19 de abril de 2018

UNA CÁRCEL SIN BARROTES 15


LA PRIMERA NOCHE SOLA


Elena se encontraba más ligera y aliviada. Había confesado la verdad tanto de su vida como de los libros. Había dejado de vivir en una farsa, o casi. Todavía tenía pendiente el homenaje a Enrique en la Facultad. Tendría que acudir, no le quedaba más remedio. Pero lo haría sin presiones, sin miedo. Por primera vez en muchos años se sentía con la fuerza suficiente para presentarse ante todos aquellos hombres y mujeres que antes consideraba superiores y mirarles a la cara sin temor. Le daba igual que la tratasen como a alguien inferior, incluso que la ignorasen. En ese momento quizá la única opinión que le importaba era la de un completo desconocido, Mateo Hidalgo, pero que tenía en sus manos algo muy importante; su futuro profesional. Cierto que no necesitaba del dinero de los libros para vivir, pero le ayudaría mucho saber que la gente seguía aceptando lo que escribía ahora que iba a firmarlo con su propio nombre.
Lo primero que hizo al llegar a casa fue bañarse y ponerse ropa cómoda. Y precisamente cuando miró su armario se dio cuenta de que la mayoría de las prendas no estaban acorde a su verdadera personalidad, esa que había permanecido tantos años bajo el yugo de Enrique. Empezó a sacar de las perchas los trajes de chaqueta grises y negros, los vestidos oscuros y por debajo de la rodilla, las chaquetas de punto que parecían salidas de una película de Buñuel o de Fellini; los abrigos similares a los que había usado su madre. Lo guardó todo en bolsas y lo llevó en varios viajes al maletero del coche, que quedó lleno. Mañana lo dejaría en la parroquia.
Sonrió al ver que el armario había quedado casi vacío. Buen pretexto para irse de compras al día siguiente. Tendría que aprovisionarse de pantalones vaqueros, camisetas, vestidos ligeros de algodón, blusas de colores. Quería color, mucho color; rojos, azules, amarillos, cuadros escoceses, rayas marineras...todo aquello que durante años no había podido ponerse porque su marido decía que no era digno usar esas prendas. Quería vestidos escotados, y todos por encima de la rodilla. Todavía recordaba aquella vez que había comprado un vestido de verano, de cuadros rosados y blancos, con un discreto escote, y él le había preguntado qué hacía vestida como una furcia barata. Elena había corrido a quitárselo, con los ojos llenos de lágrimas.
Se habían terminado todas esas servidumbres. En adelante solo se daría explicaciones a sí misma. Se sentía distinta, y cuando se miró al espejo para cepillarse los dientes y ponerse las cremas le pareció que hasta su piel estaba más luminosa y que sus ojos se habían agrandado. Puede que fuese efecto del pelo corto, o quizá de la sensación de libertad que impregnaba cada poro de su piel.
Aquella noche, por primera vez en años, durmió de un tirón y fue un sueño reparador, sin pesadillas. Se levantó a las ocho de la mañana y desayunó en pijama, mientras echaba un vistazo a su correo electrónico. Tenía un mensaje de Mateo, animándola a que se tomase muy en serio lo del manuscrito. “Piensa que yo, sin conocerte, o quizá precisamente por eso, confío en ti. Hace falta valentía para la confesión que has hecho ayer, y me gustan las personas valientes. Estoy deseando leer tu novela”.
Esto la animó a ponerse manos a la obra y sin vestirse siquiera llevó a la mesa del jardín el portátil y un termo con té frío. Durante dos horas sus dedos corrieron veloces por el teclado, como si alguien le estuviese dictando las palabras al oído. Y en cierta manera así era.
Después de comer algo ligero decidió que era hora de darse un capricho, y se fue de compras. Dudó si avisar a su hermana; pero al final prefirió ir sola. Estaba segura de que Amelia criticaría cada cosa que se comprase.
Cuando volvió, cuatro horas más tarde, traía consigo un estupendo botín. Comenzó a guardar las cosas que había comprado y, pensativa, se preguntó que llevaría mañana al homenaje póstumo a Enrique en la facultad. No quería pecar de excesiva porque sería irrespetuoso, no con su marido, sino con la Universidad. Pero tampoco pensaba ir de luto riguroso. Al final, después de mucho pensar, y cómo sería al aire libre, se decidió por un vestido blanco, muy sencillo, de líneas rectas, chaqueta negra, zapatos y bolso negros y un sombrerito de paja recubierto por una especie de tul negro que terminaba en una graciosa lazada. Daría mucho que hablar su atuendo, seguramente, porque era totalmente distinto a lo que siempre solía llevar. Pero no le importaba; es más, tuvo que confesarse a sí misma que tal vez hasta le producía algo de placer. ¿Se estaba convirtiendo en una provocadora? Puede que sí.
Releyó lo que había escrito durante la mañana, y apenas cambió nada. No era de las que se pasaba la vida corrigiendo lo que había escrito. Tenía la certeza de que las primeras impresiones son las mejores y cuando se le había ocurrido una idea, o una frase para uno de los personajes no solía cambiarlo porque se fiaba de lo que llegaba a su cabeza de manera instintiva. Le gustaba moverse por impulsos, al menos en la escritura. En la vida sólo lo había hecho cuando se enamoró de Andrés, y era lo mejor que le había pasado. Si no fuese por aquel accidente, ahora estaría con él y tendría a su hija. Porque sabía que era una niña.
Antes de quedarse dormida se preguntó cómo hubiese sido la vida con Andrés. No era tan ingenua como para pensar que todo iba a ser miel sobre hojuelas. Tendrían sus problemas, sus discusiones, sus peleas incluso. Puede que hasta llegasen a separarse. No creía en el amor para toda la vida, pero si en disfrutar del presente. Y por eso ahora había decidido ser feliz con lo que tenía: libertad, dinero, tiempo, y un trabajo que le encantaba.









2 comentarios:

  1. ¡Cuanto puede pesar tener a tu lado a la persona equivocada!

    Cada capítulo es más interesante. Gracias

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