7 de septiembre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 62


En una de mis conversaciones con Alvar, en el sótano, me convenció para que le hablase de Marta. A pesar de que no me gustaba hablar a nadie de los sentimientos que me unían a ella decidí que Alvar tenía derecho a saberlo. Al fin y al cabo, él también me había confiado una buena parte de la historia de su vida. Y por primera vez le hablé de cómo amé a Marta desde el momento en que la conocí, cuando yo tenía diez años y ella era una niña de apenas tres. Me gustaba cuando su madre me la confiaba mientras ella y la mía jugaban a las cartas o veían una novela en la televisión. Yo le enseñé a atarse los zapatos, a hablar bien y a contar. Y ella me quería mucho; no daba un paso sin que yo estuviese a su lado. Para mí nunca hubo nadie más; sólo Marta, Marta a todas horas; en mi mente, en mi alma, en cada poro de mi piel. Por eso padecí tanto cuando llegó a la adolescencia y conoció al desgraciado de Lucas de la Vega. Aunque me seguía buscando para que la ayudase con sus deberes o la acompañase a algún sitio, ya nada era igual, porque se pasaba el tiempo hablando del maldito Lucas. A mí me corroían los celos, sus palabras de amor hacía él me mordían las entrañas como si un buitre me las estuviese royendo. Cuando me enteré de que habían roto se hizo la luz en mi vida, aunque me disgustase tanto saber que estaba embarazada. Pensé que esa criatura maldita nunca debería llegar a nacer; porque si lo hacía me vería obligado a matarle. Un engendro de Lucas de la Vega nunca vería la luz mientras a mí me quedase un hálito de vida. Por eso cuando transforme a Marta, cuando la mate para que siempre podamos estar juntos, quiero que él lo presencie. Deseo con toda el alma que Lucas de la Vega vea, con los ojos bien abiertos, como le clavo el puñal en el pecho a su amante y luego con mis propias manos le arranco ese corazón que nunca supo quererme como yo me merecía. Quiero que él lo vea todo; quiero presenciar su horror, su impotencia, oír sus lamentos, sus gritos de agonía mientras su amada me pide de rodillas que le perdone la vida. No lo haré, seguiré hasta el final, para que abandone su envoltura mortal y pueda reunirse conmigo para siempre. Y luego, cuando Marta ya no exista, me ocuparé de él. Y juro por todos los demonios del Infierno que me tomaré mi tiempo. Le haré maldecir el día en que nació, y me pedirá de rodillas que acabe con su vida para poner fin a su sufrimiento. Para ello cuento con una preciosa colección de bien afilados cuchillos y de varios escalpelos de cirujano. He adquirido mucha práctica en los últimos tiempos. Creo que seré capaz de prolongar su suplicio durante cuatro o cinco días antes de que se muera. Juego con la ventaja de que es joven y fuerte. Estoy deseando que llegue la hora.

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