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MUERTE PROGRAMADA





¡Qué gran cosa es morirse con todo arreglado! Una se muere mucho mejor, ¡dónde va a parar! Hay días en que parece que nos ha tocado un ángel y todo va sobre ruedas, como si los hados se conjurasen para hacer las cosas más fáciles. Eso me ocurrió la semana pasada, concretamente el lunes, cuando volvía de la compra. Yo ya no soy lo que era, y a los noventa años doy gracias a Dios por poder arrastrar el carrito con las cuatro cosas que necesitamos para el día a día; pero a veces se me hace duro subir la cuesta que lleva a mi casa. Por fortuna una muchacha muy guapa, de pelo negro como el ala de un cuervo y toda ella vestida de ese color se acercó para ayudarme, y ya de paso, nos dimos conversación. Lo cierto es que me di cuenta de que sus ojos eran algo extraños; demasiado negros y brillantes, como basalto congelado. Cuando llegamos a la puerta me tocó el antebrazo, con una mano tan fría que me estremecí.
—¿Se acuerda de que en su último cumpleaños pidió como deseo que la Muerte no la pillase desprevenida?
Asentí con la cabeza, algo asustada. Los deseos de cumpleaños se hacen en silencio, para dentro; así que, ¿Cómo sabía esta muchacha lo que yo había pedido?
—Pues ha tenido suerte. He venido a avisarla. Tiene exactamente diez días para dejar todo preparado. Será a las once de la mañana.
Antes de marcharse me dijo también que sería sencillo. Y así fue. Morir no duele, lo que realmente duele es lo de antes; vivir.
Pasé la semana en un frenesí de preparativos. Lo primero era comprar la ropa apropiada para morirme con ella puesta. Me costó elegir, pero al final me decanté por un dos piezas rojo, que es mi color favorito, y sobre todo me serviría para darle a mi hija el último disgusto; se pondría al borde del infarto al verme así vestida en el ataúd.
Esa era otra; fui a la funeraria más antigua de la ciudad, también la de más prestancia, y encargué uno de color vainilla y hecho con madera de palisandro, con perlitas incrustadas haciendo la cruz central. Me costó un Congo, pero la ocasión lo merecía. Al fin y al cabo, una solo se muere una vez, ¡y el dinero es mío, leñe! Para que se lo gasten luego esa panda de sinvergüenzas que dejo detrás, mejor que sea para mi entierro.
El día anterior, de noche, escribí una carta para mi marido, no de amor, que ya sabe el muy bobo que le quiero, sino de instrucciones. A los hombres hay que dejarles todo dicho y bien clarito, porque tienen cierta tendencia a embarullar hasta lo más simple. Pero de él me fío, sé que cumplirá mis deseos a rajatabla. ¡Y más le vale! El catering para el almuerzo que se ofrecerá después del funeral quedaba ya encargado y pagado, él solo tenía que enviar las invitaciones. Pensé en mandarlas yo la noche anterior por mail o whatsApp, pero quedaría algo raro.
Debajo de cada imán de la nevera, y hay muchos, puse un post it para recordarle fiestas importantes, como cumpleaños de hijos y nietos, y sobre todo que lleve la ropa a la tintorería, que para algunas cosas es un Adán. Le he dejado solo instrucciones para un año y medio. Espero que tenga el buen gusto, cuando llegue esa fecha, de venir a reunirse conmigo en el Más Allá. Que aquí tampoco hace nada más tiempo; ya con esa libertad que le dejo debería estar contento y agradecido. Eso sí, como vea que se me despendola mucho el viejo verde y le tira los trastos a alguna pelandrusca, bajo y le pongo de vuelta y media.
Que ya he aprendido cómo hacerlo. En un día y medio que llevo muerta he sido ya capaz de hacerme presente y vigilar todo lo que pasa. ¡Hasta mi propia madre está asombrada! Ella no fue capaz hasta pasada una semana. Pero yo he heredado los genes de Papá, que era mucho más inteligente.
He visto cosas que me han disgustado. Mi marido se ha portado bien; el pobre tuvo tal disgusto que tuvo que venir la ambulancia para atenderle cuando me encontró sentada en mi mecedora, con la pata estirada. Que es un decir, porque me he muerto como he vivido, guardando la compostura; con las piernas bien juntas, y debidamente sentada; no espachurrada como una lechuga mustia. ¡Hasta para morirse hay que tener clase! Muy de mañana había ido a que me hiciesen las uñas, me diesen reflejos en el pelo y me lo peinasen. También me maquillaron. Y saqué del armario mis mejores zapatos. Y tanto arreglo, ¡para nada! Porque me han cerrado el ataúd, los muy hijos de mala madre. Yo no sé qué habré hecho para merecer esto. Para mí que ha sido cosa de mi hija y mi nuera, que son como ladillas, siempre tocando las partes bajas. Los chicos, el hijo y el yerno, son memos, pero manejables. Y el tontolaba del padre es un sin sustancia que en la vida ha tomado decisión a derechas sin estar yo, así que ahora que me he muerto, ya nadie podrá hacer obra de él.
Como venganza, cuando sea el momento del convite tras el funeral, pienso pasarme todo el rato dando la lata a los comensales, y molestar todo lo que pueda. Ya en la iglesia disfruté lo mío esparciendo olor a violetas, que es la colonia que uso, por todo el templo, y apagando velas a doquier. Y ya en el colmo de la maldad, empujé a mi nuera y a la tonta de mi hija, y se les cayó al suelo la corona de rosas. Eso es para que vayan aprendiendo. Esa noche no pegaron ojo. ¡Y lo que les queda! De mi marido cuidaré bien, como he hecho siempre, por otra parte. ¿Qué iba a ser de este pobre hombre si no estuviese yo para dirigirle la vida? Tranquilo, cariño, seguiré haciéndolo aún después de muerta. Yo, como Inés de Castro, aún después de morir, reina, siempre reina.


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