20 de abril de 2017

FUEGO PURIFICADOR 26


Esa invitación me hizo recordar épocas pasadas; aquellos atardeceres oscuros, cuando el invierno se aposentaba en nuestras vidas y en nuestras almas y hacía que nos replegásemos en nosotros mismos y que nos refugiásemos en el calor de aquel piso pequeño y escondido, donde bastaba una taza de chocolate caliente y una manta para guarecer nuestro amor. ¿Habían pasado solo diez años? Lo dudaba; más bien parecía que había sido una vida entera. ¿Estaba yo preparada para compartir de nuevo el mismo techo que Lucas? Todavía me seguía estremeciendo al oír su voz y por más que me engañase a mí misma, o lo pretendiese, aún significaba algo en mi corazón, llenando un vacío que nadie había podido cubrir en todo ese tiempo.
—¿Me has oído, Marta? -me urgió. Haz la maleta, no tenemos todo el día.
—¿Por qué no puedo quedarme aquí? -le propuse.
—Porque son mis condiciones. Y si de verdad estás en peligro sería como quedarte en la boca del lobo, ¿no?
—Pero no quiero molestarte. Tal vez…
No me dejó seguir.
—Vivo solo, así que no tengo que darle explicaciones a nadie. No necesitas ser tan comedida. Te advierto que no tengo todo el día, así que date prisa.
—Dime dónde vives y yo iré luego, en mi coche.
—No, señora. No le vamos dar más pistas a Jaime. Tu coche se queda aquí y tú te vienes ahora conmigo. Vamos, rápido-me urgió. Quiero llegar pronto a casa; estoy deseando darme una ducha y cambiarme de ropa.
Subí corriendo y guardé en una maleta lo más imprescindible. Todavía recordaba que a Lucas no le gustaba que le hiciesen esperar. Él ya estaba fuera, en el coche. Evidentemente, no estaba casado ni tenía niños porque conducía un deportivo de dos plazas, algo impensable en un padre de familia. A medida que avanzábamos intentaba tranquilizarme y ver las cosas desde la distancia; yo estaba en peligro y su deber, como policía, era protegerme. No había más. Para que el silencio no se hiciese demasiado pesado entre nosotros le pregunté en donde vivía.
—Muy cerca de aquí; en el pueblo de al lado. Lo raro es que nunca hayamos coincidido.
—No suelo salir mucho. Y como trabajo en casa ni siquiera tengo la excusa de salir a trabajar.
—Ya sé que te va muy bien con tus libros.
Me asombré de que supiese a que me dedico. A excepción del último libro y del que ahora estaba escribiendo todos los demás habían sido cuentos infantiles. No me imaginaba a Lucas leyendo cuentos para niños. Parece que me hubiese adivinado el pensamiento.
—Confieso que he comprado todos tus libros. Para mi sobrino-aclaró.
—¿Esther ha tenido hijos? -recordaba claramente en este momento la cara de su hermana pequeña, a la que llegué a conocer cuando estábamos juntos y con la que me llevaba muy bien en aquel tiempo.


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