13 de agosto de 2017

FUEGO PURIFICADOR 51


Al instante dejamos de hablar del tema y nos pusimos a preparar el desayuno. Esther y su marido llegaron a media mañana para llevarse a Martín, y Ricardo y yo fuimos presentados. Me pareció simpático y me alegré de que aquella mañana hubiese alguien más en la casa, quizá porque nuestro pequeño acercamiento estaba aún tan fresco que me daba algo de miedo quedarme a solas con Lucas. Cuando tomábamos café los cuatro, sentados en la cocina, le sorprendí varias veces mirándome, y cuando se dio cuenta, no apartó la vista como solía hacer, sino que mantuvo sus ojos fijos en los míos e incluso me sonrió levemente. Creo que a Esther nada de esto le pasaba desapercibido, pero se mantuvo al margen. Ya cuando era una adolescente era juiciosa y callada, y la mujer en que se había convertido seguía siéndolo.
—Nosotros teníamos pensado ir a comer fuera. ¿Nos acompañáis? -propuso Ricardo.
Yo no supe qué contestar, no quería aceptar por si a Lucas no le apetecía, pero fue él quien aceptó en nombre de los dos. En un momento en que nos quedamos solos Ricardo y yo en la entrada de la casa, esperando a los demás, me sorprendió con una conversación que no esperaba.
—Me alegro de que hayas vuelto a la vida de Lucas.
—No te entiendo-fue todo lo que se me ocurrió decirle.
El movió la mano como quitándole importancia a sus palabras.
—Marta, que lo sé todo. Lucas y yo somos amigos además de cuñados. Me ha contado parte de vuestra historia. Te ha echado mucho de menos todos estos años.
Hice un gesto de duda. Pero él siguió hablando, como tratando de convencerme.
—Debes creerme. Lucas en ningún momento te olvidó. Todavía te quiere.
—Permíteme que lo dude, Ricardo. En estos días que hemos pasado juntos lo único que hemos hecho ha sido pelearnos.
—Entonces, ¿cómo explicas que te haya traído a su casa?
—Eso es porque yo le he pedido ayuda.
No seguí hablando porque no pensaba explicarle una situación que a mí misma me parecía increíble. No sabía lo que Lucas les habría dicho a su hermana y a su cuñado, pero no sería yo quien les diese explicaciones.
—No me convences. Seguro que encontraría otra manera de ayudarte. Si te ha traído es porque te sigue queriendo y está intentando recuperarte.
Me alegré cuando regresaron con el niño y todos nos subimos al coche de Ricardo. La conversación estaba tomando un rumbo peligroso y fue un enorme alivio empezar a hablar de cosas sin importancia, como el frío invierno que nos esperaba o la próxima llegada de las Navidades. Martín había decidido pedirles a los Reyes Magos un gato como Sergei. Creo que a Esther no le hizo mucha gracia e intentó convencerle de que los Reyes más bien solían regalar a los niños juguetes, no mascotas. Me parece que no se quedó demasiado convencido, pero al menos se conformó algo cuando le dije que podría jugar con Sergei siempre que quisiese.
Cuando regresamos a casa ya se estaba haciendo de noche. Lo había pasado bien, tenía que reconocerlo. Algo tan simple como salir a comer con gente agradable, hablar en la sobremesa, reírme con las cosas de Martín, me hacía olvidar la sinrazón en la que se había convertido mi vida. Y, además, hacía ya mucho tiempo que no salía a divertirme. Jaime era demasiado callado y muy poco sociable, con lo cual nunca estaba dispuesto a salir, y menos con gente. Desde que me había casado poco a poco fui dejando de tener contacto con mis amigos de antaño. Tardé en darme cuente de que él se encargó, con paciencia, de ir alejándoles poco a poco. Usaba distintas tácticas, pero siempre conseguía lo que se había propuesto. En ocasiones se dedicaba a poner mala cara y despotricar, y como siempre he tenido tendencia a ceder para evitar las discusiones, era yo quien iba posponiendo las citas con aquella determinada persona que a Jaime no le agradaba. Cuando se trataba de alguien especialmente importante para mí, la táctica era más sutil y ladina; simplemente dejaba de darme los recados si llamaban cuando yo no estaba. Y mis amigos se sentían molestos de que nunca les devolviese las llamadas. Poco a poco todos se fueron apartando de mí, hasta que un buen día me di cuenta de que estaba completamente sola. La voz insistente de Lucas me devolvió a la realidad.
—Marta-me dijo por enésima vez, tirando de mi manga-. Vuelve. ¿Qué te pasa? Sacudí la cabeza con rabia, intentando alejar de mi mente los malos recuerdos y los pensamientos negativos.
—Perdona. Es que lo he pasado bien.

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