




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una sola palabra,
tan solo una,
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