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FUEGO PURIFICADOR 18


Me hacía tanto daño seguir leyendo ese horrible diario que lo dejé, de momento, hasta que me tranquilizase un poco. ¿Con quién había estado casada durante diez años? Nunca quise a Jaime como amé a Lucas, pero fui con él leal desde el principio, y creo que nunca se sintió engañado. Traté de ser una buena esposa porque le estaba agradecida por cómo se había comportado siempre conmigo. Creí que habíamos llegado a tener una convivencia pacífica, sin pasiones ni amores tumultuosos, pero en la que, al menos por mi parte, había un cariño verdadero. Ahora era cuando me daba cuenta de que nunca le conocí. Jaime tenía dos caras, y sólo supe ver la que me presentaba y la que a mí me convenía conocer. No ahondé más allá y cada vez que asomaba a mi cabeza la idea de que me escondía algo, la apartaba a un lado, y seguía fingiendo que todo estaba bien.
Aquel día estaba tan nerviosa que decidí que lo único que me podía calmar era el trabajo duro. Me puse a limpiar los cristales de toda la casa; un trabajo que siempre he detestado porque me dejaba agotada. Y ahora era precisamente lo que necesitaba; agotarme para no pensar. Acabé a las cinco de la tarde y decidí aprovechar la escalera para subir al tejado mientras hubiese luz y limpiar los canales, que estaban atascados con las hojas de los árboles. El otoño estaba empezando y cada mañana aparecían más hojas secas que, llevadas por el viento, se aposentaban en los surcos del canal y lo taponaban. Pronto empezarían las lluvias y sería un desastre si no limpiaba antes. Estaba entretenida con el trabajo y no me di cuenta de que un coche había aparcado en el camino de entrada de mi casa hasta que oí el ruido de la puerta que se cerraba. Me puse la mano delante de los ojos como pantalla para evitar que el sol me cegase, y fue entonces cuando, a pesar de la distancia y de los años transcurridos, me di cuenta de que era Lucas. Esa era su manera de caminar, la forma un tanto desmadejada en que movía sus largas piernas y sus brazos. Se acercó a donde estaba la escalera y gritó mi nombre. Oír de nuevo su voz hizo que todo se me removiese por dentro. A pesar de los diez años transcurridos en ningún momento le había olvidado, por más que intentase convencerme de lo contrario.
—¿Quieres hacer el favor de bajar de ahí, o tendremos que hablar a gritos?
No le contesté, porque no me fiaba demasiado de mi voz, temía que me traicionase y él pudiese adivinar mi emoción al verle de nuevo. Descendí con cuidado por la escalera y cuando estaba a pocos palmos del suelo me cogió por la cintura y me ayudó a bajar. Ahora que le veía de cerca me di cuenta de que el tiempo le había tratado bien. Ya no era el chico que recordaba; sus rasgos se habían endurecido y unas ligeras arrugas cerca de los ojos le daban un aire más sereno y más experimentado. Sus ojos, de color violeta, seguían siendo los mismos. El único cambio era que llevaba el pelo mucho más corto que antes, casi al cero, y se le había oscurecido un poco. Y su nariz tampoco era la misma, daba la sensación de ser más ancha que antes. Pensé que quizá se la habría roto. Me dejó en el suelo, después de que ambos nos hubiésemos evaluado uno al otro. Me avergoncé de que me viese, después de tanto tiempo, vestida como un golfillo de la calle. Llevaba una visera en la cabeza para protegerme del sol; unos pantalones vaqueros muy desgastados y una camisa vieja anudada a la cintura. Con disimulo me olisqueé a mí misma; tenía la sensación de estar sudando.
—Has venido-dije, estúpidamente.
—A ver si no qué iba a hacer. Cuando llegué de viaje tenía por lo menos diez mensajes tuyos en mi oficina. ¿Qué ha pasado para que después de tanto tiempo necesites verme con urgencia?
—Será mejor que entremos y te lo cuento despacio.
Me siguió al interior sin decir nada. Le invité a que se sentase y le ofrecí un café. Todavía recordaba que lo tomaba solo, sin leche ni azúcar, y que le gustaba muy fuerte. Le puse delante la taza y los dos bebimos sin decir nada. Supongo que a mí me tocaba empezar a hablar, así que respiré hondo y empecé a contarle mis miedos, rogando en silencio que no me tildase de loca y se marchase sin más.
—No sé si sabes que me casé, poco después de que lo hubiésemos dejado.
—De que tú me hubieses dejado a mí-puntualizó. Si, sé que te casaste con Jaime Heredia, aquel que me jurabas y perjurabas que tan solo era para ti como una especie de hermano mayor.
—Lucas, por favor, dejémonos de insinuaciones e ironías. Lo pasado, pasado está. Sí, me casé con Jaime, por razones que no vienen al caso, aunque me imagino que, si decides ayudarme, no me va a quedar más remedio que explicarte.

—¿En qué tengo que ayudarte?
—Profesionalmente.
—No trabajo como abogado, espero que te acuerdes que tan solo soy policía.
—Por eso te pido ayuda. Te necesito como policía.
Sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo de su chaqueta, y le acerqué un cenicero. Desconocía que fumase; desde luego no lo hacía cuando estábamos juntos. Encendió con parsimonia el cigarrillo y todavía le dio unas caladas antes de continuar hablando. Me molestaba que me mirase fijamente, como taladrándome con la mirada. Yo le había contado algo de mi vida y me preguntaba cómo habría sido la suya durante estos años ¿Estaría casado? Con disimulo miré sus manos; pero no vi ningún anillo, aunque eso no quería decir nada; muchas personas están casadas y no llevan alianza. O puede que viviese con alguien. Deseché esos pensamientos. No era asunto mío.
—No me imagino para qué puedes necesitar tú a la policía. ¿Es que ha desaparecido tu maridito y quieres que le busque?

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