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FUEGO PURIFICADOR 61

—¿Y ahora qué pasa? ¿Qué he dicho esta vez?
Me giré hacia él y apreté los puños contra los muslos para no estamparlos en su cara.
—Pasa simplemente que decides por ti mismo, sin tenerme a mí en cuenta. Piensas que como nuestro primer hijo no llegó a nacer ahora es el momento de intentar tener otro. Y yo soy simplemente el receptáculo adecuado para tus estúpidos genes. Eres un cretino egoísta.
—Y tú una bruja deslenguada-rugió, mirándome desde su imponente altura con ojos enfurecidos. Yo también podría reprocharte que te dejases llevar por la lujuria y no te acordases de nada.
—¿Me estás llamando lujuriosa? ¿A mí? Si fuiste tú quien empezó-le acusé, amenazándole con el dedo. Tú me llevaste a la cama.
—Mentira. Tú fuiste la que entraste en mi habitación detrás de tu estúpido gato. Apostaría a que de alguna manera le obligaste a que se escondiera debajo de mi cama para tener una disculpa. Parece que ese gato y tú tenéis telepatía o un lenguaje propio.
—No necesito disculpas para acostarme con nadie, imbécil. ¿Quién te crees que eres? ¿Crees que no hay más hombres que tú en el mundo? Cerdo presumido, al final tendré que darte una medalla.
—Bueno, no diría tanto-adujo él, sonriendo con burla. Pero reconocerás que estuvo bien. Y si, supongo que hay más hombres. Pero ¿quieres tú meterte en la cama de esos otros hombres? Porque yo estoy seguro de que no quiero a otras mujeres en mi cama.
Si pensaba que con esa burda palabrería me iba a convencer de que hizo lo correcto estaba muy equivocado. Pero lo cierto es que no le rechacé cuando se acercó para abrazarme y llevarme de nuevo a esa cama sobre la que tantos desacuerdos teníamos.
Me desperté a medianoche y ya no pude volver a conciliar el sueño. Estaba preocupada porque Jaime no daba señales de vida. Me preguntaba si todavía continuaría en Portugal. Ahora que con Lucas todo había vuelto a la normalidad era cuando más miedo me daba que mi marido pudiese vengarse de nosotros. Porque, aunque era a mí a quien quería matar, estaba segura de que también deseaba hacerle daño a Lucas. Y la posibilidad de quedarme embarazada me aterrorizaba, sobre todo porque así acabaría también con la vida de mi hijo. Otra vez. Me apoyé en un codo y me incliné sobre Lucas. Dormía profundamente, con la respiración acompasada y una expresión relajada que le hacía parecer tan joven como cuando vivíamos juntos. Despacio me deshice de su abrazo y salí de la cama lo más suavemente que pude para no despertarle. Me envolví en su albornoz, que olía deliciosamente a él, y salí hacia el salón. Sergei se despertó también y me siguió con pasos sigilosos. Había tenido una lucha feroz para que el gato pudiese quedarse en nuestra habitación y al final a Lucas no le había quedado más remedio que ceder. Le amenacé con irme al otro cuarto y debió de pensar que la compañía de Sergei era un mal menor. Me arrellané en el sofá, cerca de la chimenea, donde todavía ardían brasas del fuego de anoche, y el gato se subió de un salto a mi regazo. Empecé a acariciarle, distraída, mientras leía el diario de Jaime.

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