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FUEGO PURIFICADOR 64


Cuando estábamos comiendo le llamaron a su móvil y apenas habló. Se limitaba a asentir o contestar con monosílabos, pero iba notando como su rostro se tensaba por momentos. Instintivamente dejé de comer y presté atención a la conversación. No me valió de mucho porque Lucas apenas pronunció palabra. Al colgar tenía la mandíbula tensa, como siempre que estaba concentrado en algún problema. No le hice ninguna pregunta. Los años pasados a su lado me habían proporcionado paciencia y sabía que era inútil apresurarle con preguntas cuando estaba inmerso en algo importante. Él sería quien me informase cuando tuviese todo claro y ordenado en su mente. Por eso intenté tranquilizarme y me levanté para traer el postre y preparar el café. Esos momentos a solas en la cocina hicieron que mi corazón dejase de galopar como un caballo salvaje y desenfrenado. Esperé a que mis manos dejasen de temblar y llevé la bandeja al comedor. Estaba segura de que le habían dado alguna mala noticia relacionada con Jaime. Sólo cuando hube servido el café pareció dispuesto a hablar.
—Me han llamado de una comisaría de Oporto-me dijo con la cara muy seria.
—Ha vuelto a matar.
No le estaba preguntando, más bien afirmaba un hecho; y él asintió, en silencio, con el ceño fruncido y los ojos entornados, como preparándose para la batalla. —Todavía no podemos estar seguros al cien por cien, pero ese asesinato lleva su marca; es su mismo modus operandi. Están analizando los restos que han encontrado y cuando tengan algo más claro volverán a llamarme.
—¿A quién ha matado esta vez? -le pregunté con voz ronca por la pena. Me sentía culpable de la muerte de todas aquellas pobres chicas inocentes, cuyo único pecado era parecerse ligeramente a mí.
Sacudió la cabeza en sentido negativo.
—Todavía no la han identificado, pero como en todos los otros casos se trata de una chica joven.
—Y parecida a mí.
—Sí. Por lo que me han explicado, así es. Como en todos los demás casos. Pero en este creo que hemos tenido suerte.
—¿Por qué? -le pregunté, rodeando la taza con las manos para entrar en calor. El comedor estaba caldeado, pero el miedo me hacía tiritar. Lucas se levantó y me abrazó para detener mis temblores. Me frotó la espalda con una mano mientras con la otra me acariciaba la nuca. Poco a poco me fui calmando.
—Esta vez ha sido descuidado. Se le ha caído una tarjeta de un hotel en Guimaraes. Los portugueses ya han pedido una foto de Jaime para mostrarla en el hotel. Si nos confirman que ha estado allí en fechas reciente creo que sin problemas podemos lograr que un juez permita que cotejemos el ADN.
No entendía mucho de procedimientos policiales ni de cuestiones legales, pero me imaginé que eso sólo sería posible si en el último cadáver se encontraban pruebas. Lucas me lo confirmó.
—Pero puede que hasta en eso tengamos suerte. Habrá que esperar a que hagan las pruebas en el laboratorio, pero debajo de las uñas de la muchacha parece que han encontrado restos. Ojalá sean de su piel.
Seguía teniendo miedo. Doy mucha importancia a los presentimientos y ahora todo me decía que Jaime estaba dispuesto a venir a buscarme. Puede que pensase que ya había ensayado bastante y estaba preparado para el acto final de su tragedia. Una tragedia en la que no era yo la única protagonista. También Lucas estaba en peligro. No había hablado con él del tema, pero llevaba todo el día pensando que quizá lo ideal sería que me marchase lejos de él para no ponerle en peligro. Cuando por fin me decidí a decirle lo que pensaba se puso hecho una furia.
—Estás loca. Ahora que se acerca el momento no pienso permitir que te marches de aquí. Mientras estés conmigo puedo protegerte. Y si lo que te preocupa es mi seguridad, no creo que dependa de que nos encuentre juntos o no. Si ha decido matarme, lo intentará de todas maneras. Vamos a intentar hacer una vida normal, aunque eso no quiere decir que no estemos con los cinco sentidos alerta.






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