1 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 31


Conseguí una caja de arena para Sergei y también una cesta que recubrí con una mullida toalla para que le sirviese de cama. Mañana le llevaría al veterinario y le compraría algo más apropiado para dormir. Se tomó toda la leche con ansia y se arrellanó, con la barriga llena como un tambor, a dormir. Después de cenar Lucas insistió en que repasásemos juntos las primeras páginas del diario de Jaime, porque al parecer quería hacerme unas preguntas. De nada valió que le dijese que estaba agotada; insistió en hacerlo en ese preciso momento. No quise discutir porque sabía que él era como un camello que cruza el desierto: come, bebe y descansa cuando puede, y en caso contrario, toma lo necesario de sus reservas y resiste hasta el final.
Todavía recordaba que cuando los dos estudiábamos, mientras yo no era capaz de hacerlo más de dos horas seguidas sin tomarme un descanso; él se preparaba un termo de café y estudiaba toda la noche. Y al día siguiente iba a clase tan campante. Luego tampoco tenía problema en dormir veinte horas seguidas. Por eso a menudo le llamaba Camel, aunque le molestase, porque era la palabra que mejor le definía.
Ahora hizo lo mismo; preparó café, y extendió sobre la mesa del comedor, despejada ya de la cena, el diario de Jaime y sendos blocs de notas para cada uno. Su ritmo de trabajo y su método siempre habían sido distintos a los míos; él era analítico, frío, calculador cuando trabajaba en algo, y siempre iba al meollo del asunto, mientras que yo solía andarme más por las ramas, y era un tanto desordenada y caótica en la manera de hacer las cosas. Puso delante de si la libreta de notas y dos bolígrafos perfectamente alineados, y tomando uno de ellos en la mano, empezó con las preguntas, asaeteándome como si estuviese ante un tribunal prestando declaración.
—Vamos a ver; lo primero es saber cuánto hay de fantasía y cuanto de realidad en todo esto. Por supuesto no me creo nada de ese fantástico personaje del que ha hablado. Pero puede ser que te lo haya escuchado a ti y por eso lo mencione. ¿Ha existido alguien con ese nombre en tu familia?
—No lo sé, Lucas. Sí que he oído hablar de que en la casa se había cometido un asesinato hace más de doscientos años; que un hombre que llegó del extranjero mató a su mujer embarazada porque el hijo no era suyo; y que luego se suicidó en la cárcel, pero no sé su nombre.
—Entonces, mañana iremos a hacer averiguaciones en el registro civil, en la parroquia y quizá tengamos que desplazarnos hasta la cárcel también. Tengo amigos allí, no nos será difícil.
—No entiendo con qué finalidad tenemos que hacer todo esto-protesté.
Tenía mucho sueño y mantener los ojos abiertos me resultaba una proeza, así que contestar a sus preguntas era algo así como escalar el Everest con una pierna lastimada.
—Marta, me has pedido ayuda y te la prestaré, pero yo soy el que dice lo que hay que hacer. Tú de investigaciones no tienes ni idea.
Me encogí de hombros y mantuve la boca cerrada; era lo mejor para evitar discusiones. Siguió un buen rato haciéndome las más variopintas preguntas; cosas que ni por lo más remoto me parecía que fueran importantes, pero que tampoco me atrevía a discutir, en parte porque no valdría de nada. Lucas de la Vega nunca daba su brazo a torcer, y cuando se equivocaba lo reconocía, pero mediante subterfugios y rodeos.

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