11 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 41


Cortamos la charla porque estábamos ya en casa. Nada más abrir la puerta Sergei vino a enredarse en mis piernas y le cogí en brazos con algo de remordimiento, porque los dos últimos días había estado solo demasiado tiempo. Al parecer no era un gato rencoroso, porque se dejó abrazar y se mostró contento cuando le di de comer.
Lucas y yo nos sentamos en la sala después de cenar, con los papeles del expediente que habíamos copiado. Lo leí más detenidamente y me entraron algunas dudas.
—Me pregunto cómo no escapó Alvar.
—¿Qué quieres decir? –me preguntó Lucas.
—Pues que en aquellos tiempos era más fácil que un crimen quedase impune que ahora; piénsalo bien, no había pruebas de ADN ni todos estos adelantos técnicos que tenéis en los laboratorios. Puede que la gente todavía ni estuviese enterada de que había vuelto de América, así que le sería fácil matarla y esconderse en cualquier lugar. Mi casa es solitaria, no creo que nadie le estuviese espiando.
Lucas frunció el ceño, pensativo.
—Pues sí, tienes razón-admitió al cabo de un rato-. Pero puede que tuviese una razón para no escapar; puede-repitió despacio-que él desease que le castigasen por lo que había hecho.
Las palabras de Lucas se me antojaron un contrasentido y así se lo dije. Él encendió un cigarrillo y me miró profundamente, como estudiando mi mente.
—No, no creo que sean un contrasentido. Hay personas que cuando cometen un crimen saben perfectamente que están haciendo algo incorrecto, y en el fondo intentan dejar pistas, ponerse en evidencia para que les detengan; porque, aunque no pueden dejar de comportarse de esa manera, en lo más íntimo de su ser saben que tienen que detenerse.
—Y como no pueden hacerlo solos, intentan que sean otros quienes pongan freno a sus locuras-conjeturé.
—Exactamente-coincidió él. Al final haré de ti una buena policía.
Me sorprendió gratamente que fuese ya capaz de gastarme bromas. En los días que llevaba en su casa, y después de no separarnos más que de noche, para dormir, veía que había dejado caer alguna de las barreras que había interpuesto entre nosotros. Todavía no estábamos tan cómodos como antaño, pero mucho me temía que eso ya nunca sería posible. Habían pasado demasiadas cosas y ambos nos habíamos dañado mutuamente. En la vida es imposible volver atrás; lo pasado está pasado y no se puede volver sobre él. Puede construirse una nueva relación, distinta de la anterior, pero no exactamente igual. A mí me había costado demasiados años darme cuenta de ello; y no sé si Lucas lo sabía.
—¿Qué dices? ¿Cambiarás tu oficio de escritora por el de policía?
—No podría, aunque quisiera, sería imposible.
—Quizá porque lo encuentras vulgar-me acusó, poniéndose de nuevo a la defensiva.
Le toqué levemente la mano, por encima de la mesa, y aunque noté una leve crispación, no la apartó; seguí notándola tibia bajo la mía.
—No porque me parezca vulgar, Lucas, sino porque para hacer tu trabajo se requieren unas cualidades que yo nunca tendré.
—Dime cuales son.
—Templanza, valor, fuerza, y otras condiciones físicas que yo no tengo; sangre fría. ¿Sigo?
—Algunas de esas condiciones creo que si las tienes. Tienes mucho valor.
—¿Tú crees?
—Lo afirmo-me dijo, apagando el cigarro en el cenicero-. Hace falta valor para enfrentarte a todo lo que has aguantado; y también para contarme las cosas que yo ignoraba.
Estaba dando deliberadamente un rodeo para no mencionar el hecho de que le había ocultado mi embarazo; y que había soportado la pérdida de nuestro hijo. Era la primera vez que hablaba del tema, aunque fuese sin mencionarlo directamente, sin echarme nada en cara. Me daba miedo decir algo por si de nuevo removía sus demonios y volvía a ser aquel hombre violento que casi me asustó con su vehemencia. Por lo tanto, me quedé callada, encogiéndome levemente de hombros. Para disimular mi turbación, tomé en brazos al gato, que desde hacía ya mucho rato se estaba frotando contra mis piernas, maullando lastimeramente y dándome a entender que estaba harto de tener una ama que le prestase tan poca atención.
—Ven, cariño mío-le dije, izándole y besando su cabeza.
Lucas bufó de impaciencia y se levantó, como con aire ofendido, a preparar un té.
—Tantos arrumacos a un gato. Nunca entenderé a la gente que se preocupa más de los animales que de las personas.
—Pero es que yo no tengo ninguna persona a la que dar cariño-le dije, mirándole de manera que esperaba considerase inocente. Tuvo el buen sentido de volver la cabeza, fingiendo que atendía el agua de la tetera


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