1 de agosto de 2017

FUEGO PURIFICADOR 48


—Escucha, Jaime, es que ha surgido un imprevisto y me he tenido que marchar hace unas horas. Mi tía Luisa, si, la de Barcelona, que está grave, y necesita que alguien esté con ella en el hospital. No, no me llames, tendré el teléfono casi siempre desconectado. Yo procuraré llamarte cuando pueda. Vale, hasta luego.
Cuando colgué estaba sudando de miedo y de nervios. Me temblaban tanto las manos que Lucas las cogió entre las suyas y me agarró fuerte para detener el temblor. No sé exactamente quien dio el primer paso; sólo sé que nos abrazamos y yo me aferré a su cuello en busca de calor y de protección. Fue inevitable que nuestros labios se unieran en ese beso que habíamos pospuesto tanto tiempo, y que creo que los dos necesitábamos.
—Perdóname-me dijo, abrazándome todavía-. Supongo que ni pude ni quise evitarlo. Pero no me arrepiento.
—Yo tampoco-le contesté en voz baja-. Pero no sé si es buena idea iniciar algo antes de aclarar todo lo que tenemos pendiente.
Me detuvo con un gesto.
—Esta vez vamos a intentar hacer las cosas bien. Iremos despacio y antes de nada tenemos que ocuparnos de lo principal, de lo que verdaderamente tiene prisa. Piénsalo bien, ¿tiene manera de comprobar que esa tía tuya no está enferma?
—Mi tía Luisa hace tres años que murió.
Hizo un gesto de no entender nada.
—Jaime no lo sabe. Había cosas que ni me molestaba en contarle porque sabía que no le importaban. Así que no podrá hablar con nadie y hacer comprobaciones.
—Bien, pues es algo menos de lo que preocuparnos. Ahora procura dormir un poco, yo voy a hacer algunas llamadas.
—¿A estas horas? ¿A quién vas a llamar?
— A un par de compañeros para que le vigilen durante un par de días. Descansa-me dijo, besándome en la frente.
Sus labios estaban tibios y eran como un bálsamo que me curaba del miedo. Estaba ya en la puerta cuando volvió sobre sus pasos, y sentándose en la cama, a mi lado, me tomó las manos entre las suyas.
—Debemos ser muy prudentes. No quise decirte nada antes para no preocuparte, pero de la Europol me llegó un correo esta noche diciendo que han encontrado a esa chica que desapareció en Francia.
—¿Muerta? -pregunté con un hilo de voz, aunque ya sabía la respuesta. A pesar del miedo que me atenazaba la garganta, el cansancio pudo más. Cuando Lucas salió, dejando entreabierta la puerta del dormitorio, yo me arrebujé más en las mantas, haciéndome un ovillo, y abracé la almohada que él había usado. Todavía guardaba algo de su calidez y de su olor, y sintiendo esa tibieza en mi cara, me dejé arrastrar poco a poco al mundo de los sueños. Alguien me abrazaba, sentía en torno a mí el calor de otro cuerpo, y esta sensación, ya casi olvidada, me resultaba tan placentera que decidí no abrir los ojos de momento.
Quería seguir soñando, que el bienestar no me abandonase al despertar y me encontrase de nuevo sola. Poco a poco saqué mi brazo derecho del suave abrigo de las mantas y lo deslicé hasta mi costado. Palpé un bulto suave que se apretaba a mi lado, una tela de franela, una mano pequeña que se abandonaba laxa y confiada en la mía. La sorpresa me hizo abrir los ojos de golpe. No era Lucas, desde luego. Pegado a mí dormía, con la confianza con que solo los niños son capaces de hacerlo, Martín. Y Sergei yacía a los pies de la cama, hecho un ovillo. ¿Cómo habían llegado los dos hasta aquí? Por la ventana, a pesar de que las cortinas estaban echadas, se filtraba algo de la fría luz invernal; señal de que ya hacía tiempo que había amanecido. Me escurrí suavemente de la cama, con tiento de no despertar a los dos durmientes. Pero el gato tenía el sueño ligero, y abrió un ojo, mirándome con displicencia y algo de inquina por haberle molestado. Hice caso omiso de sus reproches; ya me estaba acostumbrando a ellos; y me calcé las zapatillas. Salí de puntillas de la habitación y cerré la puerta con cuidado. No se oía nada en toda la casa. ¿Habría salido Lucas? En la cocina no había nadie, y su coche, según pude ver a través de la ventana, estaba aparcado donde lo había dejado anoche. Al final le encontré en el salón. Se había quedado dormido encima de la mesa, con la mejilla sobre su bloc de notas. No quise despertarle, así que le tapé como pude con la manta que estaba en el sofá, y despacio me apoderé del diario de tapas rojas y me fui al sillón para seguir releyendo lo que Jaime había escrito.

2 comentarios:

  1. buena idea, procurar ir paso a paso, lo urgente primero, pero sin olvidar lo importante.
    ¡¡Genial!! como los capítulos anteriores.

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  2. Muchas gracias Inma. Ahora, ya de vuelta, lo retomo

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