24 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 43


Al hablarle del gato se olvidó de todo lo demás, y cuando lo vio me pidió permiso para cogerle en brazos. Dudé, porque los gatos son muy suyos y temía que Sergei sacase las uñas; pero mis temores eran absurdos porque se dejó hacer y acariciar por Martín y nos costó separarles cuando nos sentamos a cenar. Era un niño muy educado, que comía con toda corrección y que tanto a su tío como a mí nos asaeteó a preguntas durante toda la cena. Lucas le respondía a todo lo que preguntaba con paciencia franciscana, y se mostraba tan dulce y cariñoso como lo era conmigo hace ya tanto tiempo. El problema llegó a la hora de irse a la cama. Martín fue hasta la estantería de los libros y sacó el primero que yo había escrito y se lo entregó a su tío para que le leyese un poco. Cuando Lucas le dijo que esta noche dormiría en su cuarto se negó en redondo, argumentando que él era un chico mayor y que dormiría en su habitación; donde siempre había dormido. Por más que intentó convencerle, no hubo manera. Y nos sorprendió a los dos llamando al gato para que durmiese con él. El muy traidor se bajó de un salto del sofá y le siguió como un manso corderito, aunque volvió la cabeza y me miró, no sé si burlándose de mí o disculpándose por dejarme sola. Lucas se fue tras ellos, y volvió al cabo de cinco minutos, con cara de fastidio.
— Ahora el señor quiere que seas tú quien le lea un rato.
—Bueno, ¿Qué problema hay? Ahora vuelvo.
Martín estaba ya acostado, esperando que llegase; y Sergei nos miraba a los dos desde el sillón donde se había instalado, cual sátrapa persa a la espera de la llegada de sus vasallos. Se entretenía limpiándose la cara con las patas delanteras y lanzándome de vez en cuando miradas de déspota. Me preguntaba quien, en esta relación, era el amo y quien la mascota. Me senté en la cama, al lado de Martín, y empecé a leer el libro. Cuando llevaba menos de cinco minutos leyendo, él me detuvo.
—Este cuento del niño que se va a vivir a la Luna es el que más me gusta. Me lo sé todo.
—Y entonces, ¿para qué quieres que te lo lea de nuevo?
—Porque me gusta oírlo. ¿Sabes? -me preguntó poniéndose de costado para verme mejor-. Mi tito dice que estos cuentos los ha escrito una princesa que vive en un país mágico.
—Vaya; pues si te lo ha contado tu tito, será verdad. Oye, ¿Quieres que te cuente yo un cuento nuevo, que no está escrito en ningún libro?
Asintió con la cabeza, y sobre la marcha me puse a inventar una historia; pero estaba tan rendido de sueño que en menos de cinco minutos se quedó dormido; y nada más levantarme despacio, para no despertarlo, Sergei vino a ocupar mi puesto y se acostó a su lado. Decidí confiar en él, aquella noche se harían compañía mutuamente.
—Ya está, se ha quedado dormido como un tronco-informé a Lucas cuando entré en la sala.
Me sonrió, cosa extraña, y sirvió dos copas. Había puesto música, en voz baja, y quizá por primera vez me sentí cómoda con él. Me ofreció una de las copas y me hizo seña para que me sentase al lado del fuego. Él ocupó el sillón de enfrente.
—Quiero pedirte perdón-me dijo, mirándome fijamente.
—¿Perdón? -no sabía de qué me hablaba-. No se me hacía creíble que eligiese este momento para hacerse perdonar una infidelidad de diez años atrás.
—No supe entender tu reacción cuando llegué con el niño. Supongo que la costumbre me hace olvidar cuánto se parece a mí. Entiendo que tuvo que removerte muchos sentimientos.
¿Qué podía decirle? No me fiaba mucho de que mi voz aguantase la emoción y pudiese contestarle de manera serena, así que me limité a mover la mano, quitándole importancia. Este hombre me estaba desestabilizando por momentos. Tanto podía estar insoportablemente grosero como volver a ser el encanto de chico del que me había enamorado. Y en la habitación de al lado dormía un niño inocente que me había dicho que una foto mía estaba en su cuarto, o que hablaba de mí como de una princesa de un país mágico. ¿A qué estábamos jugando? Desde luego, no era el momento de perder el tiempo con juegos, no mientras mi vida corriese peligro.
—Esta noche dormirás en mi cuarto.
—Claro que no, dormiré en el sofá.
—Es mi casa y yo decido donde duerme cada quién.
—Es tu casa, efectivamente, y por eso no voy a quitarte tu cama. Además, ese sofá es demasiado pequeño para ti, pero adecuado para mi tamaño.

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