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FUEGO PURIFICADOR 30


Estábamos ya empezando el mes de noviembre y los días se habían acortado mucho. Aunque apenas eran las cinco de la tarde, en menos de una hora se haría de noche; y había refrescado considerablemente. No sabía a donde dirigirme, así que eché a andar siguiendo el curso del arroyo. Caminé a buen ritmo para entrar en calor; pero tuve que detenerme y sentarme en un tronco caído en el suelo porque las estúpidas lágrimas me cegaban y me impedían seguir andando. Ni me había dado cuenta de que estaba llorando hasta que la garganta se me quedó agarrotada y noté los ojos empañados. Me enfadé conmigo misma por ser tan infantil y tan estúpida. ¿Qué esperaba de Lucas? Habían pasado diez años; era normal que no sintiera nada por mí, y también lo era que al haber sabido de mi engaño se sintiese enfadado. Pero me dolía, me hacía tanto daño que parecía como si me fuese a partir en dos por dentro. Me levanté, algo más serena, y cuando iba a proseguir mi camino me detuve porque me pareció oír un ruido, una especie de gañido tras unas matas. Me acerqué despacio, con algo de miedo; y cuando aparté las plantas me encontré con un pequeño gatito de color blanco, hecho una pelota y maullando débilmente. Me agaché junto a él y muy despacio, para no asustarle, le cogí en brazos. Deseé que tan solo tuviese hambre y frío. Y sin pensarlo dos veces le resguardé por dentro de mi chaqueta. Con el calor de mi cuerpo pronto dejó de maullar y en su lugar surgió el suave y reconfortante ronroneo que me indicaba que todo iba bien. Le llevaría a casa, a pesar de lo que Lucas pudiese decir. Hacía mucho tiempo que no tenía una mascota; exactamente desde que mi perro Tom había acabado bajo las ruedas de un coche. Nunca había tenido gatos, y en este preciso momento de mi vida me apetecía la compañía de un animalito al que dar un poco de cariño.
Cuando llegué estaba ya anocheciendo. Lucas estaba en la sala, leyendo, y levantó la vista del libro cuando me vio entrar. Se dio cuenta de que llevaba algo bajo la chaqueta, porque fue lo primero que preguntó.
—¿De dónde sale eso?
—Me lo encontré abandonado entre unas matas, muerto de frío y de hambre. Y me dio pena.
Dio un bufido de impaciencia.
—¿Y se puede saber que vas a hacer con él?
—Primero darle un poco de leche, creo que está hambriento. Y luego buscarle un lugar para que duerma.
—Ese bicho no se va a quedar en mi casa-me aclaró.
Me encogí de hombros.
—Bien, estás en tu derecho; como has dejado claro, es tu casa. Pero entonces por favor, llévame a la mía. Nos iremos los dos.
Se dio la vuelta con rabia, pasándose la mano por el pelo y por la barba, y murmurando en voz baja. Yo me quedé de pie, acariciando al gato y mirándole como se desesperaba por momentos.
—No me lo puedo creer, lo terca que eres y la manera que tienes de volverme loco. No entiendo cómo, si de verdad crees que estás en peligro, estás dispuesta a marcharte sola a tu casa por un jodido gato.
No contesté a sus provocaciones; me quedé acariciando al gatito y evitando mirarle. Al final, después de unos cinco minutos de tira y afloja; yo callada y el mascullando maldiciones, me dijo que me lo podía quedar, pero que sería totalmente responsabilidad mía.

—Gracias-le dije-. Ahora voy a calentar un poco de leche para Sergei.
—¿Para quién?
—Se llama Sergei; lo decidí mientras veníamos de camino.
—¿Ese es un nombre de gato?
—No lo sé. Pero es nombre de duque ruso, y este minino tiene un porte muy aristocrático. Verás cuando haya comido y entrado en calor. Es precioso. ¿A qué sí?
Se encogió de hombros y no me contestó nada; pero fue él quien calentó la leche en el microondas y desmigó un poco de pan en el bol que luego le ofreció al gato.




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