8 de agosto de 2017

FUEGO PURIFICADOR 49



Cuando decidí que Marta debía morir para que al fin yo pudiese tener algo de paz, me quedé más tranquilo y hasta fui capaz de dormir de un tirón toda la noche. Antes a menudo tenía horribles pesadillas que me llevaban a los peores momentos de mi existencia y hacían que me despertase sudando, asustado y con la boca seca. Tenía que pensar de qué manera dar rienda suelta a mis deseos y quien sería la primera afortunada a la que usaría como conejillo de Indias. ¿Dónde la encontraría? Me daba miedo actuar cerca, porque era demasiado novato en estas lides y cabía la posibilidad de que ya en el primer crimen la policía me pillase. Sería un desastre; sobre todo porque entonces no podría llevar a cabo mi plan magistral de transformar a Marta. Ahora, en su forma mortal y perecedera, era totalmente imperfecta: hermosa pero llena de fallos. Cuando hubiese tenido lugar la transformación, cuando su alma inmortal abandonase su cuerpo como las pulgas abandonan el cadáver del perro, entonces llegaría el Sublime Momento de la Transformación Absoluta. A partir de aquel instante sería mía por siempre jamás, y su alma se fundiría con la mía en un baile maldito que nos llevaría al éxtasis más absoluto, a la unión perfecta, a la comunión más pura que se puede dar entre dos personas. Ella pasaría a formar parte de mí mismo, entraría en mí; seríamos uno solo. Estaríamos más unidos que lo que nunca llegaron a estarlo ella y su amante. ¿Qué importaba que él hubiese dejado en Marta su maldita simiente y hubiesen engendrado un hijo? Ya me había ocupado yo de quitar del medio a la nefanda criatura. Nosotros tendríamos una unión mucho más perfecta y atemporal que la simple y burda unión de dos cuerpos.

Dejé de leer cuando Lucas se despertó. Vino hacia mí con el sueño todavía pintado en los ojos y desperezándose. El cuello debía dolerle terriblemente después de haber estado varias horas en una postura forzada. Nos dijimos buenos días y aunque ambos avanzamos para acercarnos, ninguno hizo amago de dar el primer paso hacia algo más. La conversación de anoche había roto muchas barreras, pero todavía quedaban en pie otras que habría que derribar con paciencia y tacto. Ahora mismo estábamos en esa delicada situación de cuando alguien le ha contado a otra persona secretos muy íntimos de su vida y luego se arrepiente y le gustaría poder recoger las palabras pronunciadas y las confesiones hechas. Pero en la ligera sonrisa que me dirigió como saludo matinal ya no atisbé la ironía de los días anteriores. Puede ser que de nuevo empezásemos a confiar, aunque fuese levemente y con limitaciones, el uno en el otro.
—Me desperté con el niño al lado y el gato haciendo guardia.
—Martín tuvo una pesadilla-me dijo pasándose la mano por la cara, comprobando tal vez que necesitaba un afeitado-. Y se calmó cuando le dejé contigo en la cama. Y lo del gato no fue cosa mía, él se sumó a la fiesta sin que nadie le invitase. ¿Has dormido bien?
Asentí con la cabeza mientras me ponía a recoger un poco la sala. Doblé la manta, la coloqué encima del sofá, y dispuse los cojines en su orden correcto.
—He dormido pocas horas, pero bien. Y luego he estado leyendo un poco más del diario. ¿Comprendes ahora por qué estaba tan asustada? Tenía que llamarte, no podía seguir adelante yo sola. Me detuvo con un gesto.
—Lo sé. No necesitas explicarme nada más. Creo que esta noche tendremos más noticias. Ayer iban a hacerle la autópsia al cadáver de la pobre muchacha que salió en las noticias. Mi compañero me mandará un correo contándome las novedades.

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