24 de abril de 2017

FUEGO PURIFICADOR 27


—Tiene un niño de cuatro años, que además es mi ahijado. Y algún fin de semana que sus padres salían se ha quedado en mi casa. Tus cuentos me ayudaron a que se durmiese.
—Vaya, no te imagino cuidando niños pequeños.
—Pues se me da bien-me dijo sonriendo. Y aparté la mirada porque en aquel momento su sonrisa me trajo recuerdos de otros tiempos en los que no nos peleábamos a cada minuto.
Llegamos enseguida a su casa, que estaba a las afueras del pueblo, lindando ya con el bosque. Fue él quien bajó mi maleta y me invitó a que pasase. Miré a mí alrededor. Todo estaba inmaculadamente limpio y ordenado, pero parecía un hotel más que una casa. No se veían fotos ni cuadros, ni una planta siquiera. Era un lugar totalmente impersonal, como si nadie viviera en ella.
—¿Te has mudado hace poco?
—Hace ya cuatro años. ¿Por qué lo preguntas?
Me encogí de hombros; pensé que tal vez se molestase, pero de todos modos acabaría encontrando el motivo para molestarse conmigo, dijese lo que dijese.
—Porque parece un hotel, una casa de paso.
—La verdad es que solo vengo a dormir; me paso en la oficina la mayor parte del tiempo. Voy a subir a ducharme y mientras tanto puedes instalarte. Ven, te enseñaré tu habitación. Aparte de Martín, mi sobrino, nadie la ha usado. Ponlo todo a tu gusto. Y supongo que habrá que comprar comida; solo tengo lo imprescindible para desayunar, yo no suelo comer en casa; siempre tomo algo cerca del trabajo.
—Hablando de trabajo…
—Me debían días de vacaciones.
Se marchó hacia el baño y yo me quedé pensativa. Si había tomado los días de vacaciones que le quedaban era porque desde el principio había pensado en ayudarme. Entonces, ¿por qué se había molestado en hacer toda aquella comedia? ¿Tal vez para hacerse de rogar? ¿Para exasperarme? Decidí que no era momento de preguntas, él sabría sus motivos. Seguí leyendo el diario de Jaime, intentando buscar alguna explicación a su cambio de actitud, aunque quizá siempre fue igual y yo no supe verlo.
El sótano seguía siendo como un imán que tiraba de mí, y aunque en cierto modo me diese miedo todavía bajar y pensar que me encontraría con aquella extraña presencia, bajé. Era más fuerte el deseo de conocer cosas de su vida anterior y los motivos que le habían impulsado a matar; pero sobre todo quería saber que era lo que había sentido cuando mató por primera vez. Yo todavía no conocía esa tremenda experiencia, pero algo me decía que no tardaría mucho en probar en mis propias carnes ese sentimiento, que, aunque desconocido, lo adivinaba poderoso y fuerte, como un chute de adrenalina. Aproveché una tarde que Marta había ido a la ciudad a reunirse con su editor. Bajé despacio y me senté en el mismo sofá desvencijado de las otras veces. Intenté respirar acompasadamente, pero era consciente de que estaba nervioso, aunque fuese la tercera vez ya que estaba en aquel lugar. No me di cuenta de la presencia de Alvar hasta que me tocó el hombro con una enorme mano que me apretaba como una llave inglesa.
—Mi querido muchacho-me saludó con voz meliflua pero en la que se adivinaba una maldad escondida. ¡Cuánto me alegro de verte! La vida en este lugar es muy aburrida, nunca tengo a nadie con quien hablar y por eso espero tus visitas con ansia. Pero creo que a ti también te gusta venir a verme. Huelo tu miedo a lo lejos, pero bajo ese temor también hay un deseo muy fuerte de saber, de conocer de cerca la maldad. Dime, querido Jaime, ¿eras tú de esos niños que disfrutan haciendo sufrir a los animalillos domésticos? ¿O quizá preferías atemorizar a tus compañeros más débiles?
—Ni una cosa ni la otra-le respondí con la boca seca.
—Vaya, pues peor todavía, porque si llevas tanto tiempo reprimiendo la maldad, cuando salga será igual que si descorchas una botella de vino espumoso. Y dime, ¿cómo te va la vida? ¿Has pensado ya en deshacerte de tu mujer? Ya sabes que nunca te amará como ama todavía a Lucas de la Vega. Creo que para tener paz en tu vida deberías matarles a los dos. Y te diré más, él debería ser el último en morir, así sufriría doblemente al verla irse a ella primero.
—Nunca he pensado en matar a mi mujer. La amo-le respondí, aunque evitando su mirada. Sabía bien que no estaba siendo sincero, o al menos no del todo. Era verdad que amaba a Marta, pero también lo era que muchas veces, en la quietud de la noche, cuando yacía sin poder dormir, había planeado mil maneras de matarla, como venganza a su incapacidad de amarme. No entendía cómo podía, a través de los años, seguir manteniendo el recuerdo de ese hijo de puta. Dejé de pensar cuando oí la risa sarcástica y profunda de Alvar, burlándose de mí.
—¡Pobre Jaime! Intentas engañarte a ti mismo, tal vez, porque a mí no me engañas. Claro que has pensado en la muerte de tu mujercita. Y no una vez, sino cientos, o más bien diría que miles. Y no hay de qué avergonzarse. Harías bien en vengarte de los dos. Se lo merecen. ¿Quieres que yo te cuente como me deshice de mi mujer? A eso has venido, según creo; aunque no te atrevas a decírmelo.



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