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UNA CÁRCEL SIN BARROTES 7


OTRO CAFÉ

Como siempre solía hacer desde que eran niñas Amelia tomó las riendas de la situación y tomándola por un brazo levantó a su hermana y la condujo de vuelta a la casa. Ella, agotada por el desbordamiento emocional que había tenido, se dejó llevar con la misma docilidad de una niña pequeña. Y eso parecía cuando se sentó a la mesa de la cocina, esperando mansamente como lo hace el perro maltratado por su amo.
—Bebe-ordenó Amelia colocándole delante una taza de café negro. Buena falta te hace para espabilar la cogorza que llevas encima. ¡Menuda vergüenza, borracha apenas han enterrado a tu marido!
—Amelia-la llamó con voz lastimera, con los ojos entrecerrados.
—¿Qué es lo que quieres ahora?
—Vete a la mierda.
Y se quedó algo más relajada después de insultarla, del mismo modo que Amelia no acertó a contestar nada. Solo sacudió la cabeza y miró hacia el techo, probablemente invocando a la Providencia Divina, a la vez que la obligaba a beberse de un trago ese café retinto y amargo.
Media hora después Elena estaba en condiciones casi humanas.
—¿Puedo pedirte un favor? -imploró con voz suave.
—Se acabó el beber. No vas a solucionar nada emborrachándote. Enfréntate a la vida de una buena vez.
—Solo quería decirte que no me dejes sola esta noche. Vamos a sentarnos un rato en el sofá y luego nos iremos a la cama. Pero tienes que prometerme que dormirás conmigo, como cuando éramos pequeñas y yo tenía pesadillas. ¿Te acuerdas que iba corriendo a meterme en tu cama y tú me tapabas bien y me abrazabas?
Amelia no era tan dura como quería dar a entender y ese recuerdo que ella también conservaba muy fresco en la memoria la enterneció.
—Está bien, vamos al sofá-le contestó con voz regañona; pero Elena se dio cuenta de que al fin y al cabo ella también era humana y había tocado su fibra sensible.
Aunque Amelia no terminase de creer del todo que era su hermana quien escribía los libros, la curiosidad le podía más que la incredulidad, y tenía que preguntar.
—¿Por qué escribías tú los libros? Enrique era un hombre brillante en lo suyo, lo dice todo el mundo.
Elena se miró las rodillas puntiagudas que parecían querer perforar la leve tela del pijama. Estaba tan delgada que cuando se acostaba a veces sus propios huesos le hacían daño.
—Luego, antes de acostarme, quiero que me cortes el pelo. No me iré a la cama sin que lo hayas hecho.
Y sonó como una especie de amenaza. De repente le parecía que lo más importante del mundo era librarse de aquella media melena negra que colgaba a ambos lados de la cara como las orejas de un perro apaleado.
—No digas tonterías, no soy peluquera. Si quieres cortarlo, pide cita en la peluquería, como la gente normal.
—Si sabes. ¿Recuerdas aquella vez, yo debía de tener unos cinco años, que llegué a casa plagada de piojos y entre Mamá y tú me rapasteis? Es cierto que me quedé con pinta de refugiada de guerra, pero quiero que ahora vuelvas a hacerlo.
Amelia suspiró con desánimo y asintió. Cualquier cosa con tal de que hablase. Quería suponer que dentro de un rato ya habría olvidado esa nueva locura.
—Tienes razón-dijo con voz perfectamente serena y bien modulada-Enrique era brillante en lo suyo, uno de los mejores, y yo no soy brillante apenas en nada. Sólo tengo algo bueno, y es que sé contar cosas. Se me da muy bien sentarme delante del ordenador y mover los dedos por las teclas hasta que me duelen, contando historias. Enrique tenía pánico al folio en blanco. Un pánico que le hacía ir a esconderse al desván, a oscuras, y quedarse allí agachado y medio enroscado sobre sí mismo durante horas. No importa que lo supiese todo acerca de la Edad Media y sobre reyes, reinas, y guerras. Cuando se trataba de pergeñar una historia era totalmente incapaz. Y entonces, como siempre que necesitaba algo, recurría a mí. Supongo que como casi todas las personas crueles, en el fondo era un hombre cobarde. En lugar de decir que no a la editorial, me pidió a mí que escribiese algo. No era la primera vez. ¿Te acuerdas de aquel pequeño libro de texto? Fue lo primero que escribí para él. En ese momento estaba muy ocupado con sus clases y seminarios y me dio una serie de pautas y bibliografía para que yo hiciese el trabajo. No había nada de creatividad en eso, y creo que no fue consciente de no escribía mal del todo hasta que el libro fue bien aceptado e incluso a veces elogiado. Supongo que eso hizo que pensase que yo era la solución a esa incapacidad que tenía, aun con su mente brillante, de escribir.
Amelia no terminaba de creer del todo la explicación, en el fondo porque le parecía imposible que su torpe hermanita, la que siempre metía la pata y era tímida como un ratoncito de campo, fuese capaz de escribir aquellas novelas históricas, potentes y rotundas, en las que se empleaba a fondo tanto en los encuentros amorosos como en las descripciones de batallas y hasta de torturas. ¿Podía una personilla tan insignificante escribir aquellas cosas? Puede que sí. Matías decía siempre que la mente humana es la máquina más perfecta que existe, y a la vez la más incongruente.
Elena sabía muy bien lo que pasaba por la cabeza de su hermana. Lo entendía. Hasta ella misma dudaba a veces de su capacidad, y solo se sentía fuerte cuando se sentaba delante del teclado y sus dedos empezaban a volar a toda velocidad. Era como si tuviese a alguien detrás que le susurrase al oído las palabras y las frases que debía escribir y sus dedos fuesen operarios bien dispuestos que cumplían órdenes. Los personajes de sus novelas, fuertes y llenos de vida, poco tenían que ver con ella, a quien todo le daba miedo; desde sacar el coche del garaje hasta conducir por una ruta desconocida o protestar ante el carnicero porque le había dado un filete lleno de nervios. Prefería tirarlo a la basura e ir a otra carnicería a comprar otro. Pero escribir la hacía fuerte y fue precisamente eso lo que le salvó la vida muchas veces.
—¿Y qué harás ahora que ya no está Enrique para firmar lo que tú escribes?





Comentarios

  1. supongo que, para cambiar las apariencias cultivadas durante años, sólo se puede dar un golpe de efecto

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