27 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 44



Se levantó para echar otro leño al fuego, y removió un poco con el atizador. La ligera luz que provenía de la chimenea hacía que de sus ojos se desprendiesen chiribitas que me recordaban tiempos lejanos, cuando estábamos tan cerca el uno del otro que no necesitábamos hablar para comunicarnos.
—He dicho que no, y es mi última palabra.
—Quizá estés acostumbrado a hablar así a la gente que tienes a tus órdenes, pero ni tú eres un general ni yo formo parte de la tropa. Así que yo dormiré en el sofá.
Negó con la cabeza, y sin decir nada más encendió un cigarrillo y cruzó las piernas indolentemente, balanceando el pie derecho enfrente del fuego. Era una de sus posturas clásicas, que al parecer seguía conservando con el paso de los años.
—Quizá pienses que soy un bruto y es probable que estés en lo cierto, pero mis padres me educaron bien, y un caballero no deja que una dama sufra incomodidades.
Su terquedad podía conmigo, ya no sabía de qué manera convencerle, y todavía me pregunto cómo se me ocurrió una idea tan descabellada. Creo que en aquel momento lo hice tan solo con la tonta idea de provocarle, pensando que se echaría atrás sin pensarlo.
—Bien, sea como tú dices. Dormiré en tu cama.
—Así me gusta, que te dejes guiar y no seas tan terca.
—Pero la compartiremos, esa es mi condición. Yo tampoco voy a dejar que tú pases incomodidades; más que nada porque te necesito entero y con la cabeza en su sitio para seguir trabajando mañana en el pequeño asuntillo que tenemos pendiente.
Dio una calada a su cigarro y me dirigió una mirada de soslayo, con una sonrisa burlona pintada en la cara.
—Acepto. No será la primera vez que compartimos cama.
Supongo que la sorpresa y el miedo se debieron de reflejar en mi rostro, porque se echó a reír suavemente. Yo simplemente había soltado ese farol pensando que me iba a mandar a freír espárragos, no que dijese que sí.
—Cuando no sepas cómo acabarán las bromas, no las hagas-me aconsejó, palmeándome la mejilla como haría con su hermana pequeña.
—Bueno, eso, que era una broma-le dije sin mirarle-. Que me quedo a dormir en el sofá. Dime dónde puedo conseguir una manta y una almohada.
Pero me tomó de la mano y tiró de mí sin contemplaciones para levantarme del sillón.
—Ah, no, señora mía. Una palabra es una palabra. Compartiremos cama; me lo has propuesto y he aceptado. Venga, en consideración a que eres mi invitada te dejo el primer turno en el baño. Mientras tanto, recogeré todo esto y le echaré un vistazo al niño y al gato; que al parecer te ha abandonado.
—Ese parece ser mi sino-le contesté aviesamente, encogiéndome de hombros. Debí de haberme encontrado con una gata. Los machos no tienen sentido de la fidelidad; en ninguna especie, me temo.
A pesar de que no las tenía todas conmigo no quise mostrarme acobardada delante de él, y fui la primera en acostarme. Me había llevado el dichoso diario, que se había convertido en mi sombra, a la cama. Recordé que antes Lucas solía dormir solo con pantalón de pijama, pero esperé, por el bien de los dos, que se hubiese puesto también la chaqueta. Nuestra vida anterior poco tenía que ver con la situación actual, en que no éramos desconocidos, pero tampoco manteníamos la relación de antes. Su cuarto era bastante espartano, como toda la casa; con los muebles justos y necesarios para la comodidad diaria, pero sin pensar en adornos ni florituras. Estaba tan alterada que no me enteré de nada de lo que leí, o más bien fingí leer. Sentí algo de alivio cuando él llegó, correctamente vestido con un pijama completo. Se acostó a mi lado, pero a cierta distancia y me echó una mirada burlona.
—No te aconsejaría leer esa bazofia antes de dormir, luego tendrás pesadillas. Cerré el diario y lo coloqué encima de la mesita.
—¿Martín duerme?
—Como un tronco. Una vez que se acuesta ya no suele despertarse en toda la noche. Y, además, tu gato está de guardián; me pareció que también dormía, pero nada más entrar yo se ha puesto alerta. Creo que ha encontrado ya a alguien de quien cuidar, y parece que le resulta más divertido que tú.
—Ya te expresé mi opinión sobre los machos de cualquier especie-le contesté con voz dura. Pero él no se dio por aludido.
—¿Qué ha sido de tu guardaespaldas?
Sabía perfectamente a qué se refería con esa pregunta, pero me hice la tonta porque por nada del mundo deseaba que pensase que en diez años no había hecho otra cosa que recordar nuestra época juntos.
—¿Ya te has olvidado de tus escapadas nocturnas en los veranos? Decías que ese árbol era tu guardaespaldas, que sus ramas parecían tener escalones para que te fuese fácil llegar al suelo. ¿Lo has cortado?
—Más bien me vi obligada. Hace ya años hubo un incendio bastante importante que empezó en lo que eran las antiguas cuadras de la casa, y el árbol quedó muy dañado; no hubo más remedio que talarlo. Me dio pena, pero era necesario.


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