5 de mayo de 2017

FUEGO PURIFICADOR 29




—Me gustaría conocer a Martín-le dije.
—¿Cómo sabes su nombre? Ah, me imagino que Lucas te ha hablado de él. No me extraña, la verdad, están locos el uno por el otro. Nunca pensé que a mi hermano le gustasen los niños, pero desde que nació su sobrino dejó de prestar atención al resto de la familia. Le conocerás, un día de estos le diré a Lucas que te traiga a casa. También me gustaría presentarte a mi marido.
Le dije que sí, pero no sabía hasta qué punto Lucas estaría de acuerdo en que Esther y yo retomásemos nuestra relación. Estaba segura de que me aceptaba en su casa porque le preocupaba que Jaime volviese de improviso, pero que lo hacía como una pesada obligación. Varias veces le sorprendí mirándome de una manera extraña, como si me temiese o me odiase. No le culpaba, después de lo que le había contado. Nuestro hijo tendría ahora nueve años. Deseché esos pensamientos que a nada llevaban y serví más café. Y estábamos charlando amigablemente y riéndonos al recordar épocas pasadas cuando llegó Lucas, cargado de bolsas. Se quedó sorprendido, no sé si de vernos juntas, o de encontrarnos riendo. Su hermana se acercó a darle un beso y él se lo devolvió un tanto distraído, mirándome de reojo.
—Bueno, estaba esperándote simplemente para saludarte, pero tengo que irme. Martín está a punto de salir del colegio. Aquí te dejo los libros que me has pedido. Hasta pronto, Marta, no te olvides de que has prometido que vendrías-me dijo ya desde la puerta.
Le ayudé a colocar la compra y permanecimos incómodamente callados mientras tanto. Esperaba que fuésemos capaces de convivir durante el tiempo que estuviésemos obligados a ello, porque esta situación me estaba minando los nervios. Cada vez que me daba la vuelta le sorprendía mirándome, y no sabía cómo interpretar esas miradas. Me ofrecí a preparar la comida, más que nada para estar ocupada durante un rato y no preocuparme por llenar los silencios que se establecían entre nosotros. Pero me asombró cuando dijo que lo haríamos entre los dos. No sé si estaba preparada para ello. Cuando vivíamos juntos lo hacíamos cada noche; cocinábamos los dos y era uno de los mejores momentos del día. Si no quedaba más remedio, lo haríamos otra vez.
No fue tan terrible como había pensado y lo cierto es que cuando nos pusimos a cocinar me olvidé de todo y me concentré en la comida y en adaptarme a una cocina que era desconocida para mí.
—Teniendo esta cocina tan bonita y cómoda, ¿cómo es que comes siempre fuera?
—No me gusta cocinar para mí sólo-contestó picando zanahorias y cebollas. Y eso me llevó a pensar que tenía que preguntárselo; no sabía si le iba a molestar, pero si él sabía de mi vida, creo que yo también tenía cierto derecho a saber algo de la suya.
Se lo planteé mientras tomábamos el postre. Directamente, sin andarme por las ramas. Y me contestó también de manera directa.
—No, no me casé. Creo que quedé vacunado contra cualquier tentación de hacerlo después de conocerte.
—Supongo que no me lo dices como un cumplido.
—Tómalo como quieras-me contestó sirviendo el café.
La brusquedad de su respuesta me pilló tan de sorpresa que los ojos se me llenaron de lágrimas y para que no las viese me levanté a cambiar mi cucharilla, fingiendo que se me había caído al suelo. No podía esperar nada de Lucas, excepto cortesía, pero ni siquiera eso me daba. Creo que a pesar de todo él se dio cuenta, pero no me pidió perdón ni me dijo absolutamente nada más. Recogimos la mesa entre los dos y poniéndome la chaqueta le dije que me apetecía salir a estirar un poco las piernas. Él no se ofreció a acompañarme, ni yo lo esperaba. Se limitó a ordenarme secamente que llevase el móvil y que no me alejase mucho

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