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FUGO PURIFICADOR 72


Se quedó pensativo un rato para después anunciar que el bebé era igual que la sorpresa que venía dentro de los huevos de chocolate. Me hizo gracia la simplicidad de su razonamiento; pero en cierta forma tenía razón. La llegada de un niño siempre implica un cierto grado de sorpresa, de sentimiento de alegría, de regalo esperado. Para que no se aburriese le propuse que cantásemos alguna canción o que contásemos cuentos. Y así pasamos la primera media hora en total calma, con el niño apoyado contra mi pecho y dormitando a ratos. Hacía mucho frío, pero la manta nos ayudaba a no perder el calor. Yo también me iba adormilando, con la barbilla apoyada en la cabeza de Martín, cuando abrí los ojos, asustada, al sentir como alguien abría de golpe la puerta del coche. Al principio pensé que sería Lucas, ya de vuelta, pero me extrañaba que fuese tan brusco.
Me sentí morir cuando apareció delante de mí la cara de Jaime totalmente desencajada y con los ojos inyectados en sangre. No me dio tiempo ni siquiera a gritar porque tiró de mí con violencia y me arrastró hasta fuera del coche, con Martín llorando y gritando, agarrado a mi abrigo.
—¿Quién es este crío inmundo tan parecido a tu amante?
—Jaime, por favor, llévame a donde quieras, pero deja en paz al niño. Es una criatura, un pobre niño inocente que no te ha hecho ningún mal.
Pero ni siquiera me contestó, sino que se colocó al pequeño debajo del brazo como si fuese un fardo inerte y con la otra mano me agarró violentamente del pelo, arrastrándome hasta su coche. No me quedó más remedio que caminar. Sentía que la cabeza estaba a punto de estallarme de dolor y le seguí como pude. Soltó a Martín un momento para abrir el coche, con la recomendación de que no escapase si no quería llevar la mayor paliza de su vida. El pobre niño había dejado de llorar, aunque en sus mejillas quedaban restos de lágrimas secas, que él se esforzaba en limpiar. Se asió a mi abrigo con temor y con la mirada intenté tranquilizarle. En el momento en que Jaime se giró para abrir la puerta del coche Sergei, al que no prestaba atención, se izó ligeramente sobre sus patas traseras y de un fuerte salto se colocó sobre el pecho de Jaime, asiéndose a su abrigo con las zarpas amenazantes, como si en lugar de un inofensivo gatito persa fuese un tigre de Bengala. Mi marido se quedó tan sorprendido del ataque que no atinó, al principio, a defenderse; y esto le dio a Sergei un tiempo precioso para arañarle justo en la cara. Sus ojos quedaron completamente cegados por la sangre, pero ni aun así me soltó. Sin embargo, aunque yo tuviese que quedarme con él, esta era la oportunidad del pequeño.
—Corre, Martín, corre con Sergei. Escóndete. Vamos-le apremié, al ver que se quedaba parado.
Pero tras un segundo de duda los dos echaron a correr; el niño con toda la velocidad que le permitían sus pequeñas piernas. Di un suspiro de alivio cuando Jaime me agarró y de un tremendo empellón me metió en el coche, arrancando el motor sin contemplaciones. Al menos el niño estaba a salvo. Mi vida y la de mi hijo, las consideraba perdidas.



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