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UNA CÁRCEL SIN BARROTES 14



LA VERDAD


Les miró a todos. Los únicos expectantes eran el matrimonio Medina. Su hermana estaba sentada tranquilamente, quizá con cierta curiosidad por ver cómo resolvía el problema, pero ciertamente ella ya sabía lo que iba a decir. Y Mateo Hidalgo estaba paladeando su café, como si no hubiese nada en ese momento que le preocupase. Simplemente parecía estar disfrutando de la ficticia tertulia.
—Efectivamente, hay un manuscrito-confirmó con voz serena.
Ahora que se había decidido, estaba tranquila.
—Pero no está terminado. Cierto que falta poco, pero habrá que terminarlo.
—No te entiendo-manifestó Antonio, algo nervioso. ¿Cómo se va a terminar si el autor está muerto? Lo único que se me ocurre es que nos lo hagas llegar. Mateo y yo le echaremos un vistazo por si puede darse por terminado cortando algo, o, no sé, tú tráelo y ya veremos qué se puede hacer.
—Yo lo terminaré, Antonio. Dame un mes y lo tendrás acabado en tu mesa. Bueno...quizá deba entregárselo ya a usted, señor Hidalgo.
—Mateo, por favor.
Y no dijo nada más. Miró a Medina, como dándole a entender que eso todavía era cosa suya.
—Querida, es muy loable tu postura, teniendo en cuenta además que acabas de enterrar a tu marido, pero la verdad, yo no creo...quiero decir…
—No le des más vueltas. Dudas de que yo sea capaz de escribir algo más que la lista de la compra.
—Mujer, dicho así…. suena fatal. Lo cierto es que escribir no es tan sencillo como la gente piensa, más si tenemos en cuenta que el manuscrito es de otra persona y que tú nunca has escrito.
—Dime Antonio, ¿qué te han parecido todos los libros de Enrique? Supongo que bien, puesto que los has publicado.
Sonrió con suficiencia.
—Tu marido era sencillamente genial como escritor. Las ventas lo dicen todo.
—Pues déjame que te diga que en las dos cosas que has dicho antes te has equivocado de parte a parte.
—No te entiendo.
Y miró, preocupado, a los presentes. Temía que el dolor de la pérdida le hiciese estar diciendo tonterías. Y él no sabía cómo enfrentarse a eso. Tal vez Sonia…
Ella pensó lo mismo que su marido porque se acercó más a Elena y la tomó de la mano.
—Cariño, sabemos por lo que estás pasando. Mira, yo también he perdido a mi hermano hace poco y entendemos que son momentos duros. Pero has de reponerte y…
Elena la detuvo con un gesto.
—No son momentos duros. Yo no amaba a Enrique. Ni siquiera le quería ya. Nuestro matrimonio era solo una comedia que representábamos ante todos vosotros. Así que no soy la viuda doliente a la que hay que consolar para que no se corte las venas. A partir de ahora empieza mi vida.
Los Medina se miraron, pálidos como muertos, sin saber qué decir. Amelia bajó la cabeza. En el fondo se avergonzaba un poco de su hermana, de que fuese capaz de exponerse así, pero por otra parte la admiraba y la envidiaba a la vez. Solo Mateo Hidalgo estaba impertérrito, a la espera de más novedades, como si estuviese viendo una película de suspense.
—Pero, en fin, no creo que mis miserias os interesen-continuó Elena. Lo único que pretendía con esto es decir que no necesito consuelo. Estoy bien. Pero os agradezco vuestros desvelos-rectificó, no queriendo parecer ruda.
—Debe de haber algo muy importante que nos quieres decir, Elena-manifestó Mateo, haciéndose cargo de la situación.
—Lo hay. Y en realidad a ti es a quien afecta más, como dueño de la editorial.
Se levantó del sofá al lado de Sonia y se quedó de pie ante ellos. Le daba una sensación de poder, por una vez, al estar todos sentados, sentirse más alta que ellos. Y en estos momentos necesitaba sentirse fuerte.
—Enrique no ha escrito ni uno solo de esos libros que se han publicado, con mucho éxito, por cierto. Todos los he escrito yo. Él era sencillamente incapaz de enfrentarse al folio en blanco. Lo intentó, pero se ponía enfermo. Le daban temblores, sudores fríos y corría a esconderse al desván.
La sala quedó en silencio. Quizá el único que había esperado algo semejante fuese Mateo Hidalgo, que al no conocer a los protagonistas del drama no tenía prejuicios. Los Medina estaban sencillamente apabullados e incrédulos a partes iguales. ¿Cómo iban a imaginar que esta mosquita muerta, que parecía no ser capaz ni de ponerse los zapatos sin permiso de su marido hubiese escrito esos libros tan llenos de fuerza, de vida, incluso a veces de sensualidad, y dureza, a partes iguales? Incluso la propia Amelia, que ya conocía el secreto, se encontraba como acorralada y no sabía ni a donde mirar.
—No puede ser verdad-dijo, como para sí, Antonio Medina. Estás mintiendo.
—¿Por qué habría de hacerlo? -le preguntó Elena, mirándole de frente. Si mintiese, duraría bien poco el engaño. Tú has dicho antes, y te doy la razón, que uno no puede convertirse en escritor en un día. Es cierto que con la práctica se va aprendiendo; pero esto es como la elegancia, amigo mío, se tiene o no se tiene. Y yo no sé hacer casi nada; como tú muy bien sabes siempre he sido un cero a la izquierda y la gente se olvida enseguida de mi cara y de mi nombre...no soy nadie. Pero Dios o quien sea me ha premiado con un inmenso regalo: me siento ante un papel y me transformo. No creo que sea especialmente bueno lo que hago, pero a la gente le gusta, quizá porque escribo poniendo el alma y el corazón en ello. Durante muchos años ha sido mi única válvula de escape. Si no fuese porque sabía que al levantarme cada mañana me esperaba una vida distinta a la mía, con personajes que me guiaban y que me reclamaban, creo que hubiese acabado con todo.
El único tranquilo era Mateo. La miró despacio, como calibrando lo que veía.
—Yo te creo-manifestó, poniéndose de pie a su lado. Tienes exactamente un mes para terminar el manuscrito. Ni un día más. Si no cumples el plazo, se terminó. Si lo cumples y me demuestras que de verdad tú eres el cerebro y el alma de todo esto, publicaremos el nuevo libro, pero esta vez con tu nombre. Ya está bien de esconderte. ¿Estás de acuerdo?
Elena asintió, sin decir nada, desechando ya la idea del seudónimo. Le sentía a su lado, rozándola. Era mucho más alto que ella, pero no se sintió intimidada ni disminuida ante él, aunque sabía que su futuro en cierta manera dependía de ese hombre desconocido. Sin embargo, por una vez, se sentía en calma. Se despidió de todos y le prometió a Mateo que en menos de un mes le entregaría la obra acabada.






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