9 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 33


Eran las diez de la mañana cuando llegamos al pueblo. Al llegar el otoño se quedaba bastante desolado, justo con los vecinos que vivían allí durante todo el año, que cada vez eran menos, y los que venían de las aldeas adyacentes y menos importantes, que no tenían ayuntamiento, ni banco o médicos. En aquel momento la única calle que podríamos llamar principal estaba poco animada y pudimos aparcar con facilidad justo delante del edificio de los juzgados, donde también estaba el Registro Civil. Lucas salió del coche y dando grandes zancadas entró de prisa en el edificio; yo le seguí con menos rapidez, mis piernas no eran tan largas; pero a él parecían darle igual mis apuros por mantener su paso, y no se dignó mirar atrás ni una sola vez, para comprobar que le siguiese. Delante del mostrador de recepción tuvimos que esperar unos cinco minutos a que atendiesen a otras personas que estaban antes, y por fin la señora que estaba detrás de la mampara nos pidió que nos adelantásemos. Lucas preguntó por Marcos Garcés e inmediatamente nos señalaron una escalera que llevaba al primer piso. De nuevo me dejó rezagada, subiendo las escaleras de dos en dos; lo cual yo no podía hacer ni por condición física ni por la manera en cómo me había vestido aquella mañana, con un traje de chaqueta de falta recta y estrecha que me obligaba a dar incómodos pasitos de geisha. Me maldije interiormente por no haberme puesto unos simples pantalones.
Lucas tocó a la puerta con un golpe seco y sin esperar a que contestasen desde el interior, pasó y me arrastró consigo. El hombre que estaba tras la mesa de despacho, consultando unos datos en el ordenador, levantó la vista con cara de pocos amigos, pero al ver a Lucas su boca se distendió en una amplia sonrisa que le hizo parecer más joven y se levantó para estrecharle la mano, pero como no le debió de parecer suficiente, apartó la silla para acercarse y se dieron un abrazo de esos tan masculinos, con palmadas en la espalda y en los brazos como si fuese un concurso a ver quién es más bruto y está más en forma. Se pasaron cinco minutos insultándose de manera cariñosa, supongo, y preguntándose por sus respectivas vidas, y por fin Lucas se acordó de que no estaba solo, y me presentó.
—Marta, este es Marcos Garcés, un buen amigo. Ella es Marta Durán, amiga también desde hace muchos años.
Nos estrechamos la mano y ambos sonreímos de manera cortés. Menos mal que me había presentado como una amiga, y no como la ex novia cargante, llegada desde el pasado para complicar su vida con fantasías asesinas.
—Bueno, pues tú dirás, porque me imagino que no es una visita de cortesía. ¿Qué necesitas esta vez?
Él se encogió de hombros e hizo un gesto de niño cogido en falta, como para hacerse perdonar.
—Por un asunto de herencias Marta necesitaría conocer datos de un antepasado suyo, una especie de tío.
—Bueno, pues dame los datos. Me sería muy útil el nombre completo y la fecha de nacimiento.
—Se llamaba Alvar Durán. La fecha de nacimiento no la sabemos con exactitud, pero podemos estar hablando de hace doscientos años, o más.
Marcos, que estaba preparándose para tomar nota, levantó la mirada y meneó la cabeza en sentido negativo.
—¿Qué ocurre? -quise saber.
—Lo siento, pero no podré ayudaros. El antiguo edificio del Registro sufrió un incendio y no hay nada archivado más allá de cien o ciento cincuenta años atrás. Pero-añadió al ver mi cara de decepción-podéis ir a la Iglesia. Antes todo el mundo se bautizaba, se casaba mediante un matrimonio religioso y era debidamente enterrado; así que algún dato tiene que haber sobre esa persona. ¿Estáis seguros de que vivió en este pueblo?
—Completamente. De hecho, vivió en la que ahora es mi casa.
Enarcó las cejas, preguntando sin hacerlo.
—Está a unos kilómetros del pueblo. Es la que llaman La casa de la colina.
—Ya, he oído hablar de ella. ¿No dicen que se cometió ahí un horrible crimen hace ya tiempo?
Antes de yo pudiese decir nada, Lucas le contestó.
—Sí, bueno, ya sabes, las leyendas de los pueblos. Junta a cuatro ancianas cotillas y desocupadas y el folletín está servido. Quién sabe cuánto hay de verdad y cuanto de exageración.


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