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FUEGO PURIFICADOR 28


Debí de quedarme dormida cuando me recosté en el sofá para leer el diario. Cuando desperté estaba tapada con una manta y la pequeña agenda de tapas rojas no estaba. Me levanté con los ojos como si tuviese arena dentro. No sé cuánto tiempo había dormido, pero desde luego no el suficiente. Necesitaba tomar un café; pero no veía a Lucas por ninguna parte y no quería meterme en la cocina a revolver sin pedirle permiso. Miré por la ventana y no vi su coche aparcado en la calle, aunque puede que lo hubiese guardado en el garaje. Entré en la cocina y me encontré con una nota encima de la mesa en la que me decía que había salido para hacer algo de compra y que me sintiese en mi casa. Bien, consideraba que ese ofrecimiento acababa con mis escrúpulos para servirme un café. Después de rebuscar en un territorio que no me resultaba familiar encontré el bote de café y todo lo que necesitaba para prepararme una taza. Me la llevé al salón porque desde allí se veía un hermoso paisaje del bosque cercano y el arroyo que discurría enfrente de la casa. La gente no cambia o al menos no en las cosas importantes y creo que él seguía necesitando estar en contacto con la Naturaleza. Me pregunté si todavía saldría a correr por las mañanas como hacía cuando estábamos juntos.
Después de tomarme el café me detuve a examinar el salón y el resto de la casa. No había cuadros ni fotos; pero si muchos libros y de muy variada temática; desde novelas de mero entretenimiento a libros de Derecho y de Psicología criminal. Y también me encontré con una surtida colección de biografías. Y en la parte baja de la biblioteca me sorprendió gratamente ver colocados en una hilera perfecta todos los libros que hasta el momento había escrito. Algunos de ellos estaban bastante manoseados. Cuando fui a coger el primero que escribí, de su interior se cayeron un montón de sobres en los que reconocí mi propia letra. Eran las cartas que le había escrito a Lucas cuando por circunstancias no podíamos estar juntos. Entonces no era tan común el correo electrónico y no siempre podíamos hablar por teléfono; así que el único recurso que nos quedaba eran las cartas. Nunca hubiese imaginado que las hubiese guardado, después de tanto tiempo; aunque yo también conservaba las suyas. Sin embargo, no pensaba que los hombres también tuviesen la costumbre de guardar esas cosas; pensé que solo lo hacíamos las chicas. Volví a ponerlas en su sitio; ya no eran mías y no tenía derecho a inmiscuirme en la intimidad de nadie.
Además, alguna de ellas la recordaba prácticamente al pie de la letra. Las había escrito casi todas con 16 y 17 años y eran unas cartas ingenuas y románticas; lo que una chica tan joven le puede decir al que ha sido el primer amor de su vida. En mi caso, también el único, por más patético que resultase. Me sobresaltó el timbre de la puerta. ¿Debía abrir? Dudé un momento; pero cuando siguieron tocando ya no lo pensé más y abrí. Me encontré cara a cara con Esther, la hermana de Lucas. Las dos nos miramos igual de asombradas, aunque creo que ella un poco más que yo. No había cambiado demasiado; si acaso ahora tenía aspecto de mujer hecha y derecha; ya no era la cría de dieciséis años que yo recordaba; se habían ido las espinillas y cierta redondez infantil de su rostro. Tenía ante mí a una mujer muy bella, con el pelo solo un punto más claro que su hermano y unos ojos parecidos a los de Lucas. Llevaba en la mano una bolsa de libros, que balanceaba de un lado a otro, mirándome fijamente. Al final habló y se rompió la situación un tanto tensa que se había creado.
—Hola. Parece decir poco después de tanto tiempo, pero no se me ocurre mucho más-me dijo sonriendo. ¿Y mi hermano?
—Ha salido, no creo que tarde en volver. ¿Quieres esperarle? -dije, haciéndome a un lado para dejarla pasar.
—Vale, pero no puede quedarme mucho rato; tengo que recoger a mi hijo en el colegio. Nos sentamos en la sala y dudé si debía ofrecerle algo. Al fin y al cabo, ella estaba más en su casa que yo, que era una simple invitada. Creo que se dio cuenta de mi azoramiento y me propuso que preparásemos un café. Entramos en la cocina y el buscar juntas las cosas necesarias hizo que el hielo se rompiese, y ambas nos echamos a reír a la vez.
—Menuda situación-me dijo sonriéndome. No te preguntaré nada, no es asunto mío por qué estás aquí. Pero quiero que sepas que me alegro de verte. Te eché de menos.
—Yo también-le dije abrazándola. Y siento no haberme despedido de ti ni haberte dado una explicación. Pero te juro que no era capaz de hacerlo, al menos no en aquel momento. Y luego, ya sabes, lo vas dejando y cada vez se hace más difícil retomar una relación antigua.
Asintió y se encogió de hombros, como queriendo decirme que lo entendía y que no le daba importancia. La miré de nuevo y me parecía imposible que aquella cría que a veces nos acompañaba al cine, que merendaba en mi piso al salir del instituto o que me pedía consejo sobre los primeros amores fuese una mujer casada y además madre.

Comentarios

  1. hay amistades que, a pesar del tiempo y las circunstancias, se retoman en un minuto

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