1 de septiembre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 59


Puede que lo más sencillo hubiese sido culparle a él de lo que pasó y decir que me sedujo y me hizo caer en el abismo del deseo y la locura de un momento. Pero entre mis muchos defectos no se encuentra el de la mentira. Yo no era una jovencita inocente a la que se pudiese seducir con una mirada o un beso. Sabía muy bien lo que hacía cuando le permití que me desnudase y cuando me dejé llevar por un sentimiento que había intentado esconder durante diez años, con escaso éxito. No había olvidado cómo era hacer el amor con Lucas; más bien me había dormido cada noche soñando con que de nuevo llegase ese momento. Creo que los dos nos sentimos como quien ha estado a dieta durante muchos meses y de repente le permiten que se coma un pastel de crema. El golpeteo de la lluvia contra los cristales y el ruido del viento meneando los árboles del bosque cercano sólo hacían que la sensación de placer de estar rodeada por sus brazos, bajo la seguridad de las amorosas mantas, fuese todavía más intensa.
—¿Por qué hemos desperdiciado tanto tiempo? -me preguntó, hundiéndome los dedos en el pelo.
Negué con la cabeza.
—No lo sé. Pero decía mi madre que nunca es tarde cuando la dicha es buena. Ahora podremos recuperar el tiempo perdido. Tenemos que prometernos mutuamente que nunca más nos dejaremos llevar por el orgullo.
A pesar de todo logramos dormir al menos un par de horas y a las ocho de la mañana del día siguiente estábamos en el laboratorio, donde Blanca nos había citado. Esperaba encontrarme una señora mayor e imponente y la mujer que me dio la mano era más bajita que yo, extremadamente delgada y llevaba unas gafas redondas de abuelita que se le resbalaban continuamente a lo largo de la nariz. Tenía una extraña voz aflautada que daba la sensación de estar hablando con una niña consentida. Pero me di cuenta de que era muy eficiente en lo suyo y sobre todo de que se tomaba las cosas de su trabajo muy en serio.
—Te he llamado-dijo dirigiéndose a Lucas- porque me he encontrado algo muy extraño en ese trozo de tela que me has traído. Está claro que es un pedazo de camisa de cuadros y un trozo de lana, probablemente formaba parte del codo de un jersey como cualquiera de los que podemos encontrar en una tienda de ropa. Nada de especial hay en los tejidos.
—¿Entonces? ¿Cuál es ese extraño misterio?
—Las manchas, como sospeché al principio, son de sangre. Tampoco ahí hay misterio.
Lucas empezaba a impacientarse y ella le hizo un gesto para que se calmase. Hundió las manos en los bolsillos de su bata blanca, se ajustó las resbaladizas gafas sobre el caballete de su nariz respingona y pareció elevarse, aún dentro de su pequeñez.
—Esas manchas de sangre tienen más de doscientos años de antigüedad. Los dos nos quedamos boquiabiertos, sin saber qué decir; aunque creo que Lucas era el más sorprendido. Yo soy escéptica por naturaleza en cuanto a ciertas cosas, pero él no cree más que aquello que ve y puede demostrar. Al fin y al cabo, el descubrimiento de Blanca sólo venía a corroborar lo que figuraba en el diario de Jaime. Ahora bien, ¿Cómo podía ser cierto que un fantasma de dos siglos atrás se hubiese materializado y mantuviese conversaciones con quien era todavía mi marido? Blanca esperaba una explicación que ninguno de los dos era capaz de darle. Nos miró de manera interrogante y fue Lucas quien reaccionó primero.
—No sé qué decirte, Blanca. No tengo una explicación para esto.
—¿Puedo saber dónde lo has recogido?
—En el sótano de la casa de Marta. Pero te aseguro que esa tela llevaba allí apenas unos meses. Por tanto, no puedo explicarme cómo las manchas de sangre tienen tantos años.
Ella no se quedó demasiado convencida. Era una mujer inteligente y creo que sospechaba que ambos sabíamos algo que no deseábamos contar; pero no insistió. Se limitó a pedirle a Lucas que la mantuviese informada de cualquier novedad en sus pesquisas. Cuando volvíamos a casa inicié tímidamente la conversación sobre el hallazgo; aunque sabía que Lucas nunca aceptaría como válida la interpretación que a mí se me estaba ocurriendo.
—De momento y a cada paso que damos queda validada la historia que Jaime cuenta en su diario. Creo que Alvar, no sé cómo, se hizo de nuevo presente.
Me miró de reojo sin dejar de prestar atención a la carretera llena de curvas que conducía a su casa. Redujo la velocidad antes de entrar en una de las pronunciadas.
—Cariño, siempre has tenido una imaginación calenturienta, y me imagino que gracias a eso te has ganado tan bien la vida con tus cuentos, pero esto en la cotidiana y aburrida realidad no vale.
—Pero entonces, ¿Qué explicación lógica puedes darle tú? -le insistí.
—No la tengo todavía-reconoció. Pero no dudes de que si la hay yo la encontraré. No puedo creer en fantasmas ni en ectoplasmas, lo siento. Más bien pienso que ese chalado que es todavía tu marido de alguna manera se enteró de la existencia de Alvar, que tampoco era un modelo de cordura, precisamente, y se inventó todas esas majaderías.
Me callé para no iniciar una discusión, pero estaba convencida de que había algo muy extraño en toda esa historia. Era una sensación que no podría explicar, pero en los últimos tiempos, cuando estaba sola en casa tenía la impresión de que alguien me vigilaba, que acechaba cada paso que daba y espiaba hasta mis más íntimos pensamientos. Y, curiosamente cuando llegué a la casa de Lucas ese sentimiento de vigilancia desapareció como por encanto. Me sentía más libre lejos de la atmósfera opresiva y oscura que se cernía sobre aquella casa que yo había reconstruido con tanto cariño para que me cobijase y me diese protección.


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