30 de julio de 2017

FUEGO PURIFICADOR 47


Vaya, le honraba aceptar que se había comportado mal; pensé que nunca viviría lo suficiente para oírlo. Recosté la cabeza en la almohada; me cansaba mucho discutir y los ojos se me empezaban a cerrar de puro agotamiento; pero Lucas era como un perro de presa y una vez que daba con el hueso no lo soltaba fácilmente. Mucho me temía que esta noche ninguno de los dos dormiría mucho. —Yo he reconocido mi culpa y ahora espero que tú seas lo suficientemente honesta para confesar que no obraste bien al ocultarme tu embarazo.
—Nunca he negado que lo que hice estuvo mal. En ese momento te lo oculté de manera deliberada para castigarte por el daño que me habías hecho.
—¿Y más tarde? ¿Por qué no hablaste?
—No lo sé, Lucas. Te digo la verdad, no sé porque reaccioné de esa manera. Estaba muy perdida, sabía que mis padres nunca lo entenderían y me encontraba sola. Cuando Jaime me ofreció ayuda me pareció buena idea, aunque ahora tenga que reconocer que cometí la mayor tontería de mi vida. Y luego, cuando perdí al niño, ya no tenía sentido confesarte nada. ¿Para qué? De no pasar esto, nunca lo hubieses sabido.
—Puedo entender que con el enfado del momento me lo ocultases, pero ¿por qué luego no me llamaste para decirme lo que pasaba?
Alisé la colcha mientras ponía en orden mis ideas y pensaba en la manera de explicarle mis motivos sin que se enfadase y de una manera lo suficientemente clara como para se pusiese en mi lugar, si es que eso era posible. Me apremió para que le contestase.
—Los primeros días tuve la esperanza de que volvieses a verme, que me pidieses perdón. Pero al ver que el tiempo pasaba y que no sabía nada de ti, decidí callar. Pensé que estabas con ella, y que yo no te importaba. ¿Qué sentido tenía decirte que iba a tener un hijo? No quería imponerte una situación por la fuerza.
Apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
—A mí me parece que recuerdas las cosas tal y como te conviene. Me echaste de tu casa y de tu vida, me dijiste cosas terribles y sobre todo me pediste que nunca más me acercase a ti. ¿Qué querías que hiciese?
—Pues desobedecer, está claro. Ya sabes que a veces yo digo una cosa, pero quiero exactamente lo contrario.
—¿Y yo que voy a saber? Siempre has sido muy complicada. No sé porque no puedes hablar claramente, sin tapujos, y llamar a las cosas por su nombre.
Me entristeció profundamente darme cuenta de que quizá por un orgullo mal entendido de ambos habíamos echado a perder nuestra vida, o en todo caso la mía. No sabía lo que había hecho Lucas en estos diez años. Sólo sabía que en mi caso había sido un tiempo perdido, un tiempo en el que no fui feliz y que por más que quisiese negarlo, viví tan sólo añorando su presencia. Le miré, creo que por primera vez sin esconder nada de lo que todavía sentía por él. También en sus ojos atisbé la misma luz que los iluminaba cuando estábamos juntos y me miraba. Inconscientemente nos acercamos un poco más y creo que si en aquel momento no me hubiesen llamado al móvil acabaríamos besándonos. Me sobresalté. Eran las cuatro de la mañana. ¿Quién podía llamarme a esas horas? Me fijé en la pantalla y me asusté al ver que era Jaime. Dudé si cogerlo, pero sería peor que no lo hiciese. Descolgué el teléfono y me encontré con que me preguntaba, entre crispado y furioso, qué donde estaba. Había vuelto antes de lo previsto y se había encontrado con la sorpresa de que, aunque mi coche estaba en el garaje, yo no aparecía por ningún sitio. Por la cara que puse, Lucas se dio cuenta de que estaba en un aprieto y me escribió algo en el bloc de notas que siempre llevaba encima. Arrancó la hoja y me la puso delante. Había garabateado unas palabras en ella

Inventa algo, dile que has tenido que salir por una emergencia




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