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FUEGO PURIFICADOR 14


Una tarde llamaron a la puerta y cuando abrí me encontré con Jaime Heredia, al que conocía desde que era pequeña porque habíamos sido vecinos toda la vida. Era unos años mayor que yo y trabajaba en esta ciudad donde yo estudiaba, por lo cual nos veíamos de vez en cuando. En ocasiones había pensado que sentía interés por mí, pero luego recapacitaba y me decía que era tan sólo el cariño que nos teníamos de conocernos desde siempre. Al verle pensé que debía tener un aspecto horroroso; llevaba días en la cama, sin salir de ella más que para ir al baño o tomar un vaso de leche. Me atusé el pelo, pero ese gesto supongo que no bastó para mejorar mi apariencia.
—¿Qué te pasa? ¿Estás enferma? Te he llamado mil veces por teléfono. Supongo que olvidaste que habíamos quedado hace dos días para que me ayudases a comprar el regalo de mi madre.
—Perdona, Jaime. Lo olvidé por completo. Llevo en la cama tres o cuatro días. No he estado bien.
—No hace falta que lo jures. ¿Puedo pasar?
Me aparté, haciéndole un ademán para que entrase. Eché un vistazo a mí alrededor y me quedé horrorizada por el desorden y el caos. Y menos mal que la puerta de mi cuarto estaba cerrada; porque la cama estaba revuelta y el suelo y la mesita de noche repleta de pañuelos de papel arrugados. Miró hacia todos lados, con las manos en los bolsillos, y me preguntó que cuanto tiempo hacía que no comía algo decente.
—No lo sé, la verdad es que no me acuerdo. Pero no puedo comer gran cosa; he vomitado un par de veces.
—Por lo menos tendrás algo en la nevera para preparar-aventuró.
Pero cuando la abrió de inmediato volvió a cerrarla. Lo único que había era agua, dos cervezas, un triste huevo, desamparado y solo en la huevera, y un pedazo de queso enmohecido.
—Vamos a hacer una cosa-me propuso. Date una buena ducha y vístete. Mientras tanto yo recogeré esto un poco. Luego te llevaré a comer algo. Y haremos algo de compra; no puedes sobrevivir con la nevera vacía.
Aunque lo intenté me fue imposible no romper a llorar. Estaba tan necesitada de cariño, de una palabra amable o de que alguien tomase durante un momento las riendas de mi vida, que cuando abrió los brazos para acogerme me refugié en ellos y lloré hasta que los ojos se me hincharon por completo.
—Venga, ya-me dijo palmeándome la espalda. Ya está. Haz lo que te dicho y luego, mientras comemos, me cuentas cual es el problema. No creo que sea tan solo que te encuentras mal.
Almorzamos en un restaurante que había al doblar la esquina. No me di cuenta de lo hambrienta que estaba hasta que tuve delante de mí un apetecible panecillo blanco que unté de mantequilla antes de que nos trajesen la comida. Jaime sonreía al verme comer con ansia; me imagino que debí de parecerle bastante patética.
—Tenías hambre-afirmó.
Asentí con la cabeza, demasiado ocupada en masticar. Hacía días que no comía en condiciones y pensé que había sido una completa irresponsable. Debí haber pensado en la criatura inocente que llevaba dentro de mí y que no tenía la culpa de que sus padres fuesen un par de locos con la cabeza hueca. Cuando llegó la sopa la ataqué con igual ansia, y no fue hasta el segundo plato cuando me encontré dispuesta a contestar a todas las preguntas que Jaime me había hecho. —He dejado a Lucas-le dije, mirándole fijamente.
Me pareció ver un atisbo de satisfacción asomando a sus profundos ojos negros, pero luego pensé que eran figuraciones mías. Y en todo caso él enseguida lo disimuló, si es que alguna vez estuvo ahí, con un aire contrito y apesadumbrado. —Siento oír eso. ¿Puedo preguntarte que ha pasado?
—Lo de siempre-le dije, encogiéndome de hombros. Se acostó con otra, con una compañera de trabajo. Y aunque pensé que podría perdonarle, no soy capaz. Cierro los ojos, le veo con ella, y se me revuelve todo por dentro. No le perdonaré nunca.
Me palmeó la mano por encima de la mesa, como dándome ánimos.
—Bueno, pero no es tan terrible. Ya verás como cuando pase un tiempo todo parece tener otro color. Eres demasiado joven y bonita para que tu vida se hunda por ese engaño. Dudé si contarle lo demás. Pero tenía necesidad de decírselo a alguien. El secreto de mi estado me pesaba ya demasiado para seguir yo sola adelante.
—Hay más, Jaime. Hay otra cosa que necesito contarte, pero tengo que pedirte que me jures que no se lo dirás a nadie.
Me animó a continuar con un ademán.

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