24 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 35


No me contestó, sólo esbozó una media sonrisa torcida y enfiló en dirección a mi casa. Recogí lo que había venido a buscar y nos fuimos a comer algo rápido para poder empezar a trabajar en los archivos de la parroquia. Era complicado porque no sabíamos ninguna fecha de manera exacta, así que no nos quedó más remedio que sentarnos pacientemente y repasar los polvorientos tomos con paciencia. Aquella tarde no descubrimos nada interesante, a no ser que la gente se casaba muy joven, nacían muchos niños, pero también muchos de ellos se morían en la más tierna infancia, y había también muchas mujeres que perdían la vida siendo muy jóvenes, supongo que la mayoría se morían en el parto. Nos marchamos un poco antes de las siete, con las manos tan vacías como habíamos llegado, pero mucho más sucias; los viejos legajos acumulaban mucho polvo de años de no haber sido tocados por nadie. Mi alergia me estaba matando, y me había pasado la mayor parte de la tarde estornudando. Cuando me senté en el coche me miré en el espejo de cortesía y me enfrenté a lo que esperaba; una nariz y ojos profundamente enrojecidos. Me encogí de hombros. ¿Qué más daba? Ya podía tener en la cara una máscara verde que Lucas no se daría cuenta. Creo que para él era un ente, simplemente, porque apenas me hablaba; solamente me dirigía la palabra cuando era estrictamente imprescindible. Bien, si eso era lo que quería, no sería yo quien padeciese. Había vivido diez años sin él, simplemente recordándole, y ahora que le tenía a mi lado empezaba a decepcionarme. Me dio por pensar si con el paso de los años y la ausencia no le habría idealizado. Quizá no era que se hubiese convertido en un cretino; lo más probable es que siempre lo hubiese sido.
Pero, por otra parte, no estaba soñando ni exagerando su ternura, su inmensa capacidad de amar, y su generosidad de antes. Había dos Lucas, y ahora me tocaba lidiar con el peor.

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