29 de junio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 38

—Bien, al menos ya sabemos que el tal Alvar era real, que existió.
—Si-asintió Lucas, sirviéndose más lasaña. Pero lo que no entiendo es que, si tú no sabías de su existencia, Jaime pueda hablar de él en su diario. ¿Estás segura de que nunca habías oído su nombre?
—Segurísima. Sólo sabía la leyenda que circula por todo el pueblo, pero nunca me enteré de nada más. En casa no se hablaba de eso, creo que durante generaciones mi familia intentó borrar ese estigma de la casa.
Mientras tomábamos café le pregunté cuál sería el siguiente paso.
—Mañana iremos a la cárcel. De visita-me aclaró ante mi cara de asombro-. El director es amigo mío y si hay archivos de esa época, sé que no me pondrá pegas para que les echemos un vistazo. Quiero saber cuánto hay de verdad en lo que se cuenta, y si de verdad estuvo allí preso por el asesinato de su mujer.
Llegamos al edificio donde se asentaba la cárcel a media mañana. Antes habíamos ido a darle las gracias al padre Avelino y a decirle que ya habíamos encontrado todos los datos que necesitábamos. La prisión se asentaba en las afueras, en un lugar dejado de la mano de Dios a medio camino entre varios pueblos de la zona. Habían tenido que talar un frondoso bosque para construirla y no se habían esmerado mucho en el diseño. Era un edificio cuadrado, con la fachada lisa y de hormigón, en ese feo estilo oficial que tienen los arquitectos que proyectan para el estado. Estaba rodeado por una muralla muy alta y se accedía a través de un enorme portalón de hierro, oxidado en muchos puntos. Tuvimos que enseñar la documentación a un guardia que estaba en la garita, a la entrada, y después de consultar por teléfono a alguien de dentro, nos mandó pasar y nos indicó que dejásemos el coche en el aparcamiento de visitantes. No nos quedó más remedio que caminar unos cinco minutos hasta llegar a la puerta principal. El aire estaba impregnado de un ligero olor a desinfectante mezclado con ambientador. Nos acomodaron en una sala de espera con asientos de chillón vinilo color naranja y algunas mesitas bajas y algo desportilladas que se diseminaban estratégicamente y que contenían revistas, periódicos atrasados y ceniceros, a pesar de que en la pared había varios carteles en los que claramente se prohibía fumar.

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