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LOS LUNES




Desde hacía dos años se encontraban en aquella terraza, al final de una calle estrecha con edificios antiguos a ambos lados, cada lunes a las nueve de la noche, fuese invierno o verano. No habían faltado ni un solo día.
Ella siempre llegaba vestida de oscuro; bien como una monja, con faldas largas y camisas holgadas, o como un soldado; con pantalones militares y un chaquetón oscuro si era invierno. Ni siquiera esos ropajes o su pelo cortado casi al cero le restaban un ápice de femineidad, más bien al contrario. Se desprendía de ella una sensualidad tan intrínsecamente unida a su piel y a sus miembros delgados y elegantes, que era imposible esconderla, aunque era evidente que así lo pretendía.
Él se sentaba poniendo cuidado en colocar la muleta en un lugar en donde no estorbase a nadie. Conservaba su anquilosada pierna izquierda, aunque no le sirviese de mucho. Era alto y desmadejado; y su único ojo, de un color azul tan oscuro que a veces, a la luz de las farolas de la calle parecía negro. La otra cuenca vacía iba siempre tapada; aunque variaba el color del parche; pudiendo ser negro, azul aciano o gris.
Nunca se habían preguntado mucho más allá de sus nombres: Marcel, Milena. Ella sospechaba que él pintaba. A menudo había visto sus largos dedos manchados, además de nicotina, de pintura. Y olía levemente a disolvente y a productos químicos. Hasta en el pelo, de un color tan rojo que parecía iluminar, como un faro, la noche, llevaba a veces pintura. También en la barba.
Tomaban siempre lo mismo, vodka con tónica. Y se intercambiaban un poema, sin leerlo antes. Ella lo dejaba caer con cuidado al fondo de su bolso, negro y desflecado; y él lo guardaba en el bolsillo de su chaquetón de marino.
Ella nunca le había contado que el lunes era el único día que no trabajaba como bailarina de streptease en un club de carretera. Y él tampoco le había dicho que, aún a pesar de que le atraía como si su piel estuviese imantada, nunca le pediría tener mayor intimidad porque, desde el atentado, temía mostrar a las mujeres su cuerpo lleno de cicatrices. Solo daba salida a sus necesidades con la visita ocasional a algún club de alterne. Sí pagaba no tenía por qué explicar.
No podían adivinar que podía ser que se encontrasen otro día, que no fuese lunes, y en otras circunstancias, alejados de aquella terraza que durante breves momentos, ante una copa y un poema, era su hogar.

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ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

PIEZAS ROTAS

Como las piezas rotas de
un juguete desechado,
como las alas arrancadas
de un pájaro enjaulado,
como trozos de hueso
que estaban desencajados,
así, amor,tú yo
nos hemos juntado.

Y de dos realidades
dolidas y amargas
poco a poco y
en silencio,
mezclando risas y lágrimas,
estamos creando un
muevo mundo,
un lugar en donde
ocupe el sitio
principal la Esperanza.

Y a veces daremos pasos
de ciego,
caminaremos en falso,
nos dolerá la espalda
de cargar con un
equipaje que no es
nuestro, que alguien
nos ha ido prestando,
casi de soslayo
y sin dar la cara.

Pero si tus manos me sujetan,
podré, amor, subir la montaña,
llegar sonriente a la meta
y vaciar mi mirada en la tuya,
mientras mis dedos recorren
tu cara.

Y tu risa será mi trofeo,
tus abrazos los que apaguen la
sed de mi garganta,
tu pecho mi refugio,
y tus ojos mi mar
por fin en calma.

UN MAÑANA

Han huido en silencio
las palabras.

Se ha secado de repente
mi garganta,
todo me huye, como si
con mis manos hubiese
levantado un puente
de plata que me abre
otro camino, que de todo
lo viejo me separa.

Un camino que me aleja
poco a poco de un dolor
inútil del que ya
no va quedando
más que un rescoldo,
ese que nunca se apaga.

No sé qué decir,
mejor será no
decir nada.

Se ha congelado mi
voz, solo puedo
quemar antiguas esperanzas
y tejer un nuevo
manto que abrigue
mi Mañana.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


POESÍA

Miro la vena azul
de mi muñeca,
azul de cielo, de vida.
de sangre roja que
se hace azul mediante
no sé qué maravilla.

Me toco la garganta,
me late a rienda suelta
la vida.

El sol me acaricia
la cara, una nube de algodón
hace que sonría.

Me traspasa la piel
el aullido del lobo,
poco a poco se me
abre una herida
que no duele,
una herida que
te ata a mi nombre,
que me acaricia.

Y mis dedos se deslizan
en este papel, quizá
solo buscan
una salida.
o tal vez, por
breves horas,
ha regresado
la Poesía.