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FUEGO PURIFICADOR 17


De común acuerdo decidimos que a mis padres les diríamos simplemente que nos casábamos, sin contarles que estaba embarazada. Ya se enterarían luego, como un hecho consumado. Mi madre no entendía porque teníamos prisa por casarnos y evitábamos una boda tumultuosa y con muchos invitados. Pero como siempre, accedió a mis deseos. Seríamos solamente unas cincuenta personas; la familia más cercana y unos cuantos amigos de toda la vida. Para mí no era una ocasión de celebración; más bien se trataba de un trámite que había que llevar a cabo. Quizá no estaría tan tranquila al dar el sí delante del sacerdote si supiese que Jaime había sido el responsable de mi accidente de coche. Se ofreció a llevar mi pequeño Mini al taller para que le cambiasen el aceite y dos días después, cuando iba camino de casa después de hacer la compra, quise frenar y el coche no me obedeció por más que pisase el pedal. Acabé empotrándome en un árbol, con varias costillas rotas y un golpe en la frente. Pero lo peor fue que perdí a mi hijo. ¿Cómo iba yo a pensar entonces que Jaime había manipulado los frenos? Se mostró muy apenado cuando el médico le dijo que no había podido salvar al bebé, y se comportó conmigo como un verdadero ángel durante mi estancia en el hospital. Después de haber leído esa especie de diario me di cuenta de lo hábil que fue planeándolo todo y de lo bien que me conocía. Sobradamente sabía que una vez que le había dado mi palabra de casarme con él no me volvería atrás, aunque el niño ya no fuese a nacer. En todo caso de poco me valía ahora lamentarme por algo que ya no tenía remedio. Tomé de nuevo el diario y volví a leer los delirios de mi marido, intentando descubrir como librarme de mi destino, y rogando que Lucas viniese en mi ayuda, aunque solamente fuese en recuerdo de lo que habíamos sido el uno para el otro.

Sabía que para gozar de cualquier mujer no necesitaba pagar por ello ni hacerlo por la fuerza. Por suerte no soy mal parecido. Cuando me enfrento a mi imagen en el espejo veo a un hombre alto, de buen porte, de pelo y ojos muy negros, con la nariz recta de un patricio y la boca bien definida. Y pienso que he hecho bien en dejarme bigote, porque me da más carácter. Quizá por eso la primera noche que salí de casa a escondidas de Marta y me propuse conquistar a una muchacha y llevármela a la cama, no tuve mayor problema. Entré en aquel bar cuando ya pasaba de la medianoche y todo el mundo que estaba allí había ido a lo mismo que yo; tanto los hombres como las mujeres. Nada más entrar eché un vistazo rápido por toda la estancia y pronto me fijé en una chica de unos veinticinco años que estaba sentada en un taburete alto, en la barra. Estaba sola; y me fijé en ella porque tenía un cierto parecido con Marta. Como ella era de mediana estatura, delgada, con una melenita corta estilo paje de color castaño claro, y rasgos menudos, como de niña pequeña. Me acerqué y entablé conversación con ella. La invité a una copa y estuvimos hablando un rato. Parecía un poco tonta y superficial, pero serviría a mis planes. No me acuerdo de su nombre, por más que lo intente; será porque apenas me dejó huella. Por suerte vivía sola, y la acompañé a su casa. Hasta yo me quedé sorprendido de lo fácil que fue llevármela a la cama. Pero no lo disfruté. Se trató simplemente de un desahogo, como cuando se tiene mucha hambre y se come cualquier cosa para llenar el estómago. Aquella muchacha era un simple trozo de carne, tonta, vulgar, igual a otras muchas más que poblaban la noche como ganado que sale del corral a pastar por el campo. Yo necesitaba algo más, algo diferente para que mis instintos quedasen saciados. Sin embargo, por esta noche tendría que valer. Eran más de las cinco de la mañana y debería apresurarme en llegar a casa para que Marta no se diese cuenta de mi ausencia. Había sido buena idea disolver en su vaso de leche un somnífero.



Comentarios

  1. ¡¡¿"Pa que" prometes sin medir tus fuerzas?!!¡¡Liante!!

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  2. Pues si. Estoy de acuerdo. Pero si no hay lío...no hay novela. Un beso mi querida Inma.

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