19 de abril de 2017

FUEGO PURIFICADOR 25


—Porque no tengo a nadie más-le respondí cuando pude hablar de manera normal. Y porque confiaba en que me ayudarías.
—Al menos eres sincera. Y te ayudaré, ya te lo he dicho; pero a mi manera. Primero habrá que ver que no estás exagerando; tu imaginación siempre te ha llevado demasiado lejos. Empieza por darme el diario y déjame que lea al menos las primeras páginas. Mientras tanto tú puedes preparar algo de desayunar. Pelearme contigo siempre me ha dado hambre.
Y se sentó allí mismo, en la cocina, en una mecedora que situé hace ya tiempo en un rincón, porque me gusta sentarme a leer mientras cocino. Le dejé sumido en la lectura y yo me concentré en hacer un desayuno completo. Todavía recordaba que a él le gustaban los huevos revueltos con jamón. Decidí no pensar en el placer que me producía estar de nuevo cocinando para él, porque eso era agua pasada y no quería volver a hacerme ilusiones tontas para sufrir de nuevo otro desengaño.
Le puse delante su plato de huevos con jamón, un tazón enorme de cereales y el zumo de naranja. Yo me limité a tomar un café con tostadas. Siguió leyendo mientras comía y comprobé que su apetito no había disminuido en los diez años transcurridos. Cuando acabó de desayunar había leído ya bastantes páginas y me dijo que quería echar un vistazo al sótano. Eso me llenó de desazón; no sé por qué, pero el sótano de mi casa me asustaba desde siempre; y de hecho creo que hacía muchos años que no había estado allí. Le confié mis miedos.
—No es necesario que vengas.
—Pero es que tampoco quiero quedarme aquí sola. Iré.
—Pero si bajas no te pongas a cacarear de miedo como una gallina enloquecida ni me hagas perder el tiempo.
Le di una linterna; él bajó primero y yo detrás, pisándole los talones y aguantando la respiración. Olía a cerrado y estaba lleno de telas de araña; pero no vi nada raro o que me llamase especialmente la atención. Me fijé en los muebles que Jaime había descrito en su diario, colocados tal y como él había dicho. Pero desde luego ni había cadáveres en el suelo ni fantasmas mal encarados nos estaban esperando para contarnos la triste historia de su vida.
De todos modos, sí era verdad que desde que entré allí sentía el pecho oprimido como si una mano de hierro me lo estuviera apretando para impedir que entrase el aire. Lucas recorrió todo el lugar enfocando cada rincón con la linterna y yo le seguía, pegada a él y al mismo tiempo mirando a cada momento a mi espalda porque cada paso que daba tenía la sensación de que alguien respiraba en mi nuca; como si un aliento helado me paralizase.
—Vamos a subir. Aquí no hay nada aparte de polvo y telarañas-me dijo, tirando de mi hacia las escaleras.
Cuando llegamos arriba de nuevo respiré más tranquila.
—Creo que tu marido está como una cabra, dicho en términos coloquiales. Y por lo que se de psicología criminal tiene problemas mentales graves, y hablo muy en serio. Dudo mucho de que esas fantasías que cuenta en su diario sean reales. Más bien pienso que inconscientemente te odia porque se ha dado cuenta de que no le amas como él te ama a ti. Pero no sé hasta qué punto puede ser peligroso. ¿Estás segura de lo del accidente de coche?
—Claro que sí. ¿Crees que yo también estoy loca? Te digo que Jaime ha cambiado mucho en los últimos tiempos. Y mi miedo es muy real, no me estoy inventando nada.
—Bien, pues si es así, hay buenas razones para que no te quedes en esta casa. —¿Y a dónde quieres que vaya?
—Te vendrás conmigo, a mi casa.


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