28 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 45


Intenté que mi voz sonase totalmente normal, pero la situación me resultaba del todo extraña; hablando de esa época con Lucas, y acostados en la misma cama. Intenté apartar esa idea de mi cabeza, y pensar que simplemente era como si estuviésemos sentados en el mismo sofá. Pero no era exactamente igual, porque a veces sus pies desnudos rozaban los míos, y me parecía estar recorrida por una descarga eléctrica.
—¿Quieres que hablemos? -me preguntó sin mirarme.
—¿De qué?
—De todo lo que pasó, de lo que debimos haber hablado en su momento.
A mi pesar me puse rígida y él lo notó, lo sé.
—¿De que valdría, Lucas? Ya han pasado diez años y muchas cosas.
—Sí, pero yo necesito respuestas. No sé si a ti te pasa; pero quiero saber, necesito aclarar unas cuantas cosas, aunque sólo sea para cerrar de una vez ese capítulo de mi vida.
—¿No lo has cerrado?
Se giró de costado e hizo que yo también me girase, y nos quedamos frente a frente, mirándonos, midiéndonos con franqueza como hasta ahora no lo habíamos hecho.
—No, no del todo. Es curioso, pensé que sí, que eras una parte de mi vida que pertenecía al pasado, pero ha bastado volver a verte para empezar a recordar cosas, a preguntarme por qué sucedió todo, y a dejar de tener paz. Y quiero acabar de una vez con este tormento. Quiero explicaciones, quiero entender, y quizá así pueda encajar las piezas y lograr perdonarte.
Me incorporé para mirarle mejor.
—¿Perdonarme? ¿Yo soy la que necesito ser perdonada? Sigues teniendo una cara muy dura, Lucas de la Vega, y eres el mismo arrogante de siempre. Te recuerdo que no fui yo quien se acostó con otro.
Él también se había sentado en la cama y me miraba de manera retadora. De nuevo parecíamos dos gallos de pelea. Pero esta vez reconozco que Lucas fue más ecuánime que yo. Volvió a poner la cabeza en la almohada y tiró de mí para que me acostase a su lado de nuevo.
—Volvamos a empezar. Quiero saber muchas cosas, quiero que hablemos, para que podamos perdonarnos mutuamente todo el daño que nos hicimos. ¿Te parece mejor así?
Hice un gesto de duda. No estaba totalmente de acuerdo, porque no me parecía comparable su engaño con mi enfado. Aunque, pensándolo bien, quizá el detalle de no haberle contado lo del niño hacía que mi propia culpa en todo el asunto subiese unos cuantos puntos. Me decidí a colaborar, y me armé de paciencia. No sé por qué, pero se me antojaba que esta sería una noche muy larga. Y me preguntaba cómo acabaría.
Fue Lucas el que empezó con la lista de agravios. Me acusó de que todo el malestar había comenzado porque yo era demasiado snob y no estaba de acuerdo con que fuese policía. Le rebatí que lo que me había molestado era que me lo presentase como un hecho consumado, que ni siquiera se tomase el tiempo de explicarlo antes.
—¿Por qué tendría qué hacerlo? -me preguntó con voz airada-. Tenías las ideas tan claras de cómo debía ser nuestra vida que me daba miedo decírtelo. Tú querías ser la esposa de un abogado mercantilista, como era mi padre, que trabajaba de nueve de la mañana a cinco de la tarde, y que se tomaba sus vacaciones religiosamente en el mes de agosto.
—Eso es mentira-le rebatí, alzando también la voz-. Yo simplemente quería ser tu esposa, que formásemos una familia y tuviésemos hijos, y me daba igual en que trabajases.
—Lo cierto es que ni te tomaste la molestia de averiguar lo que a mí me hacía feliz.
—Quizá porque tú nunca fuiste sincero conmigo.
—Sabía que te opondrías a mi deseo de ser policía.
Me estaba llevando a un camino sin retorno. Era dar vueltas siempre a lo mismo, ninguno de los dos queríamos reconocer que quizá nos faltó madurez y nos sobró orgullo. Éramos demasiado jóvenes y queríamos a toda costa salirnos con la nuestra, tener más razón que el otro. Pienso que los dos, o al menos yo, lo pagamos demasiado caro; todavía lo estábamos pagando.
—Lucas, yo te quería más que a nadie en el mundo; nunca me habría opuesto a algo que a ti te hiciese feliz. Aunque no te niego que me disgustaría, pero sobre todo porque ser policía conlleva peligros que, desde luego, los abogados mercantilistas no corren. Y ahora que hemos llegado al acuerdo de que todo partió de ese momento en que me confesaste que no entrarías en el despacho de tu padre, me gustaría saber que te llevó a engañarme con aquella mujer. ¿Qué tenía ella que no tuviese yo?
Extendió las manos en un gesto de impotencia. Y enarcó las cejas en un gesto muy suyo.
—No lo sé, Marta. Quizá fue que ella no me juzgaba, que estaba presente en ese determinado momento en que yo era más vulnerable. No lo sé. Podría mentirte diciendo que ella me provocó, aunque creo que así fue en gran parte; pero eso no sería una disculpa. Aunque me provocase, yo pude haberme negado. Y no lo hice.

2 comentarios:

  1. he leido en este momento los 3 ultimos capitulos y son fantasticos!! sigo enganchada!!

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    1. Muchas gracias Inma. Saber que te gusta en un gran aliciente

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