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FUEGO PURIFICADOR 34


Antes de marcharnos le invitamos a tomar un café en el bar que estaba enfrente del juzgado; a esa hora lleno de abogados desayunando y de gente que había ido a hacer gestiones. Diez minutos más tarde aparcábamos delante de la iglesia que me era tan familiar, pues en ella me habían bautizado, había comulgado por vez primera y también, para mi desgracia, me había casado con Jaime. En la iglesia no había absolutamente nadie; pero de igual modo me quedé dentro un rato, porque me gusta la paz que se desprende de estos lugares cuando están vacíos de gente. Lucas me esperó en la puerta, pero yo me adelanté hasta llegar casi al altar y me quedé un rato de pie, recordando episodios de mi niñez, cuando en verano venía con mi madre a misa los domingos, o el día en que tomé la primera comunión, junto con otros niños del pueblo, todos sentados en este banco de la primera fila en donde ahora mismo estoy. No suelo rezar a menudo, más bien tengo conversaciones con quien Arriba se encuentre; y en este momento hice eso, hablar sin pronunciar palabra, pidiendo simplemente ayuda para encaminar mi vida por el camino correcto. Volví a donde Lucas me esperaba y le dije que tocaríamos en la casa del cura; seguro que le encontrábamos allí. Nos abrió la puerta una señora mayor, vestida de negro y con el vestido protegido por un inmaculado delantal blanco. Cuando le pregunté por el padre Avelino me dijo que estaba en su despacho, que le preguntaría si nos podía recibir. Salió apenas unos minutos más tarde y con una sonrisa amable nos mandó pasar. Cuando entré en el despacho pensé que no había cambiado nada desde la última vez que había estado aquí, con mi padre. Seguía presidiendo la habitación una vetusta mesa de madera oscura, con las patas gruesas haciendo un intrincado dibujo, tallado en la madera; un sillón también pesado y oscuro, y un archivador, que hacía un extraño contraste con los otros muebles. No había ningún ordenador a la vista, señal de que el padre no se había integrado en la era de la informática. Se levantó al vernos y se acercó a mí con las manos extendidas. Había envejecido; el pelo raleaba ya en su cabeza, y el que le quedaba era totalmente blanco. También estaba más grueso y menos ágil, aunque sus ojos negros seguían igual de vivaces que antes. Le besé en la mejilla, como siempre hacía, porque le conocía desde que nací y había sido uno de los mejores amigos de mi padre.
—Marta, pequeña. Estoy encantado de que hayas venido. En misa nunca te veo-me amonestó.
Me encogí de hombros; ante él no necesitaba justificarme, me conocía bien y sabía que mi fe era sólida, pero me fallaba la práctica.
—Padre, le presento a mi amigo Lucas de la Vega.
Se estrecharon la mano, y nos invitó a que nos sentásemos. Yo había preparado una historia que esperaba que fuese lo bastante realista para convencerle. Le expliqué que estaba escribiendo una novela de misterio, y que, dado que todo el mundo sabía la historia o leyenda relacionada con mi casa, quería saber de la existencia de ese supuesto antepasado mío.
—Y me imagino que quieres consultar los archivos parroquiales-concluyó.
—Me haría usted un enorme favor, padre. Hemos ido al juzgado; pero no hay nada; por el incendio, ya sabe.
Asintió en silencio. Pero como se quedó callado un momento, dudé si nos daría permiso. Al fin habló de nuevo.
—Por mí no hay problema, pero deberéis hacer vosotros el trabajo. Yo tengo muchas cosas pendientes, y mi vista ya no es la de antes; sería incapaz de pasarme las horas delante de los libros de registro; aparte de que las letras de algunos antecesores míos me resultan indescifrables.
—Entonces, padre-habló Lucas por primera vez-si le parece díganos en que horario podemos venir y nosotros nos ocuparemos de todo.
—Abro la iglesia, y por tanto el archivo, todos los días desde las diez de la mañana a las siete de la tarde. Dentro de ese horario, cuando queráis. Lo único que os pido es silencio y discreción; no me gustaría que todo el mundo se enterase de que estáis haciendo consultas.
—Tranquilo, padre, a nosotros tampoco nos interesa que la gente sepa de nuestras averiguaciones.
Nos despedimos en la puerta, y quedamos en que después de comer empezaríamos con el trabajo. A Lucas le pedí que me llevase a mi casa para recoger unas cosas.
—¿Qué tienes que recoger?
—Básicamente un secador de pelo, que tú no tienes, y la máquina de la pasta. —Secador no tengo, es verdad. No lo necesito-argumentó pasándose la mano por su cabeza casi rapada-. Y lo otro no sé qué es. ¿Una máquina de qué?
—Una máquina para hacer pasta fresca, que tú no tienes. Y para cocinar necesito tener las cosas que me son familiares.
—A ver si crees que te vas a instalar en mi casa para siempre jamás-me dijo, abriéndome la puerta del coche para que entrase.
Me senté y me quedé mirándole fijamente durante unos momentos.
—Lucas, tengo una curiosidad enorme. ¿Tú sueles entrenar mucho para ser tan cabrón o es que te sale de manera natural?

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