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FUEGO PURIFICADOR 68


—¿Qué haremos en Navidad?
—¿Te importa que venga mi hermana, con Ricardo y el niño?
—Claro que no. ¿Por qué iba a importarme?
—La última vez parece que no os despedisteis muy amigablemente-me recordó. Tenía razón. Aquel domingo que estuve en casa de Esther me sentí molesta con ella porque entendí que se estaba adentrando en un territorio que no le pertenecía. Pero luego, pensándolo mejor, llegué a la conclusión de que no era nada personal en mi contra, que tan solo estaba protegiendo a su hermano. Se lo expliqué a Lucas y él pareció quedarse más tranquilo. Ahora era yo quien no tenía prisa por entrar en casa; dentro de la manta estaba calentita y cómoda, pero Lucas se estaba quedando helado. Nos metimos dentro y preparé chocolate caliente. La cálida escena familiar tomando un chocolate en la cocina en vísperas de Navidad era engañosa, y yo era consciente de ello. Nuestra situación, la de los, era precaria hasta saber qué era realmente lo que Jaime se proponía. Aunque yo no tenía muchas dudas al respecto. Y había más cosas que me preocupaban. Mi corazón había estado cerrado al amor durante mucho tiempo; y aunque la situación actual me hacía muy feliz, también me daba miedo. ¿Cuánto duraría? ¿Podría confiar en Lucas? Le miré sin disimulo y él me sostuvo la mirada. Había cambiado no sólo en lo físico sino también en la forma de enfrentar la vida. Quizá yo tampoco fuera la misma. Y me preguntaba si eso era bueno.
—Lucas-le llamé.
—Sí.
—No me dejes de nuevo. Y si tienes que hacerlo, hazlo ya. No me hagas daño. Se levantó y tomándome en brazos me sentó en el murete que separaba la zona de comedor de la cocina. Se acomodó entre mis piernas, me cogió de las manos y me miró fijamente.
—Me ofendes diciendo eso. Yo no te dejé, creo que ya hablamos sobre eso y estábamos de acuerdo que todo fue fruto de un error y del orgullo de los dos. Pero nunca dejé de quererte. ¿Cómo puedo convencerte?
—No quiero que me convenzas. Quiero simplemente dejar de dudar.
—Pero yo no puedo hacer nada, Marta. De ti debe partir la confianza. Solo puedo decirte que no eres la única que ha sufrido durante nuestra separación. ¿Por qué crees que no me he casado?
—No lo sé.
—Porque seguía amándote a ti, porque cada mujer que conocía, cada chica con la que simplemente salía a cenar, terminaba por pasar un examen de comparación contigo. Y no era justo para nadie. Por eso desistí de formar una familia y me refugié en el trabajo, y en las pocas personas que me quedaban. Acaricié su cara tocando cicatrices que antes no estaban; una pequeña encima de la ceja derecha; otra en la nariz…Le quería tanto que me dolía por dentro, pero me daba miedo decírselo; como si al hacerlo se rompiese alguna especie de conjuro mágico y todo se rompiese. Fue él quien pronunció las palabras.
—Te amo, Marta. Como antes, como aquella primera vez que nos vimos cuando tú apenas tenías quince años, y te seguiré amando cuando tengas ochenta o cien.
—Eso, si Jaime no se interpone.
—No te hará daño. No mientras yo viva.
Y lo dijo con tanta firmeza que me convenció. Me así a Lucas y me bajó de donde estaba sentada, pero seguimos abrazados hasta que el sonido del móvil nos hizo separarnos con rapidez, como si estuviésemos haciendo algo prohibido. Le dejé hablando mientras yo preparaba el desayuno. Tendríamos que salir a comprar las cosas más necesarias para la cena de Navidad. Porque a pesar de todo, la vida continuaba su curso y había que celebrar la Navidad, la primera que pasábamos juntos, aunque esperaba que fuese tan solo la primera de muchas.
—Me han llamado de Portugal-me informó cuando se sentó a la mesa para desayunar-. Me quedé sosteniendo la cafetera, pero sin verter el café en las tazas, esperando.
—El juez ha firmado la orden para que se coteje el ADN y también ha pedido su detención, pero los portugueses piensan que Jaime ya ha cruzado la frontera y puede ser que en este momento ya ande rondando por aquí. He puesto a dos policías vigilando discretamente la casa y el pueblo. Nos avisarán si llega.
Se me hizo un nudo en el estómago sólo de imaginarle cerca. ¿Cuánto tiempo más se creería lo de mi tía? Nunca me había ido a ningún sitio en Navidad.
—No cojas tu móvil para nada, absolutamente para nada. Puede que te llame desde otro teléfono que no esté identificado.
Me estaba mareando y tuve que agarrarme a la silla para no caer redonda al suelo. No había comido nada desde la cena; pero mi estómago era una noria que giraba sin cesar. Sentí como Lucas me sostenía antes de desmayarme. Cuando desperté estaba tumbada en el sofá y Lucas se sentaba en el suelo, sosteniendo mi mano.
—¿Estás mejor? Te pusiste blanca como la cera y si no te sostengo te hubieses caído.
—Estoy bien. Lo siento. Supongo que fue el susto de saber que Jaime puede estar cerca.
—¿Estás segura de que solo fue eso? -me preguntó, colocándome bien el pelo. —Sí, claro. ¿Qué, sino?
Se encogió de hombros. Pero le insistí, no sabía qué estaba maquinando. Parecía decepcionado.
—Nada, pensé que tal vez podríamos haber tenido suerte.
—¿Quieres hablar claro de una vez, Lucas? No tengo el ánimo para adivinanzas. —Pensé-repitió-que tal vez pudieras estar embarazada.
Le di un golpe con uno de los almohadones en que me recostaba. Este hombre era un chalado o un completo inconsciente.
—¿Y te alegrarías, idiota? Justo lo que nos faltaba en este momento en que tenemos la espada de Damocles encima de nuestras cabezas. Meter en todo este embrollo a un pobrecito inocente.

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