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UNA CÁRCEL SIN BARROTES 16


EL HOMENAJE.


Elena llegó al jardín de la Facultad cuando faltaban quince minutos para que empezase el acto. Había ya bastante gente y todos la miraron mientras caminaba por el pasillo que se había formado entre los asientos y se colocaba en la primera fila, al lado de la esposa del decano, que la acogió con una sonrisa extrañada. Había pensado que estaría muy nerviosa pero lo cierto es que le parecía estar como fuera de su propia persona; mirándolo todo desde una perspectiva distante, como si estuviese viendo a otra que actuaba en su nombre. Uno de los mejores amigos de su marido, Ernesto Luján, se acercó a saludarla.
—Buenas tardes querida, espero que estés algo mejor.
—Gracias, Ernesto, me encuentro bien-le contestó con una sonrisa serena.
Y él la miró, pensativo. ¿Dónde había ido a parar aquel ratoncillo asustadizo que apenas despegaba los labios y siempre mantenía la vista fija en el suelo? Seguía siendo la misma insignificancia de mujer; pero ahora tenía una determinación en la mirada que la hacía crecer varios centímetros y hasta parece que su voz se había vuelto más rotunda y más segura.
—El claustro me ha preguntado si dirás unas palabras; pero les he dicho que mejor no; ya sé que eres tímida. Así que no te preocupes, lo único que tendrás que hacer será subir al estrado a recoger la placa de Enrique. No tendrás que decir nada, todos nos hacemos cargo de que las cosas ya son bastante difíciles para ti.
—Gracias por preocuparte Ernesto, pero como te he dicho, me encuentro bien. Pronunciaré unas palabras. Seré muy breve, no tengo costumbre de hablar en público, pero siento que debo hacerlo. Se lo debo a la memoria de Enrique.
Ernesto se quedó un tanto apabullado; pero sencillamente no se encontró capaz de llevarle la contraria. Solo asintió con la cabeza y se retiró.
El acto comenzó a la hora fijada y empezaron a desfilar catedráticos y profesores que habían compartido con su marido quizá mucho más tiempo que ella misma. Todos ensalzaron su trabajo en la Facultad, pero sobre todo su labor de investigador y aún más que nada su faceta como escritor. Hasta un par de alumnos se sumaron al panegírico y confesaron que habían aprendido más con sus novelas que quizá en las propias clases, a pesar de ser éstas excelentes.
Cuando llegó el turno de Elena, subió al estrado con paso firme y pausado y miró serenamente a la numerosa concurrencia. Durante un breve minuto se le nubló la vista y le pareció tener ante sí tan solo un montón de sombras borrosas. Pero cerró los ojos unos segundos, evocó la imagen de Andrés y tragando saliva deshizo el nudo que se le había formado en la garganta. No había preparado ningún tipo de discurso, pero se imaginó que estaba escribiendo, y empezó a hablar con voz firme y clara.
“Me gustaría dar las gracias a la Universidad por organizar este acto tan emotivo en memoria de Enrique; y a todos ustedes por asistir. Poco puedo decir yo de él que ustedes no sepan ya; quizá hasta lo conociesen a estos niveles mucho mejor que yo, que tan sólo era su esposa. Con ustedes ha compartido horas de trabajo, de proyectos, incluso con algunos de investigaciones. Enrique era un excelente historiador y creo que sus alumnos estarán de acuerdo conmigo en que más que profesor, era maestro. Porque para ser profesor basta tener un título; y es maestro tan sólo el que lleva dentro de sí la vocación de enseñar. Él la tenía. Gracias por honrar su memoria.”
Y con paso firme se retiró a su asiento, sin esperar a que cesasen los aplausos. Los asistentes al acto se habían quedado sorprendidos, al menos aquellos que la conocían, de que fuese capaz de hilar ese breve discurso, en el que había dicho tanto. Muchos de ellos no sabían ni siquiera como era su voz. Cuando acudía con su marido se colocaba a su lado, como una especie de apéndice suyo, y ni siquiera se movía sin que él lo hiciese.
Al final se sirvieron unos canapés y algo de beber y Ernesto Luján se acercó a Elena, que tenía en la mano una copa de cava que ni siquiera había probado.
—Muy buen discurso, querida. No sabía que hablases tan bien.
—Si te soy sincera, yo tampoco-le contestó ella, con una ligera sonrisa.
—Aunque me ha extrañado que no hablases de la faceta de Enrique como escritor, cuando es una de las más conocidas. Te aseguro que poca gente se hace famosa fuera del ámbito de la Universidad por sus clases o sus conferencias. La novela histórica ha sido la que le ha dado la fama a tu marido. Y no has dicho nada.
Ella siguió con la copa en la mano, haciendo círculos con el dedo índice en su borde. Tardó unos segundos en contestar, y cuando lo hizo lo miró a los ojos, con expresión que él calificó de retadora.
—Cierto. No he hablado de él como escritor. Y ahora, si me perdonas, Ernesto, creo que es hora de que me retire. Me esperan semanas duras; ya sabes, el tema de los papeles, la herencia, todas esas cosas tan engorrosas que lleva aparejada la muerte. Y como Enrique siempre se ocupa de todo, yo ando como perdida…
Y le dejó plantado en medio del jardín, mirándola como se iba. Se preguntó que se escondería detrás de sus palabras. Por un momento sintió curiosidad mezclada con algo de miedo a lo que esa mujer pudiese hacer. Aunque el discurso había sido formalmente perfecto también había sonado frío y distante, carente de todo sentimiento, como si estuviese hablando del vecino de al lado y no de alguien con quien había compartido casi la mitad de su vida. Suspiró con desánimo, pensando que la muerte conlleva muchas cosas desagradables, y quizá una de ellas sea mostrar cómo era la vida más íntima del que se fue. Apostaría algo a que Enrique y Elena habían dejado hacía mucho tiempo de ser una pareja feliz, si es que en algún momento lo habían sido. Puede que esos rumores que se habían escuchado hacía un par de años sobre que Enrique era algo mujeriego no anduviesen del todo desencaminados. De todos modos, pensó, eso no era asunto suyo, y ahora en realidad de nadie, puesto que mujeriego o fiel, estaba muerto.




Comentarios

  1. Aún a los amigos más íntimos les mostramos una imagen que no siempre responde a la realidad.
    Un beso fuerte

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  2. Ciertamente, Inma. A veces ni a nosotros mismos nos mostramos como realmente somos. Un besazo

    ResponderEliminar

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poco a poco y
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ocupe el sitio
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equipaje que no es
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