16 de abril de 2017

FUEGO PURIFICADOR 23


—No te entiendo, sinceramente-me dijo encendiendo un cigarrillo. No entiendo que alguien se pueda casar con una persona a la que no quiere por simple agradecimiento.
No supe qué contestarle, porque tenía razón. Cuando acepté a Jaime cometí la mayor equivocación de mi vida, y bien que lo estaba pagando. —Dime preguntó de nuevo. ¿Por qué lo hiciste? Y, sobre todo, ¿por qué no quisiste escuchar mis explicaciones?
—Pero, ¿es que me diste explicaciones?
Se levantó, descalzo, y calentó leche con cacao para los dos. Me ofreció la taza y él se sentó de nuevo al lado del fuego.
—Te las ofrecí, pero te faltó tiempo para echarme de tu vida.
Resoplé de indignación, porque yo no recordaba las cosas de esa manera. Y la conversación estaba tomando un rumbo que me desagradaba profundamente. Aquello había pasado diez años atrás y pensaba que estaba ya olvidado. Era como remover en una herida curada sólo en la superficie; si se sacaba la costra seguía estando el daño a la vista.
—Déjalo, Lucas, por favor. Céntrate en lo que te he contado y dime si me vas a ayudar.
—Si quieres ayuda, contesta a las preguntas que te hago. Esas son las condiciones. Lo tomas o lo dejas.
Me estaba desesperando por momentos. Parecía que mi vida, mis miedos y el peligro que pudiese correr le daban lo mismo. Lo único que quería era saber el por qué. Como todos los egoístas y traidores solo le preocupaban sus propias cosas. Pero yo no estaba en condiciones de ponerme difícil y me encogí de hombros, aceptando tácitamente todo lo que me había dicho.
—¿Cómo te enteraste de que me había acostado con Irene?
—Ella vino a verme. Ese mismo día por la mañana, cuando salía hacia la universidad, me encontró apenas había puesto los pies en la calle y allí me abordó. Me dijo que era una compañera tuya y que tenía algo importante qué decirme. La verdad es que no sospeché nada raro; más bien me asusté porque pensé que podía haber pasado algo; y la mandé que subiese conmigo a casa. Me hizo un gesto para que siguiese contando.
—Le ofrecí un café y le pedí que me contase lo que tuviese que contar. Quizá debía desconfiar ya de ella desde el principio.
—¿Por qué?
—¿Qué por qué? Pues sobre todo por ese aire de perdularia y buscavidas que se desprendía de ella. Y porque iba vestida como una furcia, y porque cada vez que pronunciaba tu nombre se le caía la baba. Pero como yo entonces era una completa idiota y, sobre todo, como me fiaba de ti, la escuché. Y me contó con todo lujo de detalles vuestros encuentros amorosos.
—Habla en singular. Sólo nos acostamos una vez.
—Ella dijo que fueron más. Y me contó que tú le habías dicho que lo nuestro iba mal, que estabas pensando en dejarlo porque estabas harto de la relación.
—Eso es mentira. ¿Por qué le creíste a ella, una desconocida, y no quisiste escucharme a mí? ¿No llegaste a pensar que podía estar mintiendo?
Me levanté para pasear por la amplia sala y calmar mis nervios. Llevaba aquella conversación y todo lo que pasó después como grabado a fuego y al removerlo, de nuevo volvía a sufrir la misma angustia cruel que entonces me atenazaba la garganta y me impedía respirar. Por un momento me vi de nuevo enfrente de ella, tan joven, tan incauta e inocente, que sentí pena por la muchacha boba que había sido.
—La creí porque traía en su mano todas las pruebas. No dudó en grabar vuestros revolcones y tampoco tuvo empacho en ponerlos en nuestro video para que yo disfrutase, se supone, viendo cómo te lo pasabas tan bien con ella. No parecía que en aquel momento te acordases mucho de mí.

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