29 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 46


—No, no lo hiciste. Y no puedes llegar a saber cómo me dolió. Todavía recuerdo la mañana en que llegó a nuestra casa y me enseñó aquella cinta de video. ¿Sabes lo que es ver cómo toda tu vida se derrumba ante tus ojos? Es que no me lo podía creer, a pesar de que lo estaba viendo, una parte de mí se negaba a dar crédito. Cuando has querido tanto a alguien, cuando has confiado en esa persona y has hecho planes que también le incluyen es muy duro darte cuenta de que todo se ha acabado, de que nunca te ha querido.
—Eso no es verdad. Yo te quería, nunca te mentí en eso. Simplemente fui débil, como muchas otras personas lo han sido en algún momento de su vida. ¿Merezco el fuego eterno por eso? Pudiste haber sido tú perfectamente quien hubiese caído en la tentación de engañarme.
Crucé los brazos delante del pecho para evitar darle un bofetón en plena cara. Encima de que me había engañado quería darle la vuelta a la tortilla para acusarme a mí de lo que él había hecho.
—-Ni tú mismo te lo crees. Se nota que en el fondo nunca has dejado de pensar como un abogado; siempre liando las palabras para llevarte el gato al agua.
Se echó a reír; me miró y sacudió la cabeza varias veces, como si le costase entenderme.
—Yo pensé que aquí la única que sabía jugar con las palabras eras tú. ¿No eres la escritora de éxito? Yo soy un humilde y vulgar policía.
Le lancé una mirada de desprecio y ni me molesté en contestarle. Pero él se lo tomó con buen humor y me dijo que me quedase acostada, que él iría a la cocina a preparar un té de naranja para los dos.
—Nos hará falta reponer fuerzas, porque el combate promete. Yo diría que sólo vamos por el segundo asalto, como mucho.
Volvió al poco rato con una bandeja en la que llevaba sendas tazas de té. Ahora que habíamos comenzado yo era la más interesada en soltar todo el lastre que había arrastrado durante aquellos diez años, y que tanto me pesaba, por más que intentase olvidarlo.
—Las relaciones pueden terminarse de muchas maneras, Lucas, y la nuestra acabó de la peor posible. Es distinto descubrir que dos personas son incompatibles en su carácter y no pueden convivir que enterarte de que aquel en quien confías te ha engañado.
Cuando me di cuenta de que se preparaba para rebatir lo que había dicho, le detuve y seguí hablando. Ahora que había soltado amarras, no era fácil hacerme callar.

—Me dejaste hecha polvo y con una inseguridad a cuestas de la que creo que todavía no me he librado. Me costaba mirarme al espejo sin sentir desprecio por mí misma, porque pensaba que cuando me habías dejado por otra, sería que no valía nada.
—Yo no te dejé, Marta. En ningún momento pensé en romper lo nuestro; simplemente fui débil.
—Dime la verdad, ¿pensabas confesármelo?
—No lo sé-admitió-. No quiero mentirte. No sé lo que hubiera hecho de no haberlo descubierto tú. Probablemente no te hubiese dicho nada.
—Infiel y desleal.
Se encogió de hombros y bebió lo que quedaba en su taza.
—No lo sé-repitió de nuevo. Probablemente el calificativo que mejor me define sea el de cobarde.

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