15 de octubre de 2017

FUEGO PURIFICADOR 66



Justo cuando estaba colgando llegó Lucas del jardín.
—Vaya, que bien huele, ¿es tarta de manzana?
—Sí, pero no te entusiasmes; no la catarás, al menos no de momento. En cuanto salga del horno la meteré en un bonito paquete y se la llevaré al prior del convento de San Francisco. Espero que me acompañes.
—¿Qué mosca te ha picado? ¿El miedo te hace volverte hacia la Iglesia? No te recuerdo demasiado religiosa.
Le expliqué lo que había recordado, y aunque no estaba convencido de que algo del pasado nos pudiese ayudar, accedió a ir conmigo.
—¿Cómo me presentarás al fraile? Si le dices que estás casada y que soy tu amante no creo que se muestre muy considerado. Más bien te echará del convento con cajas destempladas, por pecadora y perdularia.
—¡Idiota! -le dije con toda el alma puesta en el insulto-. No siento que esté haciendo nada malo acostándome contigo, pero si tú piensas que sí, se acabó. Me levantó en brazos y me tiró sin contemplaciones al sofá; y al parecer los remordimientos no le impidieron echarse a mi lado.
—Yo soy una mala persona sin conciencia y por tanto no me siento mal por acostarme contigo. Es más, considero que tengo pleno derecho y que me debes diez años de abstinencia, por lo cual te queda mucho por pagarme.
—¿Abstinencia? -me burlé, empujándole para apartarlo-. A otra con esos cuentos.
De repente se puso serio y volviendo a echarse a mi lado, me atrajo hacia él.
—Abstinencia de amor. Eso es lo que he querido decir. No tiene nada que ver con el sexo. No pretendo hacerte creer que me he pasado diez años de castidad. Pero sí que han sido diez años sin amor. Nunca ha dormido en mi cama una mujer durante una noche entera. Es como cuando necesitas comer y no te fijas en lo que comes; lo haces para no morirte de hambre, pero no quiere decir que disfrutes de la comida.
Le creí; le conocía bastante para saber que no estaba inventándose nada, que eso era precisamente lo que sentía. No dejó de mirarme fijamente cuando me levantó de nuevo en brazos y nos fuimos a la cama para pecar un poco más antes de enfrentarnos a la santidad del convento y de su prior.
—Lucas-le dije, dándole una ligera patada para que me liberase las piernas, entrelazadas con las suyas-. Tenemos que irnos. En el convento cenan temprano.
—Mmmm-murmuró, sin abrir los ojos-. Eres agotadora. ¿Tú crees que yo tengo ahora el cuerpo para conventos? Además, ese fraile sabrá que pecaste con sólo mirarte y no querrá atenderte.
—Venga, déjate de bobadas-le sacudí ya sin miramientos-. ¡Vamos!
Tras algo más de insistencia por mi parte al fin conseguí que se levantase de la cama y exactamente a las ocho menos cinco estábamos aparcando el coche en la explanada ante el convento. Era un edificio con mucho encanto, con enormes pilastras que enmarcaban la entrada, rematada en un capitel triangular. Hacía tanto viento que tuve que apoyarme en Lucas para no caerme al suelo. Los árboles del bosque que se extendía por detrás del convento mecían sus ramas en una especie de baile desacompasado. Tocamos al timbre y después de casi cinco minutos de espera oímos arrastrar unos pasos en el interior. La puerta se abrió y asomó una cabeza coronada por una rala pelusa blanquecina. El propietario nos miró entornando unos ojos claros y algo nublados por unas incipientes cataratas. Pero se quedó callado, examinándonos con cara de pocos amigos. Lucas se hizo cargo de la situación y le anunció que el prior nos había citado a las ocho. Pero él siguió mirándonos como si estuviésemos profanando la paz de un lugar sagrado

2 comentarios:

  1. cada capítulo se pone más interesante!! y como sabes mantener la intriga!!

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  2. Muchas gracias Inma. La verdad es que no tengo demasiada práctica en eso. Besos.

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