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UNA CÁRCEL SIN BARROTES 13


DE VISITA

Terminaron de tomar el café un poco tarde; porque la tertulia las había entretenido. Eran casi las cinco y Elena se levantó, con prisas.
—He quedado a las seis en la casa de Medina, el editor. ¿Quieres acompañarme?
—Había pensado irme ya a casa; no te veo como la viuda doliente, pero si lo necesitas...iré.
—No, no lo necesito, pero me gustaría. Si quieres puedo dejarte luego en tu casa. Medina vive muy cerca de tu urbanización. Dame cinco minutos para que me cambie.
No tardó mucho más que esos cinco minutos. Apareció con un sencillo vestido azul marino con pequeños topos blancos, recto y por encima de la rodilla. Llevaba zapatos también azules y bolso a juego. Sin medias, con sus piernas bien torneadas pero delgadas como las de una niña de quince años y el pelo tan corto, con aspecto mojado, como si acabase de salir de la ducha, parecía cualquier cosa menos una viuda.
Amelia la observaba sin decir nada. Por una parte, le sorprendía su cambio; aunque a veces, entreveía ligeras señales de la hermana que había sido cuando era apenas una adolescente; seria pero divertida a la vez, callada pero con frases geniales, una persona que, ahora que lo pensaba bien, se había muerto cuando Enrique llegó a su vida. Y parece que ahora estaba resucitando.
Elena aparcó delante de la casa de Antonio Medina, un chalet espacioso con amplio jardín delantero. No hizo falta que tocase al timbre. Medina en persona acudió a recibirla y la estrechó en un apretado abrazo, palmeándole la espalda sin decir nada. Saludó también a Amelia, a quien ya había conocido en el entierro, y las hizo pasar, atravesando el jardín y el vestíbulo, a un luminoso salón que daba a una terraza con muebles de teca. Precisamente en la terraza estaba su esposa Sonia, una mujer rubia y delgada, de unos cincuenta años; todavía guapa, aunque con esa piel de muchas rubias que se ajan prematuramente al contacto con el sol. Estaba recostada en una tumbona y se levantó al llegar las visitas. Las saludó a ambas con un beso en la mejilla y se sentaron en el salón, ella en un sofá grande al lado de Elena, sosteniéndole la mano como si necesitase de su apoyo. Amelia y Antonio estaban en sillones tapizados con rayas granate y beige, enfrentados a ellas y separados por una mesa baja. No habían pasado cinco minutos cuando sonó el timbre de la puerta y Antonio se disculpó para abrir. Sonia aprovechó el momento para tocar un timbre debidamente camuflado y pedir a la chica de servicio que preparase café para cinco. Las hermanas se miraron. Habría, pues, otro invitado.
—¿Hemos venido en mal momento? -preguntó Elena.
La cita se había concertado con anterioridad, con lo cual no se sentía obligada a pedir disculpas, más bien era ella la que estaba algo molesta porque necesitaba concentración para explicarles que les habían engañado, Enrique y ella, durante años.
—No, querida, no te preocupes. Y quédate tranquila-le dijo dando golpecitos cariñosos en la mano-Antonio te lo explicará todo.
Medina entró acompañado de un hombre que rondaba los cincuenta años, como el editor, aunque no podía haber más diferencia entre los dos. Mientras el dueño de la casa era alto y descarnado, con enormes ojeras y una coronilla de pelos grises y desgreñados que le rodeaban la cabeza como una especie de aura e iba siempre desaliñado y con aspecto de recién salido de la cama, para desdoro y desgracia de su esposa, el recién llegado era también alto, pero corpulento y perfectamente arreglado, con traje y corbata. Tenía abundante pelo oscuro, que empezaba a platear en las sienes, y unos ojos marrón muy oscuros, casi negros, que se clavaron en las tres mujeres que estaban sentadas como si las estuviese radiografiando.
—Os presento a Mateo Hidalgo. A Sonia ya la conoces, y nuestras invitadas son Elena Durán, la viuda de Enrique León, y Amelia, hermana de Elena.
Se acercó y las saludó a las tres estrechándoles la mano y con una ligera inclinación de cabeza.
Elena estaba preocupada. Se preguntaba quién era y qué pintaba en esa reunión. Había sido bastante clara con Medina cuando hablaron por teléfono, diciéndole que quería tratar con él sobre el último libro. Pero el editor parecía estar al tanto de sus dudas, porque apenas Sonia hubo servido café para todos, tomó la palabra.
—Me imagino que estarás en ascuas, Elena, y que te preguntarás que significa todo esto. Pero tranquila, tiene su explicación.
Ella le miró y sonrió levemente, como animándole a que se explicase de una vez.
—La presencia de Mateo es necesaria porque él es el nuevo dueño de la editorial.
Se hizo un silencio sepulcral. De cuantas cosas hubiese podido imaginar, ninguna de ellas se aproximaba a esta noticia. Por un momento Elena sintió que el alma se le caía a los pies, pero se repuso enseguida. Pensó que quizá sería más difícil convencer a un desconocido; o no, porque este hombre llegaba sin ideas preconcebidas.
Sonia, que había estado callada, tomó la palabra. Llamaba la atención su tono de voz ronco, grave, que contrastaba con la apariencia de fragilidad que ofrecía. Pero dos cajetillas de tabaco al día pueden hacer milagros.
—Lamentamos que esto haya coincidido con la muerte de Enrique, querida, pero la verdad es que no podíamos esperar ya más. Hemos vendido la editorial y también la casa; a Mateo-aclaró. Nos mudamos en menos de un mes. Después de la muerte de mi hermano Ángel Papá se ha quedado desolado y necesita alguien que se haga cargo del negocio familiar. La editorial ha sido hasta ahora la vida de Antonio, lo sabes bien; pero él hace este sacrificio por mi...y como supongo que soy una egoísta, la verdad es que estoy deseando marcharme. Pero te dejamos en buenas manos, ¿verdad, cariño? -se dirigió a su marido.
Ella se había ocupado de la parte emocional y lo había hecho perfectamente. Ahora a él le tocaba lidiar con los temas prácticos. Medina se aclaró la voz antes de hablar.
—Mateo tiene mucha experiencia en este campo y sé que la editorial con él es posible que hasta mejore.
Se detuvo, esperando que alguien se lo rebatiese, pero todos se quedaron callados.
—Quise que estuviese presente en esta reunión porque se trata de algo especial. A los demás escritores se los iré presentando poco a poco, pero como Enrique acaba de fallecer...la cosa es distinta. He entendido cuando me llamaste que tenías un manuscrito suyo. El problema es que entendí también que está inconcluso. No sé qué podemos hacer de esta manera.
Elena guardó silencio unos minutos, esperando que el recién llegado dijese algo, pero se mantenía prudentemente callado y como a la expectativa, así que no le quedaba más remedio que hablar. Sentía la nuca sudorosa. Siempre que estaba nerviosa tenía esa sensación. Y ahora lo estaba. Ella se había preparado para contar su engaño a Medina y a su esposa, a quienes conocía desde hacía muchos años. Pero no sabía si sería capaz de contarlo todo ante un desconocido que puede que reaccionase mal, y no le culpaba. Cerró los ojos y ante ella apareció la imagen de Andrés, cuando en las sesiones de terapia le decía que ordenase las ideas en su cabeza y luego hablase, sin pensar en quien la escuchaba; simplemente que sintiese como una necesidad ser ella misma y no dejarse llevar por los demás. “Piensa que probablemente te estás juzgando mucho más duramente tú de lo que lo hará quien te escuche” solía decirle. Y puede que tuviese razón; seguro que la tenía.


Comentarios

  1. una piedra más en el camino, una oportunidad de hacerse fuerte!!
    genial!!

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