8 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 32


En algún momento de la noche debí de caer rendida de sueño, pero no lo recuerdo. Sólo sé que amanecí en la cama de la habitación de invitados, tapada con las sábanas y el edredón, aunque yo desde luego no recordaba de qué manera había llegado hasta allí. Una idea se me estaba formando en la cabeza, pero me daba miedo comprobarlo. Al final, después de pensármelo durante unos minutos decidí que no era momento de cobardías, y me destapé para ver que llevaba puesto. Desde luego no tenía encima ni los vaqueros ni el jersey de cuello alto. En su lugar, simplemente me tapaba una camiseta enorme, de color azul, que me llegaba casi hasta las rodillas, y que no era mía. Absurdamente, porque el único que podía verme era Sergei, que se entretenía realizando sus abluciones mañaneras, me tapé de nuevo con rapidez y cerré los ojos, esperando despertar de un momento a otro y que todo hubiera sido un sueño. Pero en lugar de eso, tocaron a la puerta de mi cuarto, y dije “adelante” con un hilo de voz.
—Buenos días, veo que ya estás despierta. En marcha, tenemos que irnos a hacer todas las gestiones que ayer te comenté-me dijo, desde la entrada.
Ya se había vestido y llevaba en la mano una taza de café.
—Vamos-repitió de nuevo. El tiempo no te ha curado de la pereza.
—Lucas-le llamé cuando ya se marchaba.
Se dio la vuelta y me miró con desgana.
—¿Cómo he llegado a la cama?
—En mis brazos, a falta de algo mejor. Te caíste redonda encima de la mesa a las dos de la mañana. Eres una floja, sigues sin aguantar nada.
—Esta camiseta que llevo-empecé a decir, y él me cortó.
—Es mía, no quise revolver en tu ropa. Y no ibas a dormir vestida. Y no te preocupes-me tranquilizó-no he mirado mientras te desnudaba-. Aunque creo que no hubiese visto nada nuevo. ¿O sí?
No contesté a sus provocaciones. No podía pensar en una manera peor de empezar el día.
Desayuné rápido y mal porque no quería hacerle esperar, y después de dejarle comida y agua al gato salimos rumbo al pueblo. La mañana estaba más fresca de lo normal para inicios de otoño; parecía que este invierno sería de esos que hacen época, con nevadas y todo. A mí no me desagrada el frío ni la lluvia; es más, creo que no sería capaz de vivir en un país tropical, sin diferencia apenas entre invierno y verano. Por decir algo, porque la verdad es que me daba igual por donde decidiese empezar, le pregunté a Lucas adonde iríamos primero.
—Empezaremos por el Registro Civil, allí conozco a un funcionario y creo que si hay información me la dará sin pasar por todos los trámites preceptivos. No es que esté a favor de los amiguismos, pero este asunto corre prisa.
—¿Tendremos que ir también a la parroquia? Te lo digo porque conozco al cura, era muy amigo de mi padre.
—Depende. Si en el Registro nos ayudan no hará falta ir a la iglesia; sería tener documentación doble y no es cosa de perder el tiempo.

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