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FUEGO PURIFICADOR 20


—Está bien-accedí. Te contaré toda la información que yo tengo. Pero déjame que me dé una ducha primero. He estado trabajando toda la tarde y lo necesito. Luego haré la cena. Supongo que te sigue gustando la pasta.
—Hay cosas que no cambian-me contestó con los ojos entornados y de nuevo otro cigarrillo entre los labios.
Mientras me duchaba pensé en cómo contarle que le había ocultado mi embarazo; y cuanto más lo pensaba más miedo me daba el momento de decírselo. Se subiría por las paredes, estaba segura; y no podía culparle. Me puse unos vaqueros y una blusa blanca. No quería parecer que me había arreglado demasiado para él, porque no era así; ya estaba fuera de mi vida, o al menos eso esperaba. Cuando bajé le oí trastear en la cocina y comprobé que había buscado lo necesario para empezar a hacer la salsa de tomate y había puesto la pasta a cocer.
—Vaya, ¿has encontrado todas las cosas?
—Aunque esta cocina sea distinta y más grande sigues guardándolo todo en el mismo orden y en los mismos sitios.
Eran inevitables los recuerdos; habíamos vivido juntos bastante tiempo. Pero no quería que se diese cuenta de que, en el fondo, muy allá en el fondo de mi corazón seguía sintiendo algo por él. Acabé de preparar la cena y le di lo necesario para que pusiese la mesa. Cenamos casi en silencio. Nos observamos disimuladamente y ninguno de los dos se atrevía a romper el hielo; habíamos estado demasiado tiempo separados; sin saber nada de nuestras respectivas vidas, y no era fácil retomar la relación.
—¿Quieres café? -le pregunté recogiendo los platos.
—No, después de cenar siempre tomo té, pero no pasa nada si no tienes.
Me levanté para preparárselo y me entretuve un poco antes de volver a la mesa. Sabía que había llegado el momento de contar la verdad, y me daba miedo.
—Bien, espero que empieces ya a contarme lo que me tengas que contar-me pidió.
Antes de empezar le miré detenidamente. Sus ojos seguían siendo tan extraños como antes; y miraba de la misma manera penetrante e inquisitiva, como si quisiera entrar en la cabeza de la persona que estuviese enfrente. Es cierto que había pequeñas arrugas en torno a los ojos que antes no estaban, y que la nariz había cambiado ligeramente, pero estaba mejor que antes; todas esas cosas le daban más carácter.
—Cuando te marchaste-empecé.
—Cuando me echaste-me corrigió.
—Está bien, Lucas. Si cada vez que abro la boca me vas a interrumpir nos darán las cinco de la mañana sin que hayamos avanzado.
—De acuerdo, sigue. Me quedaré callado.
—Pues decía que cuando nos separamos me sentí tan mal que no fui capaz de levantarme de la cama en varios días, y Jaime vino a verme. Me ayudó, me animó, fue de nuevo como mi hermano mayor, como había sido siempre.
—Ya, otra vez la historia del hermanito.
—Yo le veía así, Lucas, tienes que creerme. Le conté lo que había pasado y me escuchó con paciencia. Y le hablé de otro problema, de una situación en la que me encontraba, y me ofreció su ayuda.
—¿Qué situación era esa? -me preguntó sirviéndose más te.
—Lucas, prométeme que me perdonarás, que no lo tomarás a la tremenda. Ya sé que hice mal, que no debí ocultártelo, pero en ese momento no podía pensar con claridad. Me hizo mucho daño saber que me habías engañado y no fui capaz de decírtelo.
—¿Qué tenías qué decirme? -me preguntó muy serio.
Tragué saliva antes de contestarle. No pude mirarle, no quería ver la luz de ira que se iba formando en ellos aún antes de conocer cuál había sido mi engaño. Me retorcí las manos de puro miedo mientras pronunciaba las palabras que destaparían la caja de los truenos.
—Cuando te marchaste estaba embarazada. Lo sabía desde hacía un par de días y te lo oculté deliberadamente.
No dijo ni una palabra y yo levanté la cabeza poco a poco para mirarle. Estaba pálido, con los puños apretados, y cuando su mirada de hielo se encontró con la mía, estallaron chispas en sus ojos. Se levantó y dio en la mesa un tremendo puñetazo que lanzó la taza de té al suelo, donde se hizo añicos. Me lanzó una mirada que me hizo sentir como si fuese la persona más vil de todo el universo y se marchó, cerrando la puerta con estrépito. Oí como arrancaba su coche y salía haciendo chirriar las ruedas. Me quedé sentada un buen rato, con la vista fija en ninguna parte; pensando que por segunda vez había estropeado las cosas. No sé cuánto tiempo pasó hasta que fui capaz de levantarme y buscar un cepillo y un recogedor para empezar a limpiar los trozos de porcelana. Las lágrimas me dificultaban la tarea.

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