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UNA CÁRCEL SIN BARROTES 17


EL PODER CURATIVO DE LAS LETRAS

Durante las tres semanas siguientes Elena se encerró a cal y canto y se dedicó tan solo a escribir, a dar largos paseos cuando ya había anochecido, y a dormir. Tenía necesidad de dormir sin pesadillas y hacía años que no lo conseguía. También había pensado mucho en Andrés, recordando la breve vida, si es que se podía llamar de ese modo, que habían compartido.
La sombra nefasta de Enrique iba desapareciendo poco a poco de la casa. Mando pintar de nuevo todas las habitaciones, de color vainilla. Y cambió los muebles de la cocina, además de eliminar el alicatado blanco. Ahora se parecía más a la de su infancia y no al laboratorio en que su marido la había convertido. Las obras no la molestaban para escribir porque solía hacerlo en el jardín y para evitar los ruidos se ponía cascos y escuchaba música.
Una semana antes del tiempo estipulado tenía la novela terminada y se la envió a Mateo por correo electrónico. Sintió lo mismo que cuando estudiaba y terminaba la semana de exámenes; una inmensa liberación y a la vez un cansancio infinito. Después de pulsar la tecla de enviar se dio un largo baño de espuma, se puso el pijama y se metió en la cama con la radio emitiendo soul. A los diez minutos estaba profundamente dormida y se despertó veinte horas después, descansada y hambrienta.
Antes siquiera de darse una ducha fue a la cocina, y obviando que eran las cinco de la tarde, desayunó zumo de naranja y cereales. Había apagado el móvil y desconectado el teléfono fijo, lo cual era igual a desaparecer para el mundo. Comió con tranquilidad, se dio una ducha y se puso tejanos y una camiseta. Después de todos esos gestos cotidianos volvió a sentirse persona y se sintió con las fuerzas necesarias para volver al mundo. Conectó de nuevo el teléfono y encendió el móvil, que a los cinco minutos empezó a pitar como enloquecido. Tenía cincuenta mensajes; muchos de ellos de su hermana, preocupada porque no contestaba a sus llamadas. Otros eran de amigos de su marido, con pésames a destiempo, y había cuatro o cinco de Mateo. En todos le decía lo mismo, que le llamase.
Antes de hacerlo habló cinco minutos con Amelia y la tranquilizó, porque conociéndola; faltarían segundos para que se presentase en su casa con los GEOS. Después se armó de valor y marcó el número de Mateo. Podía pasar cualquier cosa, pero prefería prepararse para lo peor. Descolgó enseguida y fue parco en palabras. Quería que se viesen, así que ella le dio la dirección y le pidió que se acercase a su casa.
No tardó más de veinte minutos en llegar, lo necesario para que Elena preparase café. La tarde era excelente así que le propuso que se sentasen en el jardín.
—Preciosa la casa-dictaminó el editor. Y muy bueno el café.
—Gracias a las dos cosas. Pero me imagino que habrás venido a algo más, y perdona que sea tan directa, pero es que estoy nerviosa, no me importa confesarlo. Antes, cuando escribía en nombre de mi marido, era distinto, porque tanto las críticas como las alabanzas no iban dirigidas a mí. Ahora estoy en primera línea de fuego, por decirlo de alguna manera.
Mateo se detuvo paladeando el café y la miró fijamente. Ella no sabía cómo interpretar su mirada; y cruzó las manos sobre el regazo en un débil intento de detener su temblor.
—Encuentro tu novela perfecta. Sobre todo, el final, tiene mucha fuerza. He venido para enseñarte la portada que hemos preparado y si te parece bien la mandamos ya a imprenta. He preparado una entrevista en la radio para el martes de la semana que viene e intentaré que te entrevisten también en alguna televisión. Por supuesto vendrán de los periódicos locales. Y habrá que pensar en qué lugares quieres hacer las presentaciones. ¿Tienes problemas para hablar en público? Si es así, aunque hay poco tiempo, mi hermana es psicóloga y quizá podría echarte una mano.
Elena se llevó las dos manos a la boca para reprimir un grito de alegría, pero sus ojos lo decían todo. Al final había conseguido hacer algo por sí misma, con su propio nombre, y no escondiéndose tras el de su marido.
—Dime algo-la urgió Mateo. No te irá a dar un pasmo ahora. Te necesito fuerte porque te espera mucho trabajo.
Movió la mano derecha, para indicarle que todo estaba bien.
—Estoy contenta, eso es todo. Y no, no tengo problemas para hablar en público. Ahora no. Hace un par de meses no hubiese ni podido decir mi nombre, pero las cosas han cambiado mucho. Elige tú los lugares a donde tengo que ir y procuraré arreglarme bien y hacer un buen papel. De repente he descubierto que me gustan los retos.
—Estupendo entonces.
Se detuvo un momento, como si dudase de cómo continuar.
—¿Hay algún problema? -le preguntó Elena, algo preocupada. Todo estaba saliendo tan bien que temía lo que le pudiese decir.
Mateo se encogió de hombros, dudando.
—Supongo que habrá gente que dude de que hayas escrito tú la novela, dado que el estilo y todo lo demás no ha variado desde las que firmaba Enrique. ¿Quieres contar la verdad, aun a riesgo del escándalo que se montaría y que tal vez la Universidad decidiese demandarte?
Elena no dudó en la contestación. Lo había pensado mucho, desde el momento en que le contó la verdad a su hermana.
—No, nunca contaré que era yo quien escribía y él quien firmaba. Solo lo sabe mi hermana, además de los Medina y de ti. Y no quiero que lo sepa nadie más. ¿Sabes una cosa? Cuando estaba con Enrique me pasaba la vida planeando mil y una venganzas por todas las humillaciones a las que me sometía, pero ahora no lo necesito. Me he liberado por fin de la cárcel en la que estaba, en la que quizá yo misma entré y no tuve la fuerza necesaria para salir. No quiero ensuciar su memoria. ¿Para qué? Siempre habría gente que se quedaría con la duda, y prefiero dejar mis miserias en casa, a resguardo.
Mateo asintió. Cada vez le gustaba más esta mujer menuda y con aspecto de niña pequeña, con ese pelo corto de refugiada de guerra y unos ojos grises con aspecto hambriento.
—Bien. Me parece una buena decisión. Ahora no es momento de venganzas, sino de disfrutar del éxito que seguro vas a tener y también de ir pensando en la siguiente novela.
—Sobre eso quería hablarte. La especialidad de Enrique era la Edad Media, y por eso yo siempre escribía tomando como referencia esa época, pero a mí lo que me gusta es la Historia Contemporánea. He pensado que me gustaría mucho escribir sobre Von Stauffenberg. ¿Qué te parece?
Se quedó pensativo un par de segundos.
—Sí, creo que vendrá bien que cambies de ambiente. Para que puedas ser más tú. Ayuda mucho escribir sobre lo que te apasiona, y al público creo que le gustará el cambio siempre que mantengas tu estilo al escribir.
—De acuerdo entonces. Quiero ponerme ya a trabajar.
—Mañana te traeré el contrato para que lo revises.
Elena le detuvo con un gesto y entró en la casa. Cuando volvió, a los pocos minutos, llevaba en la mano un sobre blanco y se lo tendió a Mateo.
—¿Qué es esto?
—Quiero que lo leas. Aquí, si tienes tiempo. Antes de firmar contrato alguno, prefiero que leas esto, y si luego quieres seguir adelante, perfecto. Si no es así, lo entenderé. Quédate aquí, te traeré más café. No es muy largo, no temas.










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