13 de abril de 2017

FUEGO PURIFICADOR 21


Intenté calmar poco a poco mi corazón desbocado, que parecía que de un momento a otro se me iba a salir del pecho. Estaba acostumbrada a pasar sola mucho tiempo, pero la marcha repentina de Lucas me dejaba mal sabor de boca; era como empezar a catar un buen vino, pero que en el momento de tomarnos la copa entera alguien la retirase de golpe. Para mantener mis manos ocupadas recogí la mesa, puse en marcha el lavavajillas y recogí el mantel y las servilletas. Tuve el presentimiento de que Lucas volvería, y por eso salí afuera antes de cerrar con llave la puerta, con la absurda idea de que quizás estuviese por los alrededores. Pero lo único que había fuera era oscuridad; el cielo no estaba estrellado aquella noche y se había levantado viento. Me estremecí de frío y volví a entrar. Pensé que no tardaría en empezar a llover. No podría dormir después de haber hablado con Lucas; el sueño era algo vedado para mí, al menos aquella noche. Y pensé en aprovechar el tiempo. Encendí la chimenea y al principio intenté escribir algo de mi nueva novela, porque en apenas dos meses tenía que mandarle algo a mi editor, y estaba muy retrasada. Pero no era capaz de escribir. ¿Cómo embarcarme en la inocente historia de amor juvenil que estaba poniendo en marcha cuando mi vida entera estaba patas arriba? Simplemente por hacer algo seguí leyendo el diario de Jaime, a pesar de que había párrafos que sabía de memoria.
Marta nunca sospechó nada de mis correrías nocturnas; quizá era demasiado inocente para ello, o también puede ser que yo no le importase lo suficiente para preguntarse nada acerca de mi vida. Aunque sospecho que algo debía de imaginarse que hacía para saciar mis apetitos sexuales, porque habían pasado más de los dos años que al principio nos dimos y todavía no nos habíamos acostado juntos. Lo intentamos; pero, aunque ella intentó disimular, supe que no disfrutaba conmigo y que dentro de su cabeza y de su corazón seguía estando ese mal nacido cuyo nombre ni siquiera me atrevo a pronunciar. Quizá fue esa primera noche cuando se me vino a la mente por primera vez que me gustaría apretar su cuello entre mis manos hasta que dejase de respirar. Sería tan fácil que sólo de pensarlo me daban escalofríos de puro anticipo del placer que sabía que me estaba esperando. El cuello de Marta era muy frágil y delgado, y mis manos fuertes. Yo ya conocía cual era el placer de hacer que una mujer que pensaba recibir caricias y sexo se encontrase con un ataque brutal. Ver ese miedo reflejado en sus ojos, sentir sus labios temblorosos y su voz tartamudeando y suplicando por su vida hacía que cualquier otro encuentro solamente sexual fuese como comerse un guiso hecho con despojos cuando se probado solomillo.
No pude seguir, sencillamente me asqueaba seguir leyendo; las náuseas se me agolpaban en la garganta y tuve que salir corriendo hacia el baño. Allí me di cuenta de que llovía con fuerza; el agua golpeaba en la claraboya del techo y me hería los oídos. Creo que fue ese ruido el que me impidió darme cuenta antes de que alguien llamaba a la puerta. Dudé si abrir, pero cuando atisbé por la mirilla vi que era Lucas. Me apresuré a abrirle, y cuando entró dejó un pequeño charco de agua a sus pies. Estaba empapado.



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