2 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 39



Nos esperaba un enorme y aburrido trabajo, y empezamos enseguida. Había en total seis enormes tomos, y nos los repartimos equitativamente. Nos acomodamos en una mesa grande, uno enfrente del otro y Lucas se caló unas gafas de montura plateada que le daban un curioso aspecto. No le había visto nunca con gafas, y no me gustaba cómo le quedaban, pero por supuesto me guardé de decirle nada.
Mientras emprendía la tediosa tarea de buscar datos de ese misterioso sujeto, recordé lo que había leído sobre él en el diario de Jaime. Parece ser que era lo que el propio Alvar le había relatado a mi marido; algo ciertamente difícil de creer en un sujeto que llevaba muerto un par de siglos.

Siempre fui la oveja negra de mi familia, querido Jaime; y mis padres preferían con diferencia a cualquiera de mis hermanos, porque les daban muchos menos problemas que yo. Ellos formaban parte del rebaño, seguían sin rechistar las órdenes de mi padre y no se les ocurría ni discutirlas. Yo, desde que tuve uso de razón, me di cuenta de que era distinto, de que formaba parte de una raza especial, de un grupo de selectos elegidos que habíamos nacido para reinar sobre los mediocres, sobre la plebe embrutecida y vulgar. Por eso no quise casarme con quien mi padre había elegido para mi desde que era un niño de pecho. Fui yo quien decidió con quien compartiría mi vida; y quizá he de reconocer que en esto no estuve demasiado acertado. Me enamoré de la hija de un terrateniente del pueblo vecino, que por aquel entonces tenía tan solo 15 años. Tenía una belleza exquisita, como la de una flor que todavía no ha sido cortada y está en todo su esplendor. Convencí a mi padre y fue a hablar con la familia de la muchacha. Apenas tardamos tres meses en casarnos. Adelina provenía de una buena familia, pero últimamente su fortuna había menguado algo, y el padre estaba satisfecho de casar a la mayor de sus hijas. Mis padres me cedieron una casa en lo alto de la colina que domina el pueblo, que habían construido apenas unos años antes, pero que nunca había sido habitada, porque corría el extraño rumor de que el espíritu de un trabajador que se había caído desde el tejado rondaba por las noches y no dejaba que nadie descansase tranquilo.
Yo no creía en espíritus por aquel entonces; aunque ahora me cause risa mi ignorancia. Y no tuve el más mínimo problema en ocupar la casa; cuanto más que mi padre había sido tan generoso de ponerla a mi nombre. A mi prometida no le pedí opinión; ¿qué importancia podía tener lo que pensase una simple jovencita ignorante? Nos trasladamos allí el mismo día de la boda, y nunca vi nada que me pudiera hacer pensar que la casa estaba embrujada; aunque ahora, después de tanto tiempo, creo que siempre arrastró una maldición porque nadie que la habite conseguirá ser feliz en ella. Adelina llevaba mal tener que hacer el trabajo de la casa; en la de su padre, aún ahora que su fortuna había venido a menos, tenían criadas; pero yo no podía hacer ese derroche con la pequeña asignación que mis padres me daban. Cierto es que era joven y podría trabajar, pero no consideraba que alguien de mi inteligencia y posición tuviese necesidad de hacerlo.
La oportunidad de cambiar de vida me llegó cuando llevaba casado apenas unos meses. Un amigo de toda la vida que se había marchado al Nuevo Mundo me hizo llegar noticias de que le hacía falta un hombre de confianza para ayudarle a dirigir su hacienda en aquellas tierras. No me lo pensé más, le pedí a mi padre el dinero suficiente para pagarme el pasaje y embarqué hacia las lejanas tierras americanas, de donde todo el mundo venía transformado en rico caballero. No hice caso de los llantos y súplicas de Adelina, ya se sabe que las mujeres se pasan el día entero en un lamento. Y fue un error, querido Jaime; un error que los dos pagamos muy caro. Ven a verme otro día y seguiré con mi relato.



2 comentarios: