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UNA CÁRCEL SIN BARROTES 12


ALMUERZO PARA DOS


A las tres de la tarde habían terminado todo el trabajo de clasificación y estaban ya almorzando, en el jardín. El día era tan soleado que decidieron comer allí la tortilla de patata y ensalada que Elena había preparado en apenas quince minutos. Mientras trabajaba en la soledad de la cocina, pensó que era triste que en unas pocas horas se hubiese liquidado la vida de un hombre. Cincuenta años en una mañana...no podía decirse que fuese algo de lo que Enrique, desde la tumba, pudiese presumir. ¿A quién dejaba que le llorase? No habían tenido hijos, sus padres y su único hermano llevaban ya años muertos y el resto de la familia se componía de algunos tíos ya muy ancianos y primos con los que nunca había tenido mucha relación. De hecho, algunos de ellos ni siquiera vinieron al funeral. Sus compañeros de la facultad le echarían de menos, y quizá su última amante soltara unas lagrimitas, pero pronto le sustituiría. Elena le hubiese respetado mucho más si se enamorase de alguien realmente y tuviese una relación fija, pero lo único que buscaba era carne fresca, y en cuanto veía que esa carne se empezaba a ajar o simplemente él se aburría...buscaba una sustituta. Nunca había conocido a esas pobres chicas, pero se imaginaban que todas estarían cortadas por el mismo patrón: muchachas con pocas luces, que le admirasen como a un dios, y de cuerpo voluptuoso y sensuales curvas. Es decir...todo lo contrario de lo que era ella. Se preguntaba todavía porque se había empeñado tanto en casarse. ¿Había estado enamorado de ella alguna vez? Lo dudaba. No pensaba que Enrique fuese capaz de amar, al menos en el sentido que ella le daba al término. Ella nunca le había amado realmente. Se había casado con él pensando que era así, pero quizá era demasiado joven para saber qué era realmente el amor. Durante un tiempo le había admirado y temido al mismo tiempo, y después simplemente le había despreciado. No había llegado al odio. Aprendió a canalizar sus sentimientos en un camino diferente y hasta el odio era demasiado intenso para Enrique. Desprecio, simplemente, con un leve atisbo de pena en medio. Quizá ella había sido la única persona en el mundo que había conocido todas y cada una de sus debilidades. Mientras que en cualquier ser humano esas debilidades, que todos tenemos, suelen hacerle más cercano, en Enrique solían convertirse en bajezas tales que simplemente hacían que Elena se entrenase para no sentir nada cuando la tocaba; tanto si era para darle una bofetada como para usarla en la cama. Porque eso hacía Enrique con la gente, les usaba, principalmente a ella, porque estaba más a mano y la consideraba de su propiedad. Había terminado por cosificarla; era una más de sus propiedades junto con el coche, la casa o el apartamento de la playa.
Apartó de si esos pensamientos y se concentró en el presente. Le sonrió a su hermana a través de la mesa.
—Muchas gracias por ayudarme con todo eso. Así ha sido mucho más sencillo y podré pasar capítulo antes. Y gracias también por escucharme.
Amelia se sirvió una cantidad generosa de ensalada y una minúscula porción de tortilla. Si seguía en casa de su hermana acabaría como un tonel. Elena cocinaba bien y tenía cierta tendencia a embutir de comida a la gente como si fuesen morcillas que hay que rellenar.
—La verdad es que me ha sorprendido todo lo que has contado, de principio a fin, y también esa prisa tuya por pasar capítulo, como tú dices. Ni siquiera página, capítulo.
—Sí, capítulo, porque este libro, gracias a Dios, se ha terminado. Ahora empieza realmente mi vida. En este momento es cuando soy libre de decidir qué hacer con cada segundo de mi tiempo. Podré viajar si quiero hacerlo, invitar a mis amigas…
—No tienes apenas amigas-le recordó, de manera cruel, Amelia.
Ella no acusó el golpe. Lo sabía; había perdido el contacto con casi todas ellas desde su boda. Pero siempre era posible conocer gente nueva. Así que no contestó a la pulla de su hermana. Entre ellas había habido desde niñas una especial relación amor-odio y ya no era el momento de cambiar nada.
—Tengo tantas cosas que hacer, tantos planes, que es necesario que empiece lo antes posible.
Mientras recogían la mesa Amelia tuvo una sensación muy extraña. Se preguntaba de qué manera su hermana, aunque solo fuese por algo de pudor, podía mostrarse tan contenta y aliviada. Ella, en sus casi veinte años de matrimonio había tenido sus más y sus menos con Matías. Era consciente de que hacía unos seis años había tenido un asuntillo con una residente de Neumología. Se enteró por una enfermera “bien intencionada”, cuñada de una de sus mejores amigas. Vivir en una ciudad tan pequeña que casi no puede llamarse tal conlleva la servidumbre de que todo se sabe, tarde o temprano. Decir que no le hizo daño saberlo sería mentir. Pero no le dijo nada a su marido, prefirió tener la precaución de esperar, y si era, como esperaba, flor de un día, no se daría por enterada. Lo que no se dice, no existe, esa era la máxima de su madre. Matías volvió al redil en menos de cuatro meses y la vida continuó para los dos. Llega un momento en la vida de un matrimonio en que lo importante son los hijos, la casa, el proyecto de vida. Lo demás...es preferible cerrar los ojos. Además, en el caso de su hermana, ella había sido la infiel, por lo que sabía. Decidió que, ya que habían llegado a tal punto de confidencias, no pasaba nada por preguntar.
Mientras esperaba a que subiese el café y Elena cargaba el lavavajillas y disponía las tazas y el azucarero para llevarlos a la mesa del jardín la detuvo poniendo una mano en su antebrazo.
—¿Enrique te engañó?
Ella se paró un momento, apoyando la bandeja en la mesa de la cocina. Se tocó la nuca, ahora libre y desnuda, lo cual le producía un asomo de sensualidad que la asustaba un poco y que no era capaz de explicar del todo.
—En muchas cosas me engañó desde el primer día que nos conocimos. Si hubiese sabido de verdad quien era nunca me hubiese casado con él. Pero me imagino que tú quieres saber si me puso los cuernos.
Como Amelia no le contestó nada, ella siguió hablando de camino al jardín. Su hermana la seguía en una extraña procesión; la una con una bandeja y la otra con la cafetera y la jarrita de leche. Parecían unas doncellas oferentes, parte de un cuadro extraño.
—Sí, me puso los cuernos más veces de las que puedo recordar, y casi desde siempre. Podría justificar con su actitud mi engaño con Andrés. Pero no lo haré, porque fueron cosas muy distintas. Yo actué por amor, solo por amor. No pude evitar enamorarme de Andrés, igual que no puedo evitar tener los ojos grises; mientras que lo de Enrique era tan sólo avidez, deseos de algo nuevo. Es como comparar al que come por necesidad o el que lo hace por gula. Tuvo más amantes de las que pueda recordar. Ninguna le duraba más de tres o cuatro meses.
—¿Y a ti te importaba?
Elena sirvió café para ambas.
—Las primeras veces sí, no te voy a mentir. Pero llegó un momento en que ya dejó de tener importancia, más bien lo agradecía. Así me dejaba a mi tranquila. A muchos niveles-aclaró, innecesariamente.





Comentarios

  1. Muy reales ambos casos, quien cierra los ojos y así no existe, porque piensa hay un proyecto de vida que merece la pena salvar, y quien lo considera como un alivio, porque no existe un proyecto de vida.
    Otro capítulo maravillosos. ¡¡Gracias!!

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