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UNA CÁRCEL SIN BARROTES 8


EN LA CAMA

La pregunta la dejó en suspenso. Cierto... ¿Qué haría? Necesitaba escribir como otros necesitan respirar; pero Enrique ya no estaba. Quizá podría sacar todavía un libro más, el que tenía casi terminado, diciendo que era su obra póstuma, pero a partir de ahí solo tenía dos opciones: dejar de escribir o firmar con su propio nombre. O tal vez...se le estaba ocurriendo una idea.
—¿Qué te parece si preparo leche con cacao y nos vamos a la cama? Hay muchas cosas que quiero contarte. Pero antes quiero que me cortes el pelo. Ven, acompáñame al baño-la guio de la mano.
Amelia se dejó llevar a regañadientes. Una vez allí le mandó que se mojase la cabeza.
—Es más fácil trabajar con el pelo mojado, aunque no te garantizo nada. No soy peluquera.
Trabajó rápido con el peine y las tijeras, casi como una profesional, y luego usó el secador unos minutos, los suficientes para llevarse la humedad y dejarle el cabello casi seco. El resultado era bastante bueno, y hasta ella reconoció que Elena estaba mejor. Le sentaba bien el pelo corto, hacía su cara algo más llena y vital.
—Preparara la leche mientras yo recojo esto-le ordenó, empezando a barrer el pelo que alfombraba las losetas blancas del baño.
Diez minutos más tarde estaban las dos en la ancha cama de Elena, tapadas con un edredón floreado y con sendos vasos de leche, como dos niñas antes de dormirse.
—Creo que ese café horrible que me has obligado a tomar me ha despertado las ideas. Ya sé lo que haré para seguir publicando. Voy a hacerlo con un seudónimo, mucha gente lo hace y lo ha hecho en el pasado. ¿Por qué yo no?
Amelia se encogió de hombros.
—Pues sí, ¿Por qué tú no?
—¿No tienes curiosidad por saber qué nombre me pondré?
—No mucha, la verdad, porque esta historia me sigue pareciendo rarísima. Pero supongo que me lo vas a decir, quiera yo o no. Así que suelta...te escucho.
—Voy a firmar como Jimena del Valle. ¿Te gusta?
—No está mal. Es un nombre bastante sonoro. Pero, ¿has pensado que no te resultará fácil publicar? Las editoriales no les publican a autores desconocidos.
—Yo no soy desconocida. He escrito muchos libros que se han vendido como rosquillas.
—Los ha escrito tu marido, a todos los efectos. Tú no eres nadie.
Elena se envalentonó, quizá por esta última frase en la que quizá latía algo de desprecio mezclado con envidia, y probablemente era una cosa que nacía del subconsciente de Amelia. Ella nunca se hubiera permitido sentir envidia hacia su hermana pequeña, por un instinto de protección; pero también porque nunca habría considerado que ella, la mayor, la más lista y la más guapa pudiese sentir envidia de la pobre Elena.
—Hablaré con Antonio Medina, el editor de Enrique. Su esposa y él han cenado aquí en casa muchas veces. Iré a verles a su casa, y delante de Sonia, su mujer, que es muy buena persona, les contaré la verdad. Me creerán porque voy a dejarle allí el manuscrito que estaba escribiendo cuando Enrique murió, y en menos de un mes se lo llevaré terminado. Escribiré día y noche si es necesario.
Tanta resolución en alguien a quien incluso le costaba decidir el color de las bragas que se pondría le resultaba muy incongruente a Amelia, pero no dijo nada. A ver cuánto le duraba esta nueva personalidad arrolladora.
—¿Y por qué Jimena del Valle? ¿Hay algún motivo para ese nombre?
Elena posó su vaso en la mesita de noche y no dio importancia al cerco que dejaba en la madera. Si Enrique estuviese vivo probablemente eso hubiese sido causa de una enorme bronca que terminaría con una sonora bofetada y varios insultos. Pero ya no estaba, y el cerco lo quitaría mañana. Si no salía...le daba igual. Pensaba cambiar los muebles de toda la casa.
—Sí, para todo hay un porqué. Cuando estaba embarazada del bebé que perdí en el accidente siempre pensé que sería una niña. No sé por qué, pero tenía la plena seguridad de que estaba esperando una niña. Y pensaba llamarla Jimena. Me ha gustado ese nombre desde que era pequeña y jugaba con muñecas.
—¿Y si fuese niño Rodrigo? -bromeó Amelia.
—No, no tiene nada que ver con el Cid. Y no había pensado en nombres de niños.
—¿Y el apellido? ¿Del Valle? ¿No es algo pomposo?
Elena repasó con el dedo índice los bordados del embozo de la sábana. Intrincados dibujos vegetales, con hojas que se entrelazaban una y otra vez. Como sus pensamientos en las largas noches de insomnio. Pensar que habían pasado tantos años y todavía le resultaba difícil acordarse de esa etapa de su vida; la única feliz que recordaba después de la infancia, pero que lamentablemente había durado tan poco como el buen tiempo en el más crudo invierno.
—No sé, puede que sea pomposo, nunca me he parado a pensarlo, la verdad. En todo caso, es el apellido del padre de esa hija, porque sé que era una niña, que no llegó a nacer.
La declaración cayó como una bomba en medio de la habitación. Eran más de las seis de la mañana y a través del visillo y de la persiana a medio echar se entreveía la primera claridad del día. En ese breve instante en que se confunden todavía día y noche, cuando se inicia el alba, es cuando los seres humanos se muestran más frágiles, y también cuando se producen más muertes en esas lentas agonías del enfermo que se prepara para emprender el último viaje. Probablemente en otro momento Elena no se habría atrevido a contar lo que había sido su mayor secreto, y también el más hermoso. No lloró al recordarlo. ¿Para qué? Había llorado ya tanto que el caudal de sus lágrimas estaba casi seco en cuanto a ese suceso. Y, por otra parte, las lágrimas más amargas las había vertido hacia dentro. Esas siempre son las que más duelen y las que más queman.
—Su nombre era Andrés. Andrés del Valle. El hombre a quien más he amado. El padre de esa niña que se quedó por el camino.
Amelia se aferró al vaso de leche que todavía tenía entre las manos.
—¿Me estás diciendo que le fuiste infiel a tu marido y que el hijo que esperabas no era suyo?
—Hija, era una hija. Sí, es lo que te estoy diciendo.



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ESPERA

Hemos regresado, amor,
de muchas vidas pasadas,
de amaneceres ocultos
entre brumas que le
daban a la felicidad
la espalda;
de miedos robados al
tiempo, de deseos silentes
que no pronunciábamos en
voz alta.

Y ahora, de la mano,
destejemos embrollos
que a veces nos velan
la mirada,
limpiamos de guijarros
el camino, abrimos
veredas donde antes
solo había zarzas
y montes de espinos
que en las plantas
de los pies
se nos clavaban.

¡Y es tan largo el
camino, amor, que
algunas noches yo
llego a la cama cansada!
Y ansío tus brazos
que me arrullen sin
palabras, quiero
tus dedos recorriendo
mi espalda,
trazando surcos
en mi carne,
abriendo una veta
en mi vientre
como lo hace la azada
en la tierra, en la
hierba la guadaña.

Solo dime que tras
el invierno llegará
la primavera, verde
y blanca, preñada
de flores hermosas,
cargada de nubes
que no huelan a
amenaza.

PIEZAS ROTAS

Como las piezas rotas de
un juguete desechado,
como las alas arrancadas
de un pájaro enjaulado,
como trozos de hueso
que estaban desencajados,
así, amor,tú yo
nos hemos juntado.

Y de dos realidades
dolidas y amargas
poco a poco y
en silencio,
mezclando risas y lágrimas,
estamos creando un
muevo mundo,
un lugar en donde
ocupe el sitio
principal la Esperanza.

Y a veces daremos pasos
de ciego,
caminaremos en falso,
nos dolerá la espalda
de cargar con un
equipaje que no es
nuestro, que alguien
nos ha ido prestando,
casi de soslayo
y sin dar la cara.

Pero si tus manos me sujetan,
podré, amor, subir la montaña,
llegar sonriente a la meta
y vaciar mi mirada en la tuya,
mientras mis dedos recorren
tu cara.

Y tu risa será mi trofeo,
tus abrazos los que apaguen la
sed de mi garganta,
tu pecho mi refugio,
y tus ojos mi mar
por fin en calma.

UN MAÑANA

Han huido en silencio
las palabras.

Se ha secado de repente
mi garganta,
todo me huye, como si
con mis manos hubiese
levantado un puente
de plata que me abre
otro camino, que de todo
lo viejo me separa.

Un camino que me aleja
poco a poco de un dolor
inútil del que ya
no va quedando
más que un rescoldo,
ese que nunca se apaga.

No sé qué decir,
mejor será no
decir nada.

Se ha congelado mi
voz, solo puedo
quemar antiguas esperanzas
y tejer un nuevo
manto que abrigue
mi Mañana.

CONFÍO

Llévame de la mano
por campos nevados,
hazme ver la luz de
la luna que asoma
entre torres de aurora,
quémame en tus brazos,
déjame oír junto a ti
el mar que asoma
entre los recovecos
de una caracola.

En ti confío, noche
y día, mañana y tarde,
invierno y verano; a tu
lado camino
con el viento
acariciando mi cara,
y cada vez que
te digo que te amo
la bruma del norte
me susurra que avanzamos
despacio, que el camino
es arduo, pero merece
la pena pararse a labrarlo.


POESÍA

Miro la vena azul
de mi muñeca,
azul de cielo, de vida.
de sangre roja que
se hace azul mediante
no sé qué maravilla.

Me toco la garganta,
me late a rienda suelta
la vida.

El sol me acaricia
la cara, una nube de algodón
hace que sonría.

Me traspasa la piel
el aullido del lobo,
poco a poco se me
abre una herida
que no duele,
una herida que
te ata a mi nombre,
que me acaricia.

Y mis dedos se deslizan
en este papel, quizá
solo buscan
una salida.
o tal vez, por
breves horas,
ha regresado
la Poesía.