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EXTRAÑO AMOR




Cuando le conoció no vio nada extraño en él, salvo que le gustaban sus ojos y, sobre todo, como la miraba. La hacía sentirse bien, importante, apreciada. Era un lunes de abril, un día inusitadamente caluroso y amable en aquel clima tan cambiante y húmedo. Recordaría luego que, al despedirse, él le había recolocado el pelo. Sus dedos eran suaves y sintió una especie de descarga eléctrica al notar su contacto.
Volvieron a verse el jueves de la misma semana, y sin haberlo planeado, se acostaron. No había misterio alguno en ello, los dos eran personas adultas, de cierta edad ya, y ninguno estaba para perder el tiempo.
Él pensó que podría mantener su secreto; pero se dio cuenta de que había sido muy optimista; debió haber pensado que con ella alcanzaría el punto máximo de placer; estaba hecha a su medida y parecía haber sido diseñada por una ignota deidad para darle lo que siempre había estado buscando. Nunca olvidaría el gesto de sorpresa y también de horror cuando se dio cuenta de que, a su lado en la cama, en lugar del hombre normal y corriente con el se había acostado yacía un lobo plateado que la miraba con ojos humanos y brillantes de deseo. Cuando se marchó, medio desnuda y sollozando de miedo e impotencia, alcanzó a ver en esos ojos un destello de humedad que, por un momento, confundió con una lágrima.
No fue capaz de volver a su lado. No estaba preparada para lo que había visto. Pero no podía tampoco olvidarle, y aunque no solía contestar a sus llamadas ni mensajes, cuando ya había pasado más de un año y aún habiendo intentado olvidarle en otros brazos, no lo había conseguido, le llamó. Reunió las fuerzas necesarias para hablar con él sin que le temblase la voz, y le propuso que se viesen en un parque de las afueras de la ciudad que, a las diez de la mañana solía estar tranquilo. Era demasiado temprano para los viejos que salían a tomar el sol y hablar del pasado, y a esa hora los niños estaban en el colegio.
Se sentaron en un banco parapetado tras unos matorrales, uno al lado del otro, sintiendo el calor de ambos cuerpos, aunque sin tocarse. Fue él quien rompió el silencio.
—Siento mucho lo que pasó. Ahora ya sabes lo que soy. Pensé que podría controlarlo, pero cuando me excito mucho no puedo evitar volver a lo que en realidad soy.
Ella hizo un gesto con la mano, como queriendo quitarle importancia. No era capaz de decir nada; pero sabía que tenía que hablar. Para eso había venido.
—Quiero quedarme contigo.
Negó con la cabeza, apoyando las manos extendidas en las rodillas, en un gesto de aceptación, pero también de impotencia.
—No puede ser. Ya ves lo que soy. No puedes enamorarte de mí. ¿Has visto en lo que me he convertido? Ese es mi verdadero yo, no podría controlarlo, aunque quisiera. ¿Y si te hago daño? No me fío de mi mismo.
—No me harás daño, de ninguna manera. Ni así ni…en la otra forma-dudó-. Y, además, tú no eres nadie para decirme de quien me puedo enamorar o no. Hago lo que quiero.
Se marcharon juntos, de la mano. Y pasado mucho, mucho tiempo, algunas veces los niños de aquel parque veían a una mujer muy anciana, con el pelo blanco recogido en un moño que paseaba al lado de un extraño animal de lomo plateado. Parecía un perro enorme, pero alguna de las madres susurraba a las demás que, si no fuese una locura, diría que se trataba de un lobo. Luego se reían de esa bobada. Todo el mundo sabe que los lobos son animales salvajes peligrosos, y este perro extraño miraba a la mujer con la adoración pintada en sus ojos casi humanos.

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